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Miguel Ángel Belloso

Opinión

Hasta Nadia Calviño engaña y miente

La vicepresidenta económica no sólo ha sido deshonesta con las autoridades comunitarias, sino que ha engañado a los españoles sobre lo que va a suceder este año y sobre lo que va a ocurrir en 2020

La vicepresidenta económica del Gobierno, Nadia Calviño, en el Congreso.
La vicepresidenta económica del Gobierno, Nadia Calviño, en el Congreso. EFE/Mariscal

La vicepresidenta de Transición Ecológica, Teresa Ribera, es el último juguete roto de un Gobierno donde apostar por el más incompetente es un suicidio. Su plan de normalización es, entre otros disparates, una condena para la hostelería y el turismo, el gran activo nacional. Ángel, el dueño de uno mis bares entrañables, dice que no abrirá con el 50% de ocupación. Que esperará, en el caso incierto de que pueda aguantar, hasta que el horizonte escampe. Abrir implica desactivar el ERTE y reintegrar a todo el personal para una facturación que con mucha suerte apenas llegará a la mitad con los mismos gastos fijos. Pero el calvario por el que pasan miles de familias del país más los que deseamos un gin tonic helado cuanto antes no conmueve a la señora Ribera: “El que considere que es mejor tomarse un tiempo para reiniciar el negocio que lo haga. No hay ninguna obligación. El que no se sienta cómodo o crea que las cuentas no salen que permanezca cerrado”. No me dirán que no es una opinión insólita para una ministra que afirma estar “sumamente comprometida con la salida de la crisis pensando en las personas”. Salvo que los empresarios o los autónomos no le parezcan personas, claro está.

Como la mayoría del Gobierno, la señora Ribera es una funcionaria que, en este caso, lleva toda la vida exprimiendo su cerebro en favor de la causa ecologista, para la que las empresas son invariablemente agentes contaminantes y un estorbo en el camino hacia la Arcadia feliz. Tiene ese rostro turbio de estar oliendo siempre un excremento, muy propio del que detesta los bares, y tampoco le gustan los automóviles, dos sectores hasta ahora poderosos en la economía nacional. Pero no desentona. Para el equipo de Sánchez las empresas son, a lo sumo, un mal necesario. La ministra de Trabajo, la comunista Yolanda Díez, las tiene a todas por entidades sospechosas o depravadas, inclinadas naturalmente al abuso y la explotación de los empleados. Parafraseando a Churchill, el vicepresidente Iglesias mira al empresario como el lobo que hay que abatir y la titular de Hacienda, la señora Montero, como la vaca que hay ordeñar. No hay nadie en el Gobierno que lo contemple como el caballo que tira del carro.

Nuestras cuentas públicas cerraron 2019 con un déficit del 2,8% del PIB cuando nos habíamos comprometido con Bruselas a reducirlo primero hasta el 1,3% y después a contenerlo en un máximo del 2%

Estos prejuicios ideológicos insanos son la causa de que España afronte la crisis del virus en peores condiciones que el resto de Europa, y también la explicación de por qué nuestra salida será más remota y dolorosa. No se ha subrayado lo debido que nuestras cuentas públicas cerraron 2019 con un déficit del 2,8% del PIB cuando nos habíamos comprometido con Bruselas a reducirlo primero hasta el 1,3% y después a contenerlo en un máximo del 2%. La razón de esta deshonra injustificable fueron los mal llamados ‘viernes sociales’. Remedando a Zapatero, el señor Sánchez tomó a lo largo del año pasado, cuando ya era evidente que la economía perdía fuelle, una serie de decisiones que pretendiendo beneficiar a colectivos específicos para esclavizar su voto perjudicaban claramente el interés general.

Estas fueron la subida y luego revalorización de las pensiones, la ampliación del subsidio a partir de los 52 años, la extensión del permiso de paternidad, el incremento del salario de los funcionarios -a los que se va a mantener sorprendentemente a cubierto de la crisis que azota con una violencia feroz al sector privado- o la prórroga de los contratos de alquiler de 3 a 5 años más la prohibición de subir las rentas más que la inflación, ensuciando el mercado y entorpeciendo el acceso a la vivienda sobre todo de los jóvenes. Estas ocurrencias sumaron casi 15.000 millones en contra del bien común. No nos los podíamos permitir, han entumecido las cuentas públicas, han pulverizado cualquier clase de colchón para eventuales imprevistos -mucho menos de la magnitud del virus letal-, y han resucitado la imagen de España en Europa como país apestado, como el miembro renovado del club de los ‘pigs’, sólo que en esta ocasión sólo hay dos cerdos, Italia y nosotros.

Eso de la 'uve invertida'

La vicepresidenta Nadia Calviño, otra que tal baila, asegura que nuestra salida del abismo será en forma de “uve invertida” y que ya en 2021 la economía crecerá un 6,8% espoleada por el aumento del consumo privado (4,7%), de la inversión (16,7%) y de las exportaciones (un 11,6%). No se lo crean. Todo es un delirio, un perfecto embuste, y cuando lo comete quien todavía algunos tienen por la señora más prudente y sólida del Ejecutivo -que más bien es un juguete asequible y fácil de destrozar por el vil Iglesias- el hecho es de una gravedad difícil de exagerar.

Según detalla el economista Juan Iranzo, el aumento del desempleo, que será mucho más intenso del que Calviño ha asegurado a Bruselas, la pérdida inmediata de rentas y las expectativas negativas de la gente, que favorecen el ahorro como actitud precautoria, hacen imposible que el consumo de las familias vaya a crecer el año que viene cuatro veces más que en 2019, antes de la pandemia. Con un escenario tan adverso y gran parte del tejido productivo destruido o seriamente dañado resulta completamente irracional que la inversión vaya a subir un 16,7%, que sería la cifra más alta en mucho tiempo; y es igualmente improbable que el año próximo las exportaciones de bienes y servicios se eleven un 11,6% con el comercio internacional bajo mínimos y un importante retraso en la normalización de la producción respecto a nuestros competidores, dado el severo confinamiento y la congelación casi total de los negocios. Más bien sucederá que perderemos cuota de mercado.

Pese a su aire angelical de mosquita muerta, la señora Calviño ha tenido un comportamiento imperdonable. El plan de estabilidad enviado a Bruselas es un compendio de falsedades o de fantasías. Tendremos un paro superior al 19%, tendremos un déficit mayor que el 10%, porque los ingresos fiscales se han sobreestimado, y la deuda pública estará por encima del 115%. Pero no sólo ha sido deshonesta con las autoridades comunitarias, sino que ha engañado a los españoles sobre lo que va a suceder este año y sobre lo que va a ocurrir en 2021, generando unas expectativas infundadas que sólo pueden conducir a la frustración o la melancolía.

Todo será incluso peor si el Ejecutivo sucumbe a la tentación de subir los impuestos directos, ya sea a los particulares o a las sociedades

Hay dos maneras de salir de la crisis. La que está cociendo el Gobierno social comunista es temeraria. Aumentar los impuestos a las compañías tecnológicas, que ya tributan lo que deben en sus países de origen y allí donde más facturan, apenas reportará ingresos y puede exponernos a las represalias que empieza a consumar Trump. Elevar la presión fiscal sobre las transacciones financieras deslocalizará el ahorro y la inversión que tanto vamos a necesitar. Y establecer una fiscalidad verde como la que le gustaría a la insensible vicepresidenta Ribera castigará aún más a unas compañías exhaustas. Pero todo será incluso peor si el Ejecutivo sucumbe a la tentación de subir los impuestos directos, ya sea a los particulares o a las sociedades, o de establecer un gravamen confiscatorio sobre las grandes fortunas del que se ha arrepentido hasta Francia, el país donde nació. Lastrar todavía más el gasto público con un ingreso mínimo permanente será además letal para el empleo que debemos propiciar con urgencia.

Hay que apoyar sin complejos y con la máxima intensidad a las empresas, con ayudas directas como hicieron desde el primer día Alemania o Portugal, prorrogando los ERTES

Existe desde luego una alternativa más prometedora para combatir la crisis. El liberalismo no ha colapsado, como aseguran los profetas del nuevo mundo y del “ya nada será igual”. Hay que insuflar oxígeno al capital y volver a engrasar el motor gripado del mercado. Hay que apoyar sin complejos y con la máxima intensidad a las empresas, con ayudas directas como hicieron desde el primer día Alemania o Portugal, prorrogando los Ertes el tiempo que sea preciso y limpiándolos de burocracia a través de una simple declaración responsable que los active inmediatamente a expensas de una revisión posterior.

Hay que acabar de una vez con la mora en el pago a los proveedores desatascando las facturas pendientes como hizo el PP durante la crisis financiera de 2008. Hay que rebajar las cuotas sociales, liquidar la regulación masiva que atenaza a las compañías, así como reducir algunos tipos efectivos de impuestos a través de exenciones que generan demanda adicional. Y desde luego es preciso flexibilizar sin complejos el mercado laboral, disipando al máximo la intervención pública y la burocracia que asfixia la vida de los negocios. Sacudirse la influencia nefasta de los sindicatos, que igual que el leninista Iglesias acarician la pandemia con lujuria, como la oportunidad para reforzar su poder -siempre inoportuno y perjudicial para los trabajadores- constituye en estos momentos casi una obligación moral.

Un horizonte crítico

Los socialistas no tienen el patrimonio del corazón. A todos -y desde luego a los liberales- nos duelen los pobres, la gente que sufre y que lo pasa mal. A nadie le gusta un horizonte donde muchos ciudadanos van a vivir momentos críticos durante los próximos meses. Por eso tenemos el deber de preguntarnos cómo se ayuda mejor a los desfavorecidos, cómo se afrontan con más garantías las situaciones perentorias, qué fórmulas son las más prácticas y sobre todo las más eficaces, desechando las que han probado reiteradamente su fracaso, aunque hayan sido desplegadas con intenciones nobles.

Ayudar y contribuir a la creación de empleo, apostando por las empresas y por el sector privado, en vez de subsidiar el paro, no sólo es más productivo en resultados sino también más cabal desde el punto de vista ético. El único efecto positivo del virus ha sido el de fulminar la utopía anacrónica con la que Sánchez e Iglesias se disponían a devastar el país. Reactivar el nervio de la nación exige un giro de 180 grados en la política económica, pero la actual tropa de sectarios, de incompetentes y de embusteros que nos gobierna ni lo desea ni está capacitada para dar el golpe de timón que podría evitar que Herodes tiña el Nilo de rojo.

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