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Alberto J. Gil Ibáñez

Opinión

Una 'contradictio in terminis' interminable

Nuestra Constitución solucionó la contradicción entre monarquía–república, diseñando una monarquía constitucional que se parecía mucho a una república

El rey Felipe VI
El rey Felipe VI EFE

1. Un conocimiento bloqueado en un bucle de contradicciones

Desde los griegos aspiramos, infructuosamente, a la belleza, bondad y verdad platónicas y la virtud aristotélica (la BBVV), pero hoy, tal vez más que nunca, vivimos dentro en una suerte de bucle ideológico: una contradictio in terminis sin término con múltiples pares de opuestos tenidos ambos como verdaderos. El saber anda dividido en miles de escuelas y disciplinas, cada una tratando de cavar su pozo más profundo, sin salir arriba para ver qué hacen el resto. Los enfoques macro se oponen (y desprestigian) a los micro, los estructuralistas a los funcionalistas y los idealistas a los costumbristas. Cada contradicción se rodea de un lenguaje propio (y en ocasiones rebuscado) para aparentar sofisticación cuando en realidad se trata de una defensa grupal ante posibles críticas externas. La doble vara de medir se aplica a “diestro y siniestro”: los defectos (e.g. corrupción) se minimizarán o se ampliarán con el zoom según afecten a nuestro grupo ideológico o al otro.

La dialéctica supone contraponer tesis y antítesis, pero hoy padecemos una ausencia de síntesis o, lo que es lo mismo, de equilibrio. Todo se analiza desde un sesgo ideológico (“la política de un solo ojo”), despreciando el resto de puntos de vista bajo una obsesión simplificadora (el single-cause approach). Pero sólo puede tener las ideas claras quien tiene pocas. La sociedad es un proceso volátil y ambivalente que se resiste a ser encuadrado en categorías fijas. Los fenómenos complejos (y la mayoría lo son) son multicausales por lo que apostar a una sola causa, disciplina, enfoque o sesgo nos convierte en estatuas de sal, reduciendo la mirilla y olvidando la realidad que subyace siempre tras la realidad aparente (David Bohm).

Necesitamos simplificar la complejidad para tener la sensación de que comprendemos lo que nos rodea. Por eso acudimos a generalizaciones aunque sepamos que el viaje hacia el Todo, siendo parte, se quedará siempre en camino truncado o aplazado. Vivimos en un pantano de contradicciones que se retroalimentan; no se busca resolverlas, sino tan solo ocultarlas o disfrazarlas. La edad de la información (masiva) ha traído paradójicamente la edad del aturdimiento, la confusión y el pensamiento superficial. La inteligencia emocional que iba a arreglarlo todo ha multiplicado las emociones contrapuestas. El psicoanálisis no ha producido personas más sensatas y equilibradas sino sujetos adictos a un auto-análisis infinito, abrumados por conflictos soterrados de cuya realidad no logran estar seguros del todo. En resumen, asistimos a la desintegración del individuo, de la sociedad y de todo un país.

2. ¿Cómo salir del bucle?

Occidente se mueve todavía dentro de la «hybris» y la «hubris» de creerse superior, pero para ello ha renunciado a todo lo que le ha hecho grande: desde la escolástica al humanismo cristiano. En Oriente sería impensable que se menospreciara la sabiduría ancestral de los vedas, el tao o el budismo. Una flecha para que salga con potencia y llegue lejos, primero hay que traerla hacia atrás en el arco: “reculer pour mieux sauter”, como dicen los franceses. La lógica aristotélica (toda sentencia declarativa debe ser cierta o falsa) puede ser incompleta (no del todo inválida) para abordar una realidad compleja y ambivalente, y el espacio no es plano como pensaba Euclides sino curvo como anticipó C.F Gauss y demostró A. Einstein. Pero no por ello debemos cortar nuestras raíces, sino repensarlas.

Para resolver problemas lo primero es no quedarse en la (primera) causa aparente sino llegar a sus últimas causas pues «toda explicación que parezca simple y lógica resulta inevitablemente errónea» (A. Daniélou). Una casa mirada desde fuera puede parecer que sólo necesita un cambio de pintura y arreglar el jardín, pero sólo cuando entremos nos percatamos de las grietas o de si padece de termitas o aluminosis. El apego al cliché —la atribución a un fenómeno de una etiqueta que resuena emocionalmente y parece explicarlo todo— opera como barrera invalidante de nuestra capacidad de ser objetivos. En el planteamiento del otro, sobre todo si ha resistido el paso del tiempo, se encuentra algo de verdad (otra cosa es si es mucha o poca), como en el nuestro algo de mentira. Es lo que refleja, entre otras muchas cosas, el círculo del yin-yang. Debemos evitar caer en el supremacismo ideológico.

Frente a un análisis dicotómico (blanco-negro) necesitamos un método relacional-integral, capaz de relacionar opuestos para formular una nueva verdad multinivel que los integre, combinando el enfoque macro/teórico (las ideas) y el micro/práctico (las costumbres y comportamientos cotidianos, como recomendaba Mérimée). Enfrentarse a la complejidad exige superar trincheras ideológicas, la doble vara de medir y los prejuicios sectarios. Todo fenómeno complejo debe ser analizado desde más de un punto de vista buscando la causa de la causa, tanto la explícita como la implícita, sin rehuir la paradoja y adoptando una aproximación interdisciplinar.

En muchas ocasiones, como demostró el físico cuántico Niels Bohr, “contraria sunt complementa”, lo que no equivale a decir que todo vale lo mismo pues nada se da al 100%. Por ello, necesitamos expresiones como el «casi», «algunos» o «la mayoría de» para encabezar una verdad que pretenda ser universal. El ser humano «contiene multitudes» que diría Walt Whitman, pero en algún momento hay que poner límite al exceso para evitar caer en la parálisis (da igual actuar o no), el nihilismo (nada vale/importa nada) o el caos (todo vale lo mismo o todos valen para cualquier cosa).

3. ¿Y cómo nos afecta todo esto?

Toda sociedad incluye gente que piensa de forma diversa. De hecho, dos verdades opuestas pueden ser honestamente ciertas, al menos para quienes las defienden. Por ejemplo, para algunos la vida no tiene sentido por culpa de la muerte (nacemos incomprensiblemente para morir), mientas para otros la vida tiene sentido precisamente gracias a la muerte pues sin ella, como alertaba Borges, no habría motivo para hacer algo mañana en lugar de pasado o dentro de muchos años.

Pero otra cosa es cuando las contradicciones, férreas e inamovibles, afectan al núcleo del marco “común” político y económico que rige la colectividad: eso que normalmente recogen las Constituciones. La nuestra de 1978 trató de resolver varias contradicciones: entre quienes pensaban que lo mejor para España era el modelo centralista jacobino francés, y los que defendían que era preferible dividirla en múltiples naciones. La solución (relacional-integral) fue el Estado autonómico, pero ahora parece que no basta. También solucionó la contradicción entre monarquía–república, diseñando una monarquía constitucional que se parecía mucho a una república, con la ventaja de que al menos el jefe del Estado se formaba adecuadamente para tan importante función. Pero ahora parece que tampoco basta. Resurge el bloqueo de contradicciones sin término: si el Rey viene del franquismo está contaminado para siempre, pero si Otegui viene de ETA ha hecho un loable trabajo de reconversión democrática.

Muchos han intentado construir el paraíso en la tierra, pero nadie lo ha conseguirlo. Ahora corremos el peligro de que por querer tenerlo todo quedarnos sin nada. Como dice Lou Marinoff (The Middle Way), necesitamos volver al camino del medio. Y ello implica pasar de la polarización, la división y el sectarismo a la ecuanimidad, la unión y el equilibrio.

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