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Miquel Giménez

Opinión

Los que no se sentarán en el banquillo

La justicia no les pide cuentas, pero son tanto o más culpables que los separatistas procesados. Es menester, por lo tanto, hacer constar sus nombres y apellidos

Cabeza de la manifestación celebrada en Barcelona con motivo de la Diada
Cabeza de la manifestación celebrada en Barcelona con motivo de la Diada EFE

Schopenhauer afirmó certeramente que el vanidoso, sin ningún mérito que atribuirse, acaba recurriendo a un refugio infalible: asegurar que pertenece a una nación elegida. La terrible enfermedad que aqueja a Cataluña desde hace mucho tiempo, demasiado, ha producido notables vanidosos, personas mediocres que, sin el proceso, jamás hubieran obtenido la más mínima notoriedad. Se han aupado en hombros, no de gigantes, como profetizaba Víctor Hugo, sino en los de una infantil masa para hacernos creer que su estatura era colosal. Son, en realidad, puras miniaturas del pensamiento, hormigas encima de elefantes, manchas de tinta escupidas al azar por una estilográfica en un secante decrépito.

No por ello son menos responsables que los políticos que van a ser juzgados, también mediocres de toda mediocridad. Unos y otros alimentaron una hoguera harto fácil de prender, pero muy difícil de apagar. Compartan, pues, ambos la condición de culpables éticos, ya que no jurídicos. La lista es larga, enorme, siendo empeño inútil elaborarla al por menor, porque son legión las personas que se han sentido cómodas atizando odios, propagando mixtificaciones o sembrando cizaña entre paisanos. Muchas veces por interés crematístico, otras por deseo de medrar en un actividad concreta, pero también hay quienes lo hicieron por pura maldad, la maldad de quien precisa del odio para identificarse. Sus espejos siempre serán deformantes y deformados, jamás límpidos.

Ahí tenemos que, aunque sea una contradicción, el campo de las artes y las letras ha surtido de manera próvida a los cómplices del proceso, con elementos que han sabido explotar su imagen pública para convertirse en propagandistas inamovibles de las mentiras que, sabiéndolas o no, han hecho tomar por ciertas a la gente. La primera es Pilar Rahola, que, subida en un pedestal fabricado por los aprendices de brujo que la convirtieron en fenómeno mediático, ha terminado por devenir en devoradora nihilista, en una suma sacerdotisa que sacrifica en el altar de la ex convergencia lo que haga falta, una balanza que sopesa según su fielato personal que es bueno y que malo para Cataluña, en suma, la única intérprete del poder nacionalista. Pilar podría haber sido una notable intelectual y escritora, pero se ha quedado en caricatura de ella misma, en grito maleducado, en la sensación de que no deja hablar a nadie porque le horroriza escuchar su propio silencio. Sus inflamadas soflamas han sido en no pocas ocasiones – aún lo continúan siendo – el maná que ha alimentado a la perdida masa separatista cuando sus dirigentes no han sabido explicar hacia donde se dirigían.

Tenemos también a David Madí, la eminencia gris que creó junto a Artur Mas y el profesor Agustí Colominas ese guiñol de cartón piedra llamado derecho a decidir, siempre atento a que el legado convergente se mantuviese al precio que fuera al mando de la Generalitat. Es Madí hombre de astucias, de retranca, de pactos en pasillos mal iluminados y de acuerdos inconfesables en despachos poco conocidos. Madí nunca ha dejado de estar en política, aunque dijera que se retiraba de la primera fila, siendo Richelieu, Cisneros y Rasputín todo a la vez tanto de Mas como de Puigdemont. Sin sus ideas, sus sugerencias, sus maniobras, el proceso no habría llegado tan lejos. El relevo de Lluís Prenafeta, cortesano maquiavélico de los mil complots, no ha dejado pasar un solo día sin mover los hilos de los que cuelgan los aparentes protagonistas de este proceso, en el que resultan mucho más interesantes las bambalinas que el escenario.

Extraña justicia poética, los vástagos del patriarca del nacionalismo catalán deben dar explicaciones ante la ley, no por su nacionalismo supremacista, sino por su presunta corrupción

Lo mismo podríamos decir de la familia Pujol que, aunque invocada por la justicia para dar cumplida cuenta de sus asuntos económicos, no figura en el sumario de los separatistas. Extraña justicia poética, los vástagos del patriarca del nacionalismo catalán deben dar explicaciones ante la ley, no por su nacionalismo supremacista, sino por su presunta corrupción. He ahí lo subyacente tras la mascarada de la independencia, lo que jamás admitirán sus defensores, lo que no dirán los medios comprados a tanto la página de publicidad institucional. Pero es cierto que, sin los Pujol, tampoco se habría llegado hasta los extremos de histérica comedia a los que hemos llegado.

En singular romería figuran también los que han estado al pie del poder, esperando ver si caía de la mesa de los poderosos las migajas con las que sobrevivir. Del director de TV3 Vicent Sanchis a la presentadora de las mañanas de Cataluña Radio, Mónica Terribas, pasando por comicastros como Toni Albà, productores de televisión y caricatos de pago como Toni Soler o Mikimoto, cantantes como Lluís Llach, actrices como Lloll Bertrán o Montserrat Carulla, articulistas como Marc Alvaro, tertulianos de guardia como Minoves, enigmistas como Marius Serra, quemadoras de constituciones españolas como Moliner, pseudo moderadores de tertulias como Grasset o economistas multicolores como Sala Martin, he ahí un mundo que ha vivido y vive de todo este gran teatro en el que no en vano las performances han sido sus máximos éxitos. La magia con grandes aparatos, sin embargo, es la más simple; la micro magia, la que se hace a un palmo del espectador, es de mayor empeño. De forma y manera que resulta más sencillo hacer desaparecer la estatua de la libertad que escamotear un euro.

Todos estos han sido culpables de crear un estado de ánimo propicio entre el público asistente a esta función llamada separatismo, siendo indispensables para provocar entre los espectadores lo que se denomina suspensión voluntaria de credulidad. Tanto insistieron en que desaparecía España que, al final, la gente no percibió la ilusión óptica y acabó por creérselo. Pero nada había cambiado y, cuando algunos comienzan a descubrir la trampa, su desengaño es colosal.

Aunque no tengan responsabilidades penales, las morales y sociológicas son más que evidentes. Porque, sin ellos, los directores de escena, esos Houdini que a la que pudieron se entregaron al arte del escapismo, nunca habrían conseguido obtener la aquiescencia de la platea. Sus entusiásticos “¡Ale Hop!” cuando los prestímanos hacían sus trucos jalearon en no poca medida a la gente. ¿Qué habría sucedido si Rahola, por ejemplo, hubiera dicho en público en su momento que lo de Mas era una aventura sin sentido? ¿O que Jordi Pujol hubiese tomado la palabra para decir, aún en su condición de corrupto confeso, que por el camino de la unilateralidad no se iba a ningún lado? Piensen.

Siquiera por eso, tengo para mí cierta su total y absoluta culpabilidad.

Miquel Giménez

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