Diciembre pasado. Representación de La Traviata en el Gran Teatre del Liceu. La gente se agolpaba en el vestíbulo, ansiosa de escuchar este popular título, especialmente el Libiamo que, junto al Toreador de Carmen, deben ser las piezas operísticas más coreadas por el público en general. Nosotros, aunque nos destruya el Addio del passato, cuando la Valery desgarra más que canta Addio del passato bei sogni ridenti, le rose del volto gia somo palllenti… ¡Ah!, tutto, tutto fini…

Así y todo, sentimos una debilidad especial por el preludio, de una frialdad espantosa, puesto que Verdi quiere dejar claro lo que de trágico tiene el aparente festejo al que asistiremos durante el primer acto. Expectación por la puesta en escena de David McVicar. Gran plantel de cantantes, gran coproducción entre el propio Liceu, la Scottish Opera de Glasgow, la Welsh National Opera de Cardiff y el Teatro Real de Madrid. Además, el libreto, basado en la Dama de las Camelias de Dumas, hijo, siempre ha atraído al público barcelonés, tan sensible para las Violetas perdidas y redimidas en el último acto previa muerte por tisis. Pero el acontecimiento de la noche no estaba en el escenario. A la puerta del coliseo barcelonés esperaban el presidente del Patronato del Liceu, Salvador Alemany, y su director general, Valentí Oviedo. ¿A quién? ¿A algún ministro, a algún conseller, a la alcaldesa, a un prócer extranjero? No. Esperaban para rendirle escolta y honores hasta el palco oficial del que dispone la Generalitat al mismo Jordi Pujol en carne, hueso y bastón.

Pujol, aplaudido por los espectadores, fue instalado en dicho palco con todos los honores y privilegios. El expresident y más que discutible Molt Honorable iba acompañado de tres personas. Y ahí estuvo el patriarca del separatismo catalán, antaño premio ABC Español del Año, cómodamente sentado y disfrutando de un dramón que, aunque en su estreno allá por 1853 causase un escándalo mayúsculo por tratar acerca de la vida de una cortesana de lujo, ahora apenas puede indignar ni al más puritano de los aficionados. Pero la indignación, igual que el espectáculo, insistimos, no estaba en la representación, en lo ficticio, en esa maravillosa mentira que denominamos arte.

Pujol sigue siendo admirado, honrado, aplaudido, venerado, vaya donde vaya porque a la gente le da igual lo que hiciera o dejase de hacer. Su proyección caudillista lo ha convertido en invulnerable

Lo reprobable era aquella imagen de poder exhibido impúdicamente sin que nadie reparase en ello, ni los protagonistas, ni los comparsas, ni mucho menos quienes lo miraban con arrobo. Porque ni Pujol es un cualquiera ni el Liceo es un teatro como otros. Hablamos de algo público, que cuenta con la participación de la Generalidad, del Ayuntamiento barcelonés, de la Diputación de Barcelona, del Ministerio de Cultura español y de diversas entidades financieras como la Caixa. Hablamos, pues, de dinero público, del que sale de nuestros impuestos. Y de un patronato del que forman parte Nuria Marín, socialista y presidenta de la Diputación, o Joan Subirats, regidor en el ayuntamiento de la capital catalana por En Comú Podem.

Pujol sigue siendo admirado, honrado, aplaudido, venerado, vaya donde vaya, porque a la gente le da igual lo que hiciera o dejase de hacer. Su proyección caudillista lo ha convertido en invulnerable, en un ser mítico del que nadie osará decir nada en su contra, ni los suyos ni los otros porque, en el fondo, aquí en Cataluña todos han sido más o menos pujolistas un momento u otro.

En ese palco operístico se plasmaba lo que es en realidad Cataluña. Aunque el mundo se desplome, siempre nos quedará Pujol, aunque la pandemia nos asole, aunque nuestras empresas quiebren, aunque las plazas se llenen de cascotes y contenedores incendiado, aunque la Generalidad esté en manos de suicidas ineptos, ahí tendremos a Pujol, a su obra, a su ejemplo, a su ponderada zorrería de estadista astuto que sabe siempre como capear con ese Madrid pérfido, egoísta y manchego incapaz de comprender la modernidad catalana y su raigambre secular de cultura y gloria. Sabemos que eso pensaba el adocenado público burguesito catalán porque uno nos lo dijo y no creo equivocarme si achaco al resto de sus compinches la misma idea.

Ciertamente, aquella noche se trataba allí del drama de una Traviata, de una extraviada, de una perdida. Pero no era Violeta. Era Cataluña.