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Luis Algorri

Opinión

La guerra cultural

Estamos ante una de esas expresiones tontas, hueras o vacías de sentido que cada cierto tiempo se ponen de moda y las dice todo el mundo

La guerra cultural
La guerra cultural

Habrán oído ustedes esa expresión, seguro, la 'guerra cultural'. Seguramente les pasa lo mismo que a mí, que no saben bien qué rayos quiere decir porque la gente que la usa le da significados distintos y hasta contradictorios. La asunta Cayetana Álvarez de Toledo (asunta viene de asunción: ascendida al cielo en cuerpo y alma, como el Voyager, por poner un ejemplo), a quien mi amigo Paco llama con mucha gracia Covadonguina, hablaba más bien de la batalla cultural. Y quería decir una cosa muy diferente de aquella a la que alude Pablo Iglesias cuando usa la misma frase, o casi, la de la guerra cultural. Total, que estamos ante una de esas expresiones tontas, hueras o vacías de sentido que cada cierto tiempo se ponen de moda y las dice todo el mundo. A nivel de, es lo que tiene, en base a, como muy, yo soy muy de, cabeza bien amueblada, lo que viene siendo y por ahí seguido hasta llegar a la mejor de todas: la “hipotización del futurible” que se sacó de la manga Felipe González hace ya años. Don Fernando Lázaro Carreter ya había muerto. Menos mal. Habríamos tenido una desgracia.

Bien, pues creo que yo sí sé qué es eso de la guerra cultural. Y puedo decirles que está estancada. Parada, más bien. Los combatientes dormitan en sus trincheras desde hace años y años. No se oye una tos.

Me explico. Acabo de conocer a un tipo extraordinario. Nació en Langreo (Asturias) hace poco más de 40 años y lleva la mitad de su vida dirigiendo un grupo que se llama Forma Antiqva, con uve y no con u en “Antiqva”. Es una formación musical especializada, como su propio nombre indica, en la música anterior al siglo XIX: la barroca, la renacentista, la medieval. El núcleo lo forman él y sus dos hermanos, Daniel y Pablo, también músicos; y a ellos se añaden, según la necesidad de los programas, muchos intérpretes más, tanto extranjeros como españoles.

Nombres de leyenda

Porque ahí está la clave: España es seguramente el país europeo (yo creo que junto con Holanda) en el que bullen más grupos dedicados a la música antigua, que hasta hace no mucho se solía motejar de historicista. Comenzaron los legendarios Paniagua en los años 60; y luego han ido surgiendo absolutos prodigios como Al Ayre Español, de López Banzo; la Capella de Ministrers, el inmenso Jordi Savall y sus varias formaciones, las Nereydas de Javier Ulises Illán… y me paro ahí porque la lista sería interminable. Son decenas y decenas de grupos, por lo general formados por gente bastante joven, que lo hacen maravillosamente. Forma Antiqva es, naturalmente, uno de ellos.

Hace ya varios años cayó en manos de Aarón Zapico la edición de la obra de un compositor español al que no conocía prácticamente nadie. Se llamaba Vicente Baset. Valenciano, vivió y trabajó en España (sobre todo en Madrid) en la primera mitad del siglo XVIII. Zapico no se podía creer lo que tenía entre las manos y decidió intentar lo más difícil de todo: la grabación de aquellas once sinfonías (¡once sinfonías!) que le parecían un verdadero prodigio.

Este portentoso Baset es uno más, tan solo uno más de los incontables músicos españoles cuyas obras permanecen sepultadas en los archivos de las iglesias y catedrales

Vaya si lo eran. Compren ustedes el disco, que se presenta en estos días y que ha publicado la firma alemana Winter & Winter, gracias al patrocinio del BBVA. Se van a quedar de piedra. Se lo aseguro. No podrán creer lo que oyen, porque estamos ante uno de los grandes compositores italianos (de formación, de estilo italiano) de su tiempo. El gran Baset no tiene ni un átomo menos de talento que Vivaldi, el alemán Telemann, Scarlatti o Boccherini. Eso sí, españolea que da gloria verle: ya oirán, ya, ese menuetto con castañuelas… Es un disco de los que no se olvidan.

Me dice Aarón Zapico que les ha costado un triunfo lograr la financiación para sacar esta joya a la luz. Que este portentoso Baset es uno más, tan solo uno más de los incontables músicos españoles cuyas obras permanecen sepultadas en los archivos de las iglesias y catedrales, a donde no te dejan entrar, y en teatros, bibliotecas y librerías de viejo de medio mundo. Pero que este disco contribuirá a lograr que ese tesoro, inmenso y desconocido, se conozca. Eso me dice.

Bien lo sé. Hace 42 años yo era un crío que cantaba en la Capilla Clásica de León. Nuestro director, el inolvidable Ángel Barja, descubrió (había sido cura; a él sí le dejarían entrar) cientos y cientos y cientos de partituras amontonadas en los desvanes de la catedral. Llevaban allí, literalmente, siglos, sepultadas por el polvo y comidas de los ratones. Leyó algunas. Escogió unas cuantas. Y con muchísimo esfuerzo, y casi mendigando unos miles de pesetas de entonces, grabamos aquella maravilla, Maestros de Capilla de la catedral de León del siglo XVIII, que produjo el Ministerio de Educación.

Músicos olvidados

Esto es la punta del iceberg, dijimos entonces. Son incontables los músicos españoles que permanecen olvidados en los archivos eclesiásticos, en las bibliotecas, esperando a que alguien los descubra, dijimos entonces. Este disco contribuirá a lograr que ese inmenso tesoro se empiece a conocer, dijimos entonces. Y hubimos de apartarnos un poco para el alcalde, los concejales, el presidente de la Diputación, el obispo y la madre que a todos ellos alumbró saliesen, muy chulos, en la foto de los periódicos, sacando pecho y colgándose la medalla. Que es, muy probablemente, algo parecido a lo que sucederá ahora con Vicente Baset, los hermanos Zapico y estas once increíbles sinfonías.

Han pasado cuarenta y dos años entre nuestro disco y esta delicia que ha grabado Forma Antiqva. Cuarenta y dos años. Y seguimos diciendo lo mismo. Y nos sigue pasando lo mismo. Comprenderán ustedes que la guerra cultural, o la batalla, o el empeño, o como quieran llamarlo, no se ha movido un metro desde nuestro viejo disco hasta hoy.

Hombre, esta grabación del inmenso Baset tendrá mejor suerte que la nuestra. Se lo merece. Nuestro disco se olvidó y aquellos compositores, Manuel de Osete, Simón Araya, José Gargallo y los demás, regresaron al silencio, de donde no han vuelto a salir. Nuestro esfuerzo no tuvo continuidad.

Tesoros ocultos

Pero este sí lo tendrá: ahora hay redes sociales, hay YouTube, hay en España centros de enseñanza donde la gente, por lo general muy joven, aprende a amar y a interpretar la música antigua. Hay un público creciente, cada vez más numeroso y cuidadosamente buscado por los intérpretes, que adora ese género musical. Y antes o después, ya veremos cuándo, saltarán los cerrojos de los archivos eclesiásticos, se espantará el polvo y los ratones serán reemplazados por musicólogos que emprendan la colosal tarea de averiguar qué hay allí. Algo que alemanes, británicos, holandeses, franceses y hasta italianos hicieron hace generaciones.

Nosotros, los de León, fuimos unos pioneros sin consecuencias. Pero si alguien puede ganar esta guerra cultural, esta pelea de siglos contra la incuria, la desidia, la ignorancia, la rutina y el abandono, es Aarón Zapico y los cientos de Zapicos que hormiguean ya por toda España en busca de tesoros escondidos. Y hay en España, en lo que se refiere a música, más tesoros ocultos que en la célebre isla de la Tortuga. Hay que felicitar a Forma Antiqva, pero sobre todo hay que apoyarles, impulsarles, no dejarles solos; a ellos y a todos los demás, que son, hay que repetir esto, muchas decenas de grupos.

Y ahora escuchen ustedes el disco. Y prepárense, porque no saben lo que se les viene encima. Ni se lo imaginan.

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