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Luis Algorri

Carretero y yo

El narcótico patriótico

Ritorno dall'italia. A los italianos no les interesa un pimiento el lío que han armado unos ricos en Cataluña para separarse de los pobres. Un jueguito de burgueses egoístas, dicen, envueltos en una bandera

Imagen de archivo.
Imagen de archivo. EFE

Le hablo a mi padre, Carretero, de un buen amigo que tengo, Ramón Lobo, periodista, escritor, viajero. Hombre de barba blanca y bien cumplida, como decía el poema del Cid. Ramón Lobo ha escrito el otro día, a propósito de una querella de ingleses de la que no voy a hablar ahora, una de esas frases que deberían estar escritas con letras doradas en el dintel de cualquier Parlamento o lugar en el que los representantes de los ciudadanos se reúnan para gobernarse. Dice así:

“El nacionalismo tiende a generar un relato mágico que narcotiza la inteligencia colectiva. Sucede también en las religiones. Nadie con aspiraciones puede discrepar. Sobrevuela el miedo a quedar estigmatizado, a que te tilden de antipatriótico”.

Lobo hablaba del Brexit y de todo eso, pero yo acabo de regresar de Italia, concretamente de Puglia (la tierra de los olivos, la tierra de los vinos) y he pasado mucha vergüenza al escuchar las cosas que me preguntaban mis hermanos italianos sobre lo que está sucediendo en mi país.

–Vas a volver a dar la murga con lo de los catalanes –suspira Carretero.

–Me temo que sí, papi.

–No me parece bien. Este artículo lo escribimos los dos, aunque lo firmes tú solo. Y la gente va a pensar que yo soy tan coñazo como tú. Haz el favor de decir que no es verdad. Esa monserga de los catalanes te interesa solo a ti, que llevas demasiados años de periodista y se te nota. A mí me aburre como a una ostra. Hay cosas mucho más interesantes en la vida que la obcecación de esos pelmazos. Supongo que no soy el único que piensa así.

No, no lo es. En Italia he visto cómo mis hermanos, que son gente muy preparada y desde luego bastante bien informada, me preguntaban por lo de Cataluña con la misma cara que cualquier buen amigo pondría para interesarse por tu cuñado, que está en el psiquiátrico, o por la tía Anuncia, que la han tenido que ingresar.

–Pero Luis, ¿qué les pasa? ¿Qué quieren? ¿Es algo parecido a los de la Liga de aquí, que quieren separarse de los pobres para quedarse solo los ricos?

Yo no sé qué contestar, porque cuando estás fuera de España te sap greu (te jode, vamos) hablar mal de los de tu tierra. Pero no tengo más remedio que reconocer que algo así es lo que sucede. Los ricos han inventado un relato mágico que ha narcotizado la inteligencia de millones de personas, que seguramente no serán todas ricas, pero los narcóticos emocionales (yo he preferido llamarlo enamoramiento hasta que leí a Ramón Lobo) es lo que tienen.

–Han intentado asaltar el Parlamento autonómico –me dicen los hermanos italianos– como si fuese el Palacio de Invierno. Ha habido muchos heridos. Las calles de Barcelona parecían una batalla. Y dicen que el presidente regional, ese signore Torra, que es el representante del Estado en esa zona, azuzaba a los revoltosos, les animaba, les pedía que “apretasen”. ¿Todo eso es verdad?

Te preguntan por ‘lo de Cataluña’ con la misma cara que cualquier buen amigo pondría para interesarse por tu cuñado, que está en el psiquiátrico

Qué contestas, eh. Qué contestas sin que los cultos hermanos italianos, que bastante tienen con lo suyo (a su jefe de Gobierno le llaman Benito Mussalvini), piensen que somos un país de desquiciados.

Sencillamente, no lo entienden. No pueden comprender que una región europea que tiene un autogobierno mayor que cualquier otra región del continente (incluida cualquiera de las italianas) esté gobernada ahora mismo por los caudillos salvapatrias que hablan sin ningún derecho de “todos los catalanes”, que se han empestillado en una aventura emocional, pasional, destructiva y autodestructiva, ruinosa para sí y para todos los demás; una aventura de corte romántico y decimonónico, una cosa de montañas nevadas y banderas al viento que está poniendo en peligro no solo la estabilidad europea sino su propia prosperidad, su propia convivencia.

–Pero ¿qué les pasa, caro Luigi?

Y yo qué sé, caro fratello. Pero no te preocupes, son gente educada. Pacífica.

Pacifica? ¡Han tratado de tomar al asalto el Parlamento! ¡Hay muchos heridos! ¡Y el presidente Torra les apoyaba!

Oh, pero no, no es así. Esos a los que el presidente Torra decía apoyar, y les pedía que “apretasen”, no representan a nadie. No son verdaderos independentistas. Son grupos aislados. Son exaltados. No hay que hablar de ellos, no hay que hablar de ellos. Seguramente serán infiltrados de extrema derecha (y si cuela, cuela) que fueron allí para desacreditar al independentismo, que es puro, limpio, casto, pacífico y angélico, y que se dedica a repartir flores amarillas entre los viandantes, sobre todo entre quienes no están de acuerdo con la independencia. Unos santos. Unos epígonos de San Luis Gonzaga, aquel adolescente con minifalda. Y este Torra, ¿a quién pedía que apretasen? ¿A los de la kale borroka catalana? Nooo, por Dios. Hablaba de los caganers de los belenes navideños. De nadie más.

De pronto me doy cuenta de que mis hermanos italianos me están mirando con una tremenda compasión. No entienden nada de lo que les digo. No pueden comprender qué le pasa a esa gente tan airada, tan voceona y, ahora ya descaradamente, tan violenta. No saben por qué hacen todas esas cosas que hacen, ni para qué. Y, esto sobre todo, no les interesa un pimiento todo ese lío que han armado unos ricos para separarse de los que consideran despreciables pobres. Ya han visto todo eso en Italia. No salió adelante. Sencillamente, lo consideran un jueguito de burgueses egoístas envueltos en una bandera.

Un narcótico para la inteligencia colectiva. Nada más. Nada nuevo. Pero más te vale no discrepar ni pensar por tu cuenta, que te fostian.



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