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Jose Alejandro Vara

Opinión

El nacionalismo es el último refugio de los cagones

Quienes se enrolaron en un grupo de conjurados para cargarse una nación de cinco siglos, deberían haberse hecho con una buena carretada de agallas antes de emprender tan arriesgado camino

Carles Puigdemont junto a Jordi Pujol
Carles Puigdemont junto a Jordi Pujol EFE

Cuando la policía franquista, en mayo de 1960, se presentó en la casa de los Pujol, el fundador de la ‘patria catalana’ pensó en ocultarse, incluso en darse a la fuga. La brigada político-social le buscaba por los ‘sucesos del Palau’. Jordi Pujol, por entonces un joven activista de 30 años, había organizado una protesta con ocasión de la visita de Franco a Cataluña. El Orfeón Catalán tenía previsto concluir su concierto de homenaje al poeta Joan Maragall con la interpretación del ‘Cant de la Senyera’, letra del abuelo de quien sería, décadas después, alcalde de Barcelona. El Gobierno Civil prohibió que se ejecutara la pieza. Los muchachos de “Cristians catalans”, dirigidos por Pujol, se distribuyeron estratégicamente por las butacas del gallinero y, nada más comenzar la velada, arrojaron una nube de octavillas  sobre las cabezas de la burguesía local allí presente, que llevaban como título: “Us presentem al general Franco”. El texto que seguía a continuación era muy poco favorable al Generalísimo.

Tras consumar su hazaña, abandonaron raudamente el Palau. A las dos de la madrugada, sonó el teléfono en la vivienda de la Ronda del General Mitre. Alguien había cantado. La redada estaba en marcha. Iban a por él. Pujol dudó. Esconderse, escapar, incluso incurrir en la delación. Escrutó el rostro de Marta, su esposa y se encontró una mirada firme, de hielo. De sus labios salieron unas palabras que ya figuran en la antología del nacionalismo de barretina: “Este es el momento de quedarse. Ahora es cuando tienes que dar el do de pecho. No hay otra opción. Yo estaré siempre contigo”.  

La patria y la familia

Pujol se entregó, fue conducido a la comisaría de Vía Layetana, y después ante el juez que le condenó a siete años. Cumplió dos y medio en el penal de Zaragoza y luego una temporada de alejamiento en Gerona. Ferrusola le había recordado aquella madrugada del 20 de mayo: “Cuando nos casamos, me dijiste que había que anteponer la patria a la familia. Ese momento ha llegado”.

Eran otros tiempos y otros los personajes. Arrojar panfletos contra el dictador no era poca cosa. Pujol, a la salida del presidio, se había convertido ya, primero en un mártir y luego en todo un héroe de Cataluña. Del Palau de la Música al Palau de la Generalitat. Nunca un puñado de panfletos, sembrados en el lugar y el momento oportuno, logró tan excelente cosecha.

La valentía es una virtud de subtenientes", que dijo el clásico. En la soledad de la sala de audiencias del Supremo, toda la gallardía que se amasa en grupo se diluye entre un mar de puñetas

Oriol Junqueras también está en prisión. Y Joaquim Forn. Y los Jordis. Pocos valientes más aparecen en la colla de conspiradores de la intentona golpista del 27 de octubre. El primero en escapar fue el líder de la revuelta, quien, sin avisar siquiera a su partido, emprendió camino hacia Flandes y allí sigue. La última ha sido Anna Gabriel, que ha elegido Suiza como refugio, el segundo país más caro de la UE. Entre uno y otro se han sucedido episodios escasamente dignos de quienes impulsaron la revuelta. Lo que se espera de quien intenta proclamar la independencia es una mínima dignidad. Asumir que, si las cosas salen mal, como no podía ser de otra forma, ‘hay que quedarse’. Dar la cara, afrontar los hechos y apechugar con lo que caiga.

La gran ceremonia de la apostasía

No ha sido así. Los audaces protagonistas de los episodios de octubre, lejos de actuar en consecuencia, han optado por arrastrarse ante el juez con la entereza de una babosa. Han chapoteado en un mar de excusas y justificaciones, de renuncias y pasos atrás. La gran ceremonia de la apostasía.

Todo fue simbólico, yo respeto la Constitución, me adhiero al 155, detesto la violencia, yo no fui. Un Turull, acochinado, llegó a reprocharle al jefe su fuga a Bruselas. “Sólo se puede asumir el escaño estando presente en el Parlament”. Carme Forcadell y Marta Rovira optaron por la delación. La expresidenta de la Cámara señaló a su sucesor, Roger Torrent, como el amanuense de la incendiaria proclama. La líder de ERC vertió un bidón de ponzoña en la cabeza de  Puigdemont.

Lo que se espera de quien intenta proclamar la independencia es una mínima dignidad. Asumir que, si las cosas salen mal, como no podía ser de otra forma, ‘hay que quedarse’

Quizás algunos de sus testimonios no se alejan de la realidad. Ni siquiera de la verdad. Pero quien se enrola en un grupo de conjurados para dinamitar una Constitución y cargarse una nación de cinco siglos debería hacerse con una buena carretada de agallas antes de emprender tan arriesgado camino. “La valentía es una virtud de subtenientes”, se excusaba un clásico poco amigo del heroísmo. En la soledad de la sala de audiencias del Supremo, toda la gallardía que se amasa en el grupo se diluye entre un mar de puñetas.

“El patriotismo es el último refugio de los canallas”, reza el manido aserto del doctor Johnson. Cabría darle la vuelta y enunciar ahora, visto lo visto, que “el nacionalismo es el último refugio de los cagones”. Tendríamos así una visión completa de cuanto ha ocurrido en Cataluña. Doña Marta, a buen seguro, les escupiría, fría y altanera, desde su cuenta corriente en Andorra.



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