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Opinión

El moro camina solo

Ahora vamos sabiendo que fue objeto de una vigilancia, presuntamente encargada por los beneficiarios de sus bondadosas obras de caridad

El extesorero del PP Luis Bárcenas
El extesorero del PP Luis Bárcenas EP

El 8 de abril de 2015 se publicó en España una obra maestra. Una historieta, cómic, álbum o tebeo (lo que ustedes prefieran) que se titulaba El Tesorero y que se debía al genio de Francisco Ibáñez, que viene a ser al humor español de los últimos cincuenta años lo que Quevedo era a nuestro siglo XVII o William Hogarth a la Inglaterra del XVIII. Los protagonistas de aquella joya eran, como casi siempre en la obra de Ibáñez desde hace 30 años, los memorables Mortadelo y Filemón. Pero esta vez había un tercero, y muy llamativo: el tesorero del llamado “Partido Papilar”, al que acompañaban secundarios tan gloriosos como “Mamerto Rojoy”, “Demetria Costipal” o el mustélido “ministro del Peculio”. El tesorero era, por supuesto, la más desternillante caricatura imaginable de Luis Bárcenas, el “sacaduros” del PP durante años, con su peinado arribaspáñico (había a mediados del siglo pasado un modelo de peinado de señora que se llamaba así y que se le parecía mucho), su abrigo de mayordomo británico, sus patillas y su legendario gesto de la higa o peineta, que repartía generosamente allí por donde pasaba.

Ediciones B vendió 10.000 ejemplares de aquella maravilla en las primeras 24 horas. En la editorial creyeron que habían salvado la vida, una vez más, gracias a Ibáñez. Pero, como habría dicho Lorca, “eran cuatro puñales / y tuvo que sucumbir”. Eso sí, El Tesorero se vendió como pan caliente, que se decía cuando éramos niños. Lo leímos todos. Mariano Rajoy admitió que había llorado de risa con aquello. Y es que la parodia, por más sangrante que fuese, era muy buena.

Tenía una memoria prodigiosamente selectiva; era más fuerte que quien, temeroso, le rogaba que lo fuese y era capaz de obrar prodigios

Pero ni siquiera un genio como Ibáñez es capaz de superar a la fuente original y abundantísima de toda comicidad, de todo disparate, de todo surrealismo: la realidad. El Bárcenas original, el de verdad, repartía sobres con la misma munificencia con que Imelda Marcos repartía billetes entre los pobres en sus apariciones públicas (o los caramelos que arrojan a los niños los Reyes Magos: tanto da). Ustedes lo recordarán, seguro. Anotaba los pagos cuidadosamente en cuadernos llenos con caligrafía de jovencito bien educado. Tenía una memoria prodigiosamente selectiva; era más fuerte que quien, temeroso, le rogaba que lo fuese y era capaz de obrar prodigios, como la transubstanciación de los discos duros de sus ordenadores en materia gaseosa o incluso en antimateria. Un hombre notable, creo que queda claro. Bien. Pues ahora vamos sabiendo que fue objeto de una vigilancia, presuntamente encargada por los beneficiarios de sus bondadosas obras de caridad, que no habría logrado imaginar ni el mismísimo Ibáñez, con todo su talento.

Imagínense la escena. Una calle del centro Madrid. Verano de 2013. Un coche (hay que suponer que no sería un Cadillac negro) disimuladamente aparcado en medio de todos los demás, que están aparcados pero no disimuladamente. Dentro del vehículo aguardan los agentes de la ley James Cagney y Paul Kelly, ambos provistos de los indispensables sombreros Fedora, grises con cinta negra. Fuman. Sudan. No hablan. Esperan y esperan hasta que, calle abajo, se ve venir a una mujer de mediana edad, pelo rubio, despreocupada, con un bolso marrón colgado del brazo. Es la mujer de Bárcenas. He olvidado decir que toda la escena es en color salvo el coche y los dos de dentro, que son en blanco y negro.

–Ahí la tienes –murmura James Cagney, con el pitillo apagado en la comisura de los labios.

Ruido de pasos. La mujer se acerca a un kiosco. Cagney entrecierra los ojos para ver mejor y se inclina un poco hacia el volante.

–Un cartón de tabaco, Quintanilla. ¡Ha comprado un cartón de tabaco! Anota: “La Rubia se para en un kiosco-estanco de la calle Goya y compra un cartón de tabaco”. La tenemos. La tenemos. Ahora sí que está perdida. Vete llamando a Jefatura. Perdón, a la Unidad Central de Apoyo Operativo. Que ya no sé ni lo que me digo.

Despliegue de apodos

Suena la música de Max Steiner y el coche se pone en marcha, de nuevo disimuladamente. Esto es importante porque hay que ser James Cagney (oHumphrey Bogart) para poner un coche en marcha disimuladamente y no como lo hacemos ustedes y yo, dándole a la llave y ya está, pero estamos hablando de avezados agentes de la ley y el orden: estas cosas se aprenden.

Hay errores, sin embargo. Por ejemplo, los apodos que les ponen. La Policía española ha demostrado muchas veces no poco ingenio a la hora de bautizar a sus operaciones secretas: Gürtel, correa en alemán; ese sabe idiomas. Púnica: uno que estudió Historia. Pero no les puedes pedir a los avezados agentes de la ley y el orden que tengan demasiado ingenio, ¿verdad? Así los personajes de este thriller reciben nombres como la Rubia, el Gitano, el Machaca, el Moro. Los agentes lo hacen para disimular… perdón, no: por “elementales medidas de seguridad”, para que nadie sepa a quiénes se refieren.

Vigilan a otro que va por la calle. No hace nada más, tan solo va por la calle, pero los avezados agentes ventean la intención criminal como los pointers oliscan las perdices, y adornan un poco la cosa, tampoco mucho:

–Aháa. Apunta, Quintanilla: nueve cincuenta y cinco. El moro camina solo por la calle Ayala hacia la calle Príncipe de Vergara. Va en actitud vigilante. Mira continuamente a su alrededor.

Un poco más de imaginación y a Cagney le habría salido un romance: “El moro camina solo / por Príncipe de Vergara. / Va en actitud vigilante, / lleva la cabeza gacha, / observando de soslayo / a los viandantes que pasan. / Un recuerdo muy amargo / le desasosiega el alma: / aquel sobre que le dio / el taimado, astuto Bárcenas, / aquella noche de luna / al pie de las Alpujarras”.

Pero claro, no puedes pedir a los avezados agentes de la ley y el orden que, con la tensión que soportan con esas cosas tan trascendentales, encima encuentren tiempo para leer. Y tampoco se les puede exigir (eso corresponde al juez, supongo) que supongan que esa actitud vigilante del moro, ese caminar mirando una y otra vez a su alrededor, bien pudiera obedecer a su intención (aviesa) de no tropezar o de no estamparse contra una farola.

Miren ustedes, yo no sé qué saldrá de todo esto. Es una historia de gandules espiando o haciendo a espiar a otros gandules. Salvo Cagney y el obediente Quintanilla, que se tienen que haber aburrido durante semanas enteras metidos en el coche, como vacas mirando pasar el tren, mientras los criminales iban por la calle o compraban tabaco, en esta peli no hay buenos. Ninguno. Con un reparto algo más lucido que el Moro, la Rubia, el Barbas, Lacospe y Sefuerte, a estos les podría haber salido una versión castiza de El Padrino. Pero ya no está Alfredo Landa y a Andrés Pajares se le ha pasado la edad…

Eso sí: maestro Ibáñez, tiene usted aquí los materiales para la segunda parte de El Tesorero. Se lo están dando prácticamente hecho. Póngales un sombrero Fedora a Mortadelo y a Filemón, y verá lo que es triunfar. ¿A qué espera, hombre de Dios?

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