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Miquel Giménez

Opinión

Nadie plantará un ciprés por Convergencia

Nadie plantará un ciprés por Convergencia
Nadie plantará un ciprés por Convergencia EFE

Una Santa Compaña integrada por los cadáveres del separatismo, incluidos Artur Mas, Carles Puigdemont, los encarcelados o fugados y la reciente MartaPascal, ha desfilado lúgubremente por la asamblea del PDECAT, sin que los presentes se percataran de que todos a quienes aplaudían eran cadáveres.

La fosa común

En revuelto osario sin orden ni armonía se mezclaban Rull, Turull y Sánchez con un fantasmagórico Artur Mas, que profetizaba con voz hueca la desgracia que supone la desunión entre los que todavía creen vivo al separatismo, así como el peligro que suponen las reencarnaciones de Aznar, refiriéndose a Pablo Casado y Albert Rivera. Créese el que fuera impulsor del proceso que todavía causa espanto, cuando lo único que produce es piedad y asco. Desde que las CUP lo enviaron a la papelera de la historia, está condenado a vagar eternamente por el limbo de los inconscientes. Cuando sean las voces de la justicia quienes lo convoquen por el caso tres por ciento o la malversación de fondos en consultas fantasmales veremos si acaba por fin de condenarse.

En esa fosa en la que el sentido común encontró su muerte más terrible, se retuercen los despojos de Puigdemont, de los que se fugaron cuando fue momento de rendir cuentas. De todas las apariciones en la asamblea acaso sea la del cesado President la más biliosa, la más siniestra. Su espectro, fatídicamente condenado a recorrer Europa sin hallar jamás reposo, sigue tentando a quienes aún encandila con sus fuegos fatuos, con promesas de un más allá idílico, pacífico, virgiliano. Sus proteicos esfuerzos siguen dando frutos y no son pocos los que se extasían invocando su presencia como infalible oráculo.

El osario separatista tiene en su seno una mezcla de desengaño y de cinismo, de tumba profanada sacrílegamente y de hospital de locos. Porque locura es pretender alcanzar el cielo por asalto y locura es también maldecir al Todopoderoso por castigar el pecado de orgullo, aquel por el cual el más luminoso de todos los ángeles experimentó el Descensus Avernii, sufriendo en sus propias carnes la ira de Dios. Así sufren en esa laguna Estigia de la nada quienes piensan que atravesarla será gratis, desconociendo que el viaje se paga; más aún, lo que le espera al otro lado no son más que los círculos infernales, los destinados a quienes pecaron.

Ninguno de los asistentes a aquel velorio disfrazado de himeneo ha recordado los versos del Dante, así que poco o nada deben haber reflexionado acerca de lo engañosas que pueden ser las voces de los espectros, los que, como la Santa Compaña de la sabia Galicia, te atraen para poder mejor perderte, obligándote a seguirlos hasta el fin de los tiempos, salvo que consigas que otro ocupe tu lugar. Quizás Torra, persona versada en letras, confíe en que otro pueda sustituirle para poder volver al mundo de los vivos, los que respiran aire puro, lejos de las miasmas fúnebres, del cementerio. Un cementerio convergente que habla de repúblicas que, ora deben ser inmediatas, ora pueden posponerse; un coro de cadáveres que insiste tercamente en la vía unilateral. Terrible lugar repleto de tumbas sin lápida ni honores que no luce ciprés alguno, el memento mori que recuerda la tragedia de Cipariso, culpable de la muerte de su ciervo domesticado, que, preso de dolor y arrepentimiento, rogó al dios Apolo que le permitiese llorarlo por toda la eternidad. El dios, conmovido, convirtió el desdichado en un ciprés, de la misma forma que a Marta Pascal la han convertido en convidada de piedra.

Nadie plantará un ciprés por Convergencia, ni los suyos, ni los que se llaman amigos, ni sus rivales. Triste destino para un muerto.

El panteón del separatismo se llama Crida Nacional per la República

Ambrose Bierce definía al cementerio en su ameno Diccionario del Diablo como un lugar en el que los deudos conciertan mentiras, los poetas escriben contra una víctima indefensa y los lapidarios apuestan sobre la ortografía. Palabras demasiado indulgentes para ser aplicadas en Cataluña. Mientras unos muertos vivientes asaltan a pacíficos manifestantes en la Meridiana de Barcelona, solo por el hecho de lucir banderas españolas - las mismas almas vacías que aúllan quejumbrosas porque un automóvil arremete contra las amarillentas cruces en la plaza mayor de Vic o vomitan blasfemias desde su Gehena particular cuando retiran lazis de la vía pública – la Santa Compaña celebra jubilosa sus últimos éxitos. Todos deben seguirlos en camino ciego y de fatal destino hacia el camposanto de la Crida, el último y desesperado conjuro creado para encandilar a las almas débiles.

Han traído el infierno a nuestra tierra, complaciéndose en el dolor ajeno, incitando a cometer todos sus pecados. Soberbia, ira, avaricia, envidia, nada falta en el aquelarre de quienes pretenden encontrar la paz eterna en el cementerio de amarillentas y desgastadas dentaduras, siempre prestas al mordisco que infecta a quien se pone a su alcance.

Si alguien osara hacer un exorcismo ante tamaños hechos, precisaría de una voluntad enorme, poderosa, cargada de razón y coraje. Nada vaticina que lo veamos quienes también estamos condenados a vivir entre esos seres, sufriendo sus maldiciones y sevicias. Porque los espectros conjurados este pasado fin de semana son, y de ello estamos convencidos, el acta de defunción de cualquier posibilidad de redención de quienes asisten gozosos al baile de los egoístas, pero también da fe del castigo que hemos de padecer los que no participamos de sus horrísonas visiones.

¿Nadie ha de decirles a estas gentes que viven en un cementerio, que no puede extraerse vida de lo que yace muerto? ¿No habrá mujer u hombre que les expulse al limbo? ¿Es que los nueve círculos del infierno han venido a instalarse en tierras catalanas de manera permanente?

Desgraciadamente, así es. Ni sus vacilaciones ni sus falacias hacen mella entre la cohorte que los adora. El príncipe de las mentiras es poderosamente seductor. Auguramos que, en el octavo círculo del infierno, según el Dante, en el que se halla la fosa donde son castigados los aduladores, sumergidos entre excrementos humanos y en la que sufren eternamente Alessio Interminelli, el güelfo de Lucca, y Thais, la prostituta que mereció los severos versos de Alighieri “… inmunda y licenciosa esclava, que se rasca con mierdosas uñas, que ora se apoya y ora de pie se guarda” hemos de ver a no pocos de quienes han dicho amén a Puigdemont y sus lacayos.

¡Dichoso el día en que la tumba de la sinrazón se cierre por los siglos de los siglos y la vida se enseñoree de todo, dejando atrás espectros e infiernos ideados para disfrute de unos pocos y desgracia de la mayoría!

Miquel Giménez



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