A finales de enero, Giuseppe Conte anunció que se iba, después de tres años de gobierno y de una pandemia que terminó por ponerle contra las cuerdas. Presidía una coalición de izquierda que colapsó en medio de enfrentamientos personales y desacuerdos sobre cómo gastar el dinero que va a llegar de la UE. Con todo el enrevesado sistema político italiano en jaque, Draghi aparecía como una especie de caballero blanco llegado desde las alturas para salvar la situación in extremis.

En rigor fue algo inesperado porque Draghi, que en septiembre cumplirá 74 años, estaba ya retirado. Finalizó su mandato como gobernador del BCE en octubre de 2019 y todos daban por hecho que no se le volvería a ver después de una larga y exitosa carrera dedicada a la banca. Entre 2006 y 2019 presidió primero el Banco de Italia y luego el BCE. En ambos tuvo que sortear los bajíos de la crisis financiera y, en el segundo, la crisis del euro. Esos son sus dos activos principales. Draghi tiene una impecable reputación tanto en Italia como en Bruselas. Como gobernador del BCE desactivó la crisis de deuda soberana que amenazaba con destruir el euro al comprometerse a hacer "lo que fuese necesario" para estabilizar los mercados de bonos, que se encontraban presos del pánico en aquel momento. Lo hizo tras negociar de manera muy discreta el apoyo de los principales líderes de la UE al tiempo que se esmeraba en dejar fuera de juego a quienes se oponían a sus medidas valiéndose de un tacto exquisito.

Lo que tiene ahora entre manos es algo más complicado. Arreglar la economía de Italia implica acabar con una interminable retahíla de problemas que frenan la inversión y la creación de empleo. Pero no sólo eso. Tendrá que enfrentarse a tribunales lentos, un sistema educativo obsoleto y unas infraestructuras envejecidas que no se pueden renovar por falta de fondos. Pero, a diferencia de primeros ministros tecnócratas anteriores como Mario Monti, que impuso un recorte de gasto por las bravas, Draghi tendrá dinero para gastar. Italia recibirá más de 200.000 millones de euros entre transferencias a fondo perdido y préstamos a bajo interés de la UE para ayudar a su recuperación y respaldar las reformas.

Para ir abriendo boca, el presidente Mattarella indicó que quería al director general del Banco de Italia, Daniele Franco, como ministro de Finanzas, un papel que será crucial para decidir cómo el país gastará los fondos de la UE. También señaló a Vittorio Colao, exdirector general de Vodafone, como ministro a cargo de la transición digital y la innovación tecnológica. Dos perfiles muy técnicos y muy poco políticos. Sólo faltaba que el técnico jefe, Mario Draghi, persuadiese a todos los partidos italianos para que lo respaldasen como primer ministro.

El centro derecha, incluida la Liga, elogió su discurso sobre la reducción de los impuestos y los partidos de centro izquierda celebraron que quiera invertir en educación y en energías renovables

Los convenció a todos menos a un pequeño partido nacionalista de derechas llamado Fratelli d’Italia. El resto aceptó. Cada uno se hizo un Draghi a su medida. El centro derecha, incluida la Liga, elogió su discurso sobre la reducción de los impuestos y los partidos de centro izquierda celebraron que quiera invertir en educación y en energías renovables. La pieza final encajó cuando el Movimiento 5 Estrellas votó en un referéndum interno para respaldar a Draghi. Algo sin duda llamativo porque ese partido solía denunciar airadamente a los Gobiernos liderados por tecnócratas por ser poco representativos de la voluntad popular. En honor a la verdad, tampoco hubo mucho entusiasmo entre las bases ya que el 41% de los militantes votaron en contra de Draghi. Los jefes del partido si le apoyaban, y en eso algo habrá tenido que ver el hecho de que el elegido ha confirmado al líder del movimiento, Luigi Di Maio, como ministro de Relaciones Exteriores.

De esta manera, Draghi ha logrado algo que hace sólo tres semanas parecía imposible: unir en una persona a los partidos de derecha y de izquierda, tanto los populistas de nuevo cuño como los más antiguos que llevan a la gresca desde hace años. Los italianos también lo respaldan: las encuestas de opinión muestran que alrededor del 60% apoya que asuma el Gobierno. Es curioso porque ha ganado un amplio respaldo popular a pesar de no haber prometido casi nada. Hasta el viernes pasado nadie conocía ni los detalles del programa de Draghi, ni la composición de su gabinete.

De lo primero tampoco sabemos mucho. Por ahora ha explicado sus prioridades en términos muy generales. El año pasado, en una conferencia, Draghi aseguró que Italia debía usar los fondos de recuperación de la UE para inversiones que impulsen el desarrollo económico a largo plazo, evitando el gasto político que siempre termina convirtiéndose en deuda, una deuda que en Italia alcanza ya los dos billones y medio de euros, es decir, el 150% del PIB.

Italia no venía como España o el Reino Unido de una burbuja inmobiliaria, la primera década del siglo fue bastante triste desde el punto de vista económico

La economía italiana no marcha bien. En 2020 se ha contraído casi un 9% a causa de la pandemia, pero las cosas ya renqueaban antes. En 2019 la economía italiana sólo creció un 0,3%, en 2018 un 0,8%, en 2017 un 1,7%, en 2016 un 1,3% y así podríamos seguir años y años con crecimientos anémicos o decrecimientos. El PIB italiano decreció un 5,3% en 2009, un 3% en 2012 y un 1,8% en 2013. Y no, Italia no venía como España o el Reino Unido de una burbuja inmobiliaria, la primera década del siglo fue bastante triste desde el punto de vista económico. En 2005 por ejemplo, cuando España o el Reino Unido se encontraban creciendo a toda pastilla, Italia sólo creció un 0,8%. Un dato que creo que lo resume todo: el PIB italiano no crece por encima del 2% desde el año 2000. Son ya dos décadas largas de ir a medio gas por lo que algo falla y son necesarias las reformas.

Se enfrenta a un desafío abrumador que es también una oportunidad única. El desafío es doble. Por un lado, hacer frente a los devastadores efectos de la pandemia. En Italia han muerto casi 100.000 personas a causa de la covid-19 y tiene una de las tasas de fallecimientos por millón de habitantes más altas del mundo. Por otro, reanimar una economía moribunda que cae en picado. La oportunidad de Draghi es utilizar los fondos de recuperación que llegarán de Bruselas para poner a punto el motor. Esa es la parte complicada porque debe revertir en sólo dos años una tendencia de más de dos décadas.

Intereses creados

No sabemos muy bien cómo lo va a hacer, porque no se ha puesto a gobernar y apenas ha dado detalles. No es el primero en intentarlo. Ya trató de abordar el mismo problema Mario Monti hace diez años. Es un algo extremadamente complejo porque, al envejecimiento acelerado de la población y a la pérdida de competitividad de la economía italiana, se suma la resistencia de multitud de intereses creados, que son en definitiva quienes han impedido hasta la fecha cualquier reforma. Por ahora tenemos una sucinta agenda que más parece una hoja de ruta que un programa de Gobierno propiamente dicho.

Las áreas prioritarias que ha señalado son la salud (quiere acelerar la vacunación y poner fin a esto cuanto antes), la educación (ha sugerido que se alargue el año escolar para permitir que los estudiantes se pongan al día), la protección de las empresas de los efectos de la pandemia y, por último, el medio ambiente (que cuadra con las prioridades de la Comisión). Nada ha dicho sobre una reforma integral de la fiscalidad italiana, que es abusiva e invita al fraude sistemático, sobre una simplificación de la elefantiásica burocracia que padecen los italianos para casi cualquier cosa y, por último, de una reforma del sistema de Justicia, que es lento e impredecible y, por lo tanto, desalienta el emprendimiento y la inversión exterior.

El dinero europeo llegará, pero no lo hará inmediatamente. Lo hará poco a poco entre este año y 2023. Todo estará sujeto a una serie de condiciones y son previsibles los retrasos en la entrega

Como vemos, es una labor titánica que excede con mucho los dos años de los que dispone Draghi. La corta esperanza de vida de su Gobierno no invita precisamente al optimismo. El dinero europeo llegará, pero no lo hará inmediatamente. Lo hará poco a poco entre este año y 2023. Todo estará sujeto a una serie de condiciones y son previsibles los retrasos en la entrega de los diferentes tramos de ayuda. La burocracia italiana es pesada, pero la bruselense no le va a la zaga. Entretanto, debe ir cuadrando las cuentas, y eso significa un plan de ajuste creíble como el que puso en marcha Monti entre 2011 y 2013. Eso ya no gustará tanto.

Las elecciones deberían celebrarse en el primer semestre de 2023, pero podrían convocarse antes. Si la situación se torna desesperada quizá se convoquen para 2022. Eso sucedería si Draghi decide tirar la toalla, dimitir e irse a su casa. Lo hará sin dudarlo si le ponen demasiados problemas en la Cámara de Diputados y percibe que es impopular en la calle. Draghi no es un político. Nunca ha militado en partido alguno y carece de clientela en Roma. Así que aquí habría que preguntarse cuánta impopularidad está dispuesto a arrostrar. Las reformas dejan sectores que ganan con ellas y otros que pierden. Cuando el Gobierno de Conte sugirió un año escolar más largo para compensar las clases perdidas se desató una airada protesta de los poderosos sindicatos de la educación.

Ante todo, salvar el euro

Las reformas fiscales si van dirigidas a aligerar los impuestos implican en un principio que la recaudación se reduzca y eso deja víctimas en el sector público. La idea de ayudar a las empresas también puede ser muy controvertida. ¿Qué empresas va a ayudar?, ¿las que estén en pérdidas por la pandemia o las que ya estaban en pérdidas antes y seguramente sean inviables? Si el apoyo se centra en las primeras, las segundas protestarán. Si apoya a las segundas, le señalarán acusándole de mantener con dinero público a empresas zombi. Como vemos, la cosa no es tan sencilla como puede parecer al principio.

Hoy por hoy Draghi es popular. Pero si algo se puede extraer de la historia reciente de Italia es que tanto el votante como el parlamento son de memoria corta y afectos breves. Draghi lo sabe porque es italiano y tiene edad suficiente para haber visto decenas de Gobiernos, algunos brevísimos, pasar por delante de sus narices. Si aplica su máxima en el BCE: salvar el euro cueste lo que cueste, lo que podría terminar costándole es el cargo.