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Luis Algorri

Opinión

Dicen que la distancia es el olvido

Felipe es el mejor rey que ha tenido España en toda su historia. Es un jefe de Estado impecable. Por eso van a por él

El rey Juan Carlos I.
El rey Juan Carlos I. Gtres

Los editorialistas de los periódicos, sobre todo de los sensatos, han pasado unos días terribles, lo mismo que los participantes en las reuniones de redacción encargados de pulir el titular de primera página. ¿Qué es lo que ha hecho, al final, Juan Carlos? ¿Ha huido, ha escapado? Está claro que no, la Justicia no le persigue. ¿Se ha ido de España? Eso suena mal. ¿Ha abandonado el país, o lo ha dejado? Eso suena peor. ¿Ha viajado fuera del territorio nacional? Eso no es noticia y además no es verdad. Qué ponemos, señor director. Qué ponemos. Largos silencios mientras la gente toma notas (o simplemente dibuja) sobre un papel.

El de editorialista es un oficio ingrato donde los haya. Primero, porque mucha gente leerá lo que escribes, no lo que de verdad piensas, y casi nadie sabrá que lo has redactado tú. Y segundo, porque tu verdadero lector es solo uno: el director del periódico. A veces también el dueño, si lo hay. A ese, al jefe, es a quien le tiene que gustar tu folio, y lo leerá con la cara que pone un cuervo cuando se come un gusano: rápido, los ojos muy abiertos y buscando, sobre todo, defectos sobre los que picotear.

Lo peor de todo

En los editoriales –repito: sensatos– sobre la súbita evaporación, volatilización, ascensión o asunción, traslación y/o rotación, travesía, excursión o tránsito (elijan ustedes) del anterior Rey, hay un lugar común que casi todos los escribientes repiten: está muy bien lo que ha hecho porque así separa su vida y andanzas personales de la institución que ahora encarna su hijo. Tomando las de Villadiego, el Rey padre le ha hecho un gran favor al Rey de verdad.

Pero vamos a ver, hombre. ¿Qué favor puede hacerle Juan Carlos a Felipe VI? Ninguno. Ninguno en absoluto, se ponga como se ponga, haga lo que haga. La catástrofe que el Emérito ha precipitado sobre la Corona de España no es que sea solo terrible, colosal y todos los adjetivos que ustedes quieran: es que es exactamente lo peor que podía suceder. Lo peor de todo. Nada podía hacer tanto daño a la institución. No creo que haya imaginación en el mundo capaz de inventar algo peor que lo que ha sucedido: que el Rey, nada menos que el Rey, que llevó la Corona durante 40 años, ha resultado ser un pendón (bueno, esto lo sabíamos) y sobre todo un comisionista, un robaperas, un arrebatacapas, un ilimitado codicioso y un ladrón. El Rey. No Urdangarín, no su hija o su yerno o un primo segundo; el propio Rey.

Ha sido su hijo, su propio hijo, el actual Rey, quien le quitó el sueldo del Estado, quien se distanció agriamente de él y quien le ha pedido, al fin, que se largue, aunque conserve su título 'honorífico'

Ah, sí, claro, presuntamente. Es verdad eso. No caeré yo en lo que están cayendo, gozosos, tantos: al Rey le asiste la presunción de inocencia lo mismo que a ustedes y que a mí. Pero hay algo evidente: ha sido su hijo, su propio hijo, el actual Rey, quien le quitó el sueldo del Estado, quien se distanció agriamente de él y quien le ha pedido, al fin, que se largue, aunque conserve el título “honorífico” de rey emérito. Eso es lo que ha hecho el rey Felipe. Y mi presunción de inocencia sobre su padre no va ni un milímetro más allá de la suya.

¿Qué favor le puede hacer ahora el padre al hijo, después de la que ha liado? ¿En qué medida ayuda a Felipe VI que los periodistas de medio mundo estén buscando a Juan Carlos, que se ha convertido en el grillo del cuento: nadie sabe dónde está pero todo el mundo habla de él? ¿Es mejor que se vaya o que se quede? A mí me parece que la diferencia es mínima. Digan lo que digan los cuidadosos y afinadísimos editoriales. La situación no va a mejorar sustancialmente con su marcha. Tampoco mejoraría si se quedase. Da lo mismo.

Una Constitución de unidad

Y esto por una razón: durante décadas enteras hemos oído (y lo hemos dicho: yo, al menos) que los españoles no eran monárquicos sino juancarlistas. Que monárquicos había quince, incluido Luis María Anson. Pero teníamos devoción por aquel chaval ojeroso y temerario que, con ayuda de muy pocos –Suárez, Torcuato, Sabino– se cargó en muy pocos meses el edificio polvoriento pero aún poderoso del franquismo; abrió unas Cortes en las que estaban Pasionaria y Carrillo y Alberti y Fraga y todos los demás, todos; firmó una Constitución que le convertía poco más que en un símbolo y que, por primera vez en dos siglos, no enfrentaba a los españoles sino que los unía; paró en seco un golpe de Estado que en realidad eran varios a la vez, menos mal; presidió la ceremoniosa firma que metía a España en la aventura europea y, en fin, se hizo querer, respetar y admirar por la inmensa mayoría de los ciudadanos.

En un país como el nuestro, que tiene memoria de pez, hay generaciones enteras convencidas de que siempre hubo democracia y que el 23-F se produjo en tiempos de Felipe II

Pero un rey, en una Monarquía parlamentaria como la nuestra, es un símbolo, nada más… y nada menos. Y los símbolos tienen algunos inconvenientes: no tienen vida privada, porque todo lo que hacen debe ser transparente como el agua clara, y tienen la inexcusable obligación de ser perfectos. Para eso son símbolos, espejos, ejemplos, referentes. En un país como el nuestro, que tiene memoria de pez, hay generaciones enteras convencidas de que siempre hubo democracia, que siempre hubo prosperidad y que el 23-F se produjo en tiempos de Felipe II. Eso en el caso de que sepan quién fue Felipe II. Y esas generaciones, sentimentalmente más republicanas que monárquicas o juancarlistas, dan rápidamente la espalda a la institución cuando el Rey, que ya no es un chaval sino un anciano achacoso, empieza a hacer tonterías: que si el elefante, que si la señora esa, que si tal y que si cual. El símbolo se desacreditó con esas idioteces, pero aguantaba.

Pero que al final se sepa (presunción de inocencia de por medio) que el mismísimo Rey, el héroe de varias generaciones, el mismo Juan Carlos que hizo todo lo anterior y mucho más, llevaba décadas metiendo la mano en el cajón del pan, pues eso no tiene vuelta atrás. Eso significa tal daño a la institución que no me imagino cómo podrá recuperarse. Por más vueltas que le doy, no me sale la cuenta.

Me importa muy poco lo que diga este sinvergüenza, capaz de inventar, para poder despedirlo, una acusación de acoso sexual contra un abogado 'del partido' que investigaba las corruptelas de Podemos

Ya saltan a por Felipe, como no podía ser de otro modo. El inevitable Torra, que tiene la misma gracia que un logaritmo, ya ha pedido la abdicación, no sea que alguien se le adelante. Y el cejijunto Pablo Iglesiastambién ha emitido algunos cacareos, muy en su línea de populismo televisivo. A mí me importa muy poco lo que diga este sinvergüenza, capaz de inventar y de orquestar, para poder despedirlo, una acusación de acoso sexual contra un abogado 'del partido' que había cometido el inmenso error de investigar las corruptelas dinerarias de Podemos y sus amaños electorales. Esto lo ha escrito aquí hace pocos días Álvaro Nieto y no tiene vuelta de hoja. Métodos estalinistas puros y duros. Y es el vicepresidente de nuestro Gobierno, que se dice pronto.

Felipe es el mejor rey que ha tenido España en toda su historia. Es un jefe de Estado impecable. Por eso van a por él los secesionistas. Pero ni todo su prestigio, ni su enorme trabajo, ni su prudencia ni su profesionalidad serán capaces de detener, mucho me temo, la catástrofe que ha provocado su padre, y que pone en serio peligro a medio plazo –ahora sí– el futuro de la Corona en España. Ya no dará tiempo a convertir en 'filipenses' a los que fuimos juancarlistas. Antes o después, la cuestión de la forma de Estado, que fue irrelevante y artificial mientras los escándalos de Juan Carlos permanecieron ocultos, habrá de plantearse de una vez por todas. Quizá cuando escampe. Si es que llega a escampar, que está eso muy difícil.

Así las cosas, que el “emérito” se vaya o se quede carece de verdadera importancia. “Dicen que la distancia es el olvido / pero yo no concibo esa razón”, decía el viejo bolero. Pues francamente: yo tampoco la concibo. Y no creo que haya muchos que lo logren. Digan lo que digan los angustiados editoriales.

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