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Miquel Giménez

Opinión

La nave de los locos

Carles Puigdemont tras su salida de la cárcel.
Carles Puigdemont tras su salida de la cárcel. EFE

Se suele decir que los partidarios del separatismo están locos. Si consideramos locura creer que estando todo un día procesionando alrededor de la vieja cárcel Modelo de Barcelona pueden conseguir la libertad de sus líderes encarcelados, lo están. Aunque todo sea mucho más complejo.

Elogiando su propia locura

Como muchas personas saben, Erasmo de Rotterdam ya dijo en su conocida obra Elogio de la locura que reírse de todo es propio de tontos, pero no reírse de nada lo es de estúpidos. Esa locura ponderada por el pensador poco tiene que ver con la que comúnmente se les achaca a los partidarios de la independencia, los obsesos del amarillo, los de los lacitos, las velitas, las manifestaciones cuajadas de lágrima fácil y globos, banderas, o cualquier otra puerilidad. No son partidarios de los CDR –uy no, somos pacíficos, eso es cosa de españoles, me decía el otro día una señora entrada en años y carnes-, pero se alegran malignamente cuando alguien llama puta a Inés Arrimadas o le hacen un escrache a la sede del PP. Viven en la paradoja de querer ser modelo de virtudes, siendo recipiendarios de vicios.

Les sucede lo mismo que a los asesinos a los que en su fortaleza de Alamut el Viejo de la Montaña mantenía adormecidos por el hashish, de ahí el origen de su nombre; cuando el anciano les privaba de aquella sustancia que les hacía creerse en un paraíso repleto de leche, miel y bellas huríes, los enviaba a cometer un crimen espantoso, asegurándoles que, caso de que muriesen, irían directos a ese mismo paraíso que Alá tenía reservado solamente para sus más fieles devotos. Los separatistas han estado cuarenta años instalados en la artificialidad de dos realidades, una catalana y la otra española, y ahora que están enfrentándose con la realidad harán caso de cualquier estupidez con tal de regresar a esa Cataluña pujolista en la que pertenecer a Convergencia sobraba y bastaba para tener éxito, ser reconocido, para triunfar inclusive en aquel Madrid político de los cambalaches y las componendas por debajo de los manteles.

Solo hay que ver los repetidos intentos por forzar una negociación con el gobierno nacional, tanto por parte de Puigdemont como por Esquerra. Seguir viviendo del acuerdo que discrimina a otras regiones, seguir contando con la impunidad para hacer en Cataluña lo que les dé la gana, para seguir con su corrupción y sus mangoneos. No hay otro deseo por su parte más que este, y quieren que sea el propio estado quien lo sancione. A sus partidarios les venden el humo tóxico necesario para presionar en esa dirección y estos, que son una curiosa mezcla de pueril masa cobarde, pero cruel, y de gente de orden y de libro de caja, se lo traga.

De ahí que no encuentren ridículo turnarse durante veinticuatro horas para dar vueltas a la vieja cárcel Modelo, de tristísimo recuerdo para cualquier demócrata, salmodiando letanías en favor de los presos “políticos”, llevando narices de payasos y creyendo, además, que todo esto tiene una utilidad tremenda para el logro de sus propósitos. Refractarios a cualquier argumento lógico, si alguien desconocedor de lo que se vive en Cataluña los viese pensaría que contempla a los miembros de alguna secta: Exacto, porque ese es el problema que aún no se ha comprendido en Madrid. El nacionalismo burgués del tres por ciento se ha convertido en una religión que, como tal, tiene sus dogmas, sus santos, sus mártires y sus dogmas. No es locura, es fe.

Aprenda de Erasmo y su idea del aprendizaje, señor Rajoy

El sabio holandés escribió, aparte del ya citado Elogio, infinidad de tratados a cuál más acertado y crítico con su época. Entre ellos no es de menor importancia el De pueris statim ac liberaliter instituendis, Sobre la enseñanza firme, pero amable, de los niños. En él, se habla de las ventajas que tiene saber instruir a los niños de manera firme, pero cariñosa, didáctica, empática. Erasmo, por elipsis, se refería a la educación del pueblo, claro. Dos de sus frases son particularmente dignas de ser meditadas por los gobernantes: “El colmo de la estupidez es aprender lo que luego hay que olvidar” y “Los zorros usan muchos trucos, los erizos solo uno, pero es mucho mejor que el de los zorros”.

Los constitucionalistas, creyendo que todo se soluciona con el Aranzadi, han menospreciado a conceptos políticamente modernos como son los medios de comunicación o la propaganda. Peor aún, cuando usan alguno de estos dos instrumentos se limitan a hablar de kilómetros de carreteras construidas, de asfaltado, de ladrillos, de cosas sólidas y tangibles, pero absolutamente ajenas al pensamiento religioso, mágico, del separatismo. No será así como se les vencerá, no lo duden.

Que se cumpla la ley ya sería un buen principio, pero ni siquiera esa cosa sucede en Cataluña. Ya ni quiero hablarles de elaborar un argumentario que pudiera servir para desconectar de la irrealidad en la que viven los seguidores de la religión amarilla. Son cuarenta años de cuidadosa construcción de todo ese imaginario religioso al que les hacía referencia y a esa monolítica fe solamente puede dársele batalla desde una Reforma como la de Lutero, si se me permite el símil.

El primer paso para que un enfermo mental sea consciente de que puede curarse es la aceptación de su dolencia. Y en Cataluña tenemos a dos millones de personas afectadas por el Síndrome de Munchausen. Esa patología se caracteriza por inventarse o fingir enfermedades, incluso provocárselas, para llamar la atención. Es un trastorno totalmente ficticio, aunque quizás en el caso de los separatistas sea más exacto definirlos como pacientes de ese síndrome, pero en una fase más avanzada, la denominada “por poderes”, mucho más perversa, que hace al afectado proyectar sus imaginarias dolencias sobre un niño o alguien bajo su tutela. Justo lo que hacen Puigdemont y los suyos. Proyectan sobre el cuerpo social que les sigue sus propias mentiras, sus males imaginarios, sus delirios. Si estos los aceptan como dogmas inapelables por ese sentimiento religioso que experimentan hacia ellos, creyéndolos mucho más que políticos, que seres normales, que semejantes suyos. La idealización que se hace de estos dirigentes es sumamente peligrosa, y ya les he hablado en no pocas ocasiones de a dónde conduce la idolatría hacia el líder.

Que los locos son los cabecillas es indiscutible, que sus seguidores están afectados por su locura, también. Es un terreno que se escapa de la política entendida tradicionalmente, del concepto hegeliano de la tesis, antítesis y síntesis. Por eso argumentos como que, desde la aplicación timorata del 155, se paga regularmente a proveedores de la Generalitat sea del todo inútil. Nada lógico podrá cuartear la fe en lo amarillo, porque todos los que se criaron con las Diadas, Pujol y Ferrusola, el Club Súper Tres, Mikimoto, los informativos convergentes, el Barça de Gaspar o Laporta y las bufonadas de La Lloll, Toni Albá y demás podrá jamás aceptar que ese paraíso imaginario no era cierto, que jamás tendrán su edén particular, que todo era pura mentira, porque los que los han llevado hasta aquí mentían en provecho de sus propios bolsillos.

No están ni locos ni son desquiciados. Son creyentes, son adictos a una droga, son una mera pantalla en la que proyectan sus egoístas ansias los que siempre han mandado y desean seguir haciéndolo. Insisto, no se trata tan solo de usar la ley, urge crear un departamento de salud social que se ocupe en desintoxicar a esos millones de personas que confunden a Rajoy con España, al PP con la política, a Puigdemont con un héroe y a la independencia como la panacea a sus problemas. Será difícil, pero tarde o temprano habrá que hacerlo, si no se quiere que acabemos a tiros por las calles. Educar siempre es la mejor manera de prever la desgracia y aquí, empezando por los propios colegios, nos hace falta esa educación en lo real más que el pan que comemos.

Abandonemos la nave de los locos separatista, una nave que, además, cuando se hunda nos puede arrastrar a todos a las profundidades.



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