Recomienda Luis Landero en su último libro (El huerto de Emerson. Tusquets, 2021), que a la hora de escribir es mejor hacerlo con ese material que viene de los recuerdos y no de los sentimientos: No escribas lo que sientas, escribe lo que recuerdas.  Landero se lo dice a aquellos que desean escribir algo, un libro, un cuento o un poema, y no creo que estuviera pensando en un periodista, y eso que últimamente las crónicas están cada vez más llenas de sentimientos que de hechos, o sea, de recuerdos ciertos. Pero esa es otra historia. Me dirán que no hay materia más imperfecta que los recuerdos que se basan en la memoria, en una memoria que siempre es selectiva y acostumbra a apartar aquello que nos desagradó y nos hizo sufrir. Bien, de acuerdo, pero a la hora de rememorar lo que en este país pasó hace 40 años, mejor los recuerdos que los sentimientos, aunque en días como el de hoy en este lugar hay espacio para los dos.

La radio que vomitó el golpe

Pido disculpas al lector por hablar de mí, pero creo que viene al caso. El 23 de febrero de 1981 yo tenía 21 años, y había tenido la suerte de formar parte de la plantilla de Radio Toledo, entonces una emisora asociada a la Cadena Ser y propiedad de la familia Rato. En la redacción de aquella emisora, pasadas las seis de la tarde, y mientras que cada uno de los que allí estábamos trabajaba en sus cosas, escuchamos el impacto del golpe a través de nuestra emisora. La Ser, aquella Cadena Ser que no puede ser la actual, daba siempre en directo los grandes debates en las Cortes. Entonces había muchos oyentes que escuchaban en la radio aquellos momentos, sabedores de que del transistor estaban saliendo los mimbres con los que se había de escribir la Historia de España.

Lo que decía la radio era la verdad

Todos los estrenos tienen siempre un componente adictivo, y el estreno de la democracia lo tenía intensamente. Recuerdo incluso coincidir con personas que, junto a la cartera y al paquete de Ducados, llevaban siempre un pequeño receptor con un auricular al que se enganchaban de vez en cuando, siempre ávidos de saber qué pasaba. La radio era, y lo fue aún más después del golpe, un medio robusto en su penetración y credibilidad. Aquella radio ya había demostrado que era el medio idóneo para el momento que vivía España. Ruidos de sables, conspiraciones militares en cafeterías, atentados de ETA, el Grapo, huelgas, los guerrilleros de Cristo Rey… Esa radio, además, hacía bueno el dicho de un profesor en la Facultad de Ciencias de la Información: "El que se quiera dedicar a este medio -nos decía- que sepa que cuando hable desde un micrófono lo tienen que entender el doctor y el pastor, y en caso de dudas, el pastor". Lamentablemente creo que aquel consejo es más útil hoy que hace 40 años, que eso da una idea de cómo hemos ido evolucionando. Gil de Biedma, un poeta inmenso al que hoy hay que citar con algún cuidado, dijo de España que éramos -¿somos?-, "un intratable país de cabreros".

A las 18.23 horas la radio empezó a parar el golpe

En la redacción de la toledana emisora se hizo el silencio. Algún viejo locutor, algunos en realidad, dibujaron en sus bocas una sonrisa sospechosa y justiciera.  Sonó la voz de Rafael Luis Díaz, que con voz temblorosa anunciaba que había escuchado un ruido extraño, y después, con una voz que dejó el temblor para transmitir el miedo. El periodista reconoció después que supo que era un disparo, pero que prefirió no decirlo en ese momento. Después el miedo, el temblor y el desencanto se unieron al timbre de voz de Rafael mientras anunciaba que era Tejero, que eran guardias civiles, que era una partida de cabreros armados hasta los dientes la que había entrado en el hemiciclo. Aquello que contaba la radio era la constatación de la grandeza de un medio que había hecho suyo el latido urgente de la calle. El director de Radio Toledo, Ricardo Vaca Berdayes, me ordenó que me fuera a la Academia militar, que pidiera hablar en nombre de la Ser con el director y me dijera lo que se esperaba que tenía que decir. La Ser estaba pidiendo a sus emisoras reacciones condenando el golpe, y Toledo, con su Academia, era una pieza clave.  Y allí llegué. Allí pedí, con mi magnetofón en mano y el estómago descompuesto ante un silencio que podía esculpirse en mármol. Era un silencio perturbador, como si lo hubieran ordenado. Eran unas caras que asustaban, y ante ellas, pedí hablar con el director, un militar con grado de General de Brigada.

A la espera de que hablara el Rey

Me sentaron en lo que parecía un antedespacho. Escuchaba susurros muy por debajo de la señal que estaba emitiendo la radio. Y pasaron los minutos, y una hora, y hasta cuatro. Y me trajeron un refresco y un bocadillo. Y, finalmente, un sargento dijo que pasara el periodista. Y el periodista pasó, y con voz temblorosa contó a qué había ido, y entonces el Gobernador dijo: "Ponga eso en marcha". Y puse en marcha el magnetofón, y casi en posición de firmes espetó al micrófono una inútil soflama que terminó con un "viva el Rey". Cuando llegué a la radio y ofrecí el testimonio grabado del militar, el Rey ya había hablado, y alguien en Madrid me dijo algo así como, "pero chaval, esto no vale para nada, eso antes". Pero antes no fue posible, antes no me recibieron, antes aquel militar y tantos otros estaban a la espera de que hablara el Rey, y lo hizo, y paró aquello, por mucho que hoy tantos cuestionen también aquel trabajo.

Cuarenta años después no tengo dudas de que la radio de Fernando Onega, Javier González Ferrari, José María García, Luis Rodríguez Olivares, Angeles Afuera, Emilio Olavarrieta y tantos periodistas y técnicos en toda España, paró el golpe. Nunca sentí con tanta intensidad el orgullo de pertenecer a esa estirpe, por mucho que mi trabajo hubiera resultado inútil. Cuando pienso en aquel periodista en ciernes me invade la pena y el orgullo que nace de la ingenuidad. En mi quedó un sentimiento de agradecimiento a la vida por haber vivido aquello. Un sentimiento de conformidad con la profesión que había elegido. Y otro de seguridad, cuando, ya de madrugada, Onega leyó un papel delante del micrófono que llevaba por título Buenos días, libertad. Y hoy, uno de pena, al confirmar lo rápido que han pasado los años, y la razón sobrevenida una vez más de aquello de Rafael Sánchez Ferlosio: "Vendrán más años malos y nos harán más ciegos; vendrán más años ciegos y nos harán más malos".

Cuarenta años después España se radicaliza, y los extremos vuelven a ser determinantes. Cuarenta años después llegaron al Gobierno de España ministros que no condenan la violencia callejera, gobiernos que pactan con los que quieran romper la Nación, y dirigentes que pactan las leyes -¡las leyes! -, con antiguos etarras. Cuarenta años después aquel país de cabreros…