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Cristina Casabón

Opinión

La nueva vieja España

Tampoco se puede pretender que todos los que estén en contra de la 'nueva España' sean calificados de reaccionarios, la mayoría somos gente normal que no nos identificamos con el 'partido guau-guau'

Pablo Iglesias y Oriol Junqueras en el Congreso de los Diputados.
Pablo Iglesias y Oriol Junqueras en el Congreso de los Diputados. Efe

Hay relatos sobre nuestra Historia y sobre nuestro presente que compiten entre sí y construyen narrativas, mitos y noticias falsas; los ídolos carismáticos y los dogmas siguen entusiasmando a buena parte de la sociedad. Parte de nuestra conversación pública conduce a la formación o al refuerzo de una identidad política anclada en el pasado, como el mito de las dos Españas, que sigue aún vigente, lo que supone una herencia inquietante. Esto a su vez, genera unas dinámicas muy polarizadoras y en cierto sentido, reaccionarias, tanto en nuestras izquierdas como en nuestras derechas.

Es interesante constatar cómo se ha tergiversado el término 'reaccionario'; una mirada atenta demuestra, como dice Mark Lilla en La mente naufragada, que muchas veces el clérigo retrógrado, el matón de derechas o el macho ibérico son “caricaturas familiares en una literatura y cultura visual cuya ubicuidad es señal de una pereza imaginativa”; también el autor nos recuerda que hay otras 'mentes naufragadas' en la izquierda: los ecologistas apocalípticos, los enemigos de la globalización y del capitalismo, y los activistas decrecentistas, los comunistas y un largo etc.

Mucha gente se inquieta cada vez más por la supervivencia y conservación de la democracia, las instituciones y la comunidad histórica donde ciertos valores adquieren sentido

Alain Finkielkraut en su libro más reciente, En primera persona, aborda la “confusión” de la izquierda identitaria en torno al término:“La 'R' es la nueva letra escarlata que señala a los que hoy defienden la libertad”, dice el autor. Se tacha de reaccionario a cualquier pensador con sentido común que defienda los valores y la cultura occidental, que se resista al espíritu posmoderno del momento, aunque en realidad lo que ocurre es que mucha gente se inquieta cada vez más por la supervivencia y conservación de la democracia, las instituciones y la comunidad histórica donde ciertos valores adquieren sentido. “Nuestra sociedad, que cuenta cada vez con más enemigos declarados (…) rompe todos los vínculos que todavía la conectan, se vacía, se despoja de sí misma en el momento preciso en que se la ataca por lo que ella representa” (Finkielkraut).

Además, la nostalgia política del pensamiento reaccionario no es ajena a una izquierda que sigue defendiendo una mentalidad, un mito o ideas políticas del siglo pasado; la militancia ciega de estas nostalgias puede desarrollar en estas izquierdas una niebla de mitos y un sentimiento de traición histórica. Esto es una motivación poderosa para cambiar y reconfigurar todo el sistema de valores vigente, que es lo que ocurre con Podemosy el mito, que ahora también es también un objetivo político, de la España republicana. Al reaccionario político le impulsan pasiones y creencias parecidas a las del revolucionario comprometido, es interesante constatar las afinidades y la interrelación entre el impulso reaccionario y el revolucionario en el caso de la añorada España republicana o el independentismo catalán.

Un nuevo acontecimiento

Tenemos que ir un poco más allá de los elogios estereotipados y las caricaturas. Una mirada atenta a nuestros reaccionarios, alejada de clichés, nos permitiría conocer el intrincado mecanismo de causalidad que produce dinámicas revolucionarias y reaccionarias. Los reaccionarios siguen utilizando como mito central las dos Españas, y este imaginario colectivo se remueve y se mezcla con un lenguaje y mitos de otra generación que a su vez sirven como impulso para revolucionar el momento político actual. Además, la 'nueva España', que parece un nuevo acontecimiento político-teológico y revolucionario, en realidad se parece mucho a la vieja España en términos políticos; porque sigue caracterizada por derivas polarizadoras, el cainismo, el partidismo y los enemigos del diálogo. ¿Qué político se aventuraría a decir, despreciando la evidencia histórica, que esta dinámica política es novedosa y se atrevería a calificar esta España de 'nueva'?

Y tampoco se puede pretender que todos los que estén en contra de la 'nueva España' sean calificados de reaccionarios. La mayoría somos gente normal que no nos identificamos con el 'partido guau-guau'. Solo el ciudadano liberal progresista o el conservador con una perspectiva amplia puede frenar las derivas reaccionarias y las guerras culturales de derechas e izquierdas, que hoy pertenecen a dos trincheras ideológicas que realimentan su nostalgia política, impidiendo una conversación más leve y actualizada. Es un reto hablar sobre raíces, pertenencia y riqueza en la diversidad de manera inclusiva y de manera progresista, conformar un relato en el que “abandonemos la identidad en favor de los valores” (Finkielkraut). Esperemos que el 2021 nos traiga derechos y deberes, civilización, libertad y una política más actual. Esa es la nueva España que merecemos.

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