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Miquel Giménez

Opinión

La miseria del PSC

Al no querer sumarse a la moción de censura contra Torra, el PSC ha alcanzado su grado máximo de miseria. Miseria moral

Miquel Iceta en el Parlamento catalán.
Miquel Iceta en el Parlamento catalán. EFE

Muchos conocen la frase acerca de que la política hace extraños compañeros de cama, pero lo cierto es que eso lo dijo Shakespeare a propósito de la miseria. El bardo de Stratford On Avon escribió: “La miseria proporciona al hombre unos extraños compañeros de lecho”. Hablamos de miseria moral, en tanto que a los socialistas siempre se les arruga el gesto cuando de enfrentarse al separatismo se trata, aunque se jacten de constitucionalistas; miseria moral porque, a pesar de manifestar en público su oposición a Torra, a Puigdemont y al proyecto totalitario que defienden, el PSC no tiene ningún escrúpulo al mantener acuerdos de gobierno en más de 40 municipios catalanes con ellos, por no mencionar el de la Diputación de Barcelona que ha permitido que Marcela Topor, esposa de Puigdemont, renueve su contrato con la Xarxa, entidad audiovisual dependiente de esa institución, al módico precio de 6.000 euros mensuales a cambio de una entrevista semanal; es miseria moral, efectivamente, porque aun cuando no se esté de acuerdo con la moción o quienes la presentan, hay cosas que están por encima de oportunismos o partidos.

Se lo espetó a Iceta Cayetana Álvarez de Toledo cuando, al tropezarse en los pasillos, reclamó al líder socialista que volviera a la Constitución. El primer secretario del PSC se enfadó, ya que no existe nada más odioso que un espejo enfrente de tu cara. Iceta no soporta ver su propia imagen, la de un político que cambalachea incesantemente con neocomunistas y separatistas según se tercie, mientras estigmatiza a los partidos que denomina “derechona” con la misma simplicidad con la cual un niño malcriado refunfuña delante de un plato de verdura. Es infantilismo, pero también malignidad, porque a nadie se le escapa el brillante intelecto del político catalán y, por consiguiente, su capacidad de análisis.

El PSC de ahora ha sabido encarnar como pocos la cultura política del cliché, la consigna electoralista, el tópico guerracivilista, el frentismo más trasnochado

Ahora bien, prescindiendo del hecho de que el socialismo moderno carece de otra idea que no sea la de asegurarse cargos y poder, hay que ir más allá, puesto que no es del todo exacto que en ese rincón oscuro de la política no exista ninguna idea, ningún objetivo. La miseria moral socialista en Cataluña en el terreno ideológico es algo que despertará no pocos análisis entre los historiadores en el futuro. Porque nace de una contradicción aparente. Que alguien con el apabullante nivel de Miquel Iceta se avenga a pactar con el separatismo y los podemitas, despreciando al bloque constitucionalista, con todos sus defectos, solo puede ser analizado bajo un prisma: todos ellos comparten un mismo objetivo en común que es desmontar el actual sistema democrático para sustituirlo por otra cosa, por un engendro extraño, casi una ucronía totalitaria, en el que todo lo que no sea obligatorio esté prohibido. El PSC de ahora –y el de siempre, si a eso vamos– ha sabido encarnar como pocos la cultura política del cliché, la consigna electoralista, el tópico guerracivilista, el frentismo más trasnochado, pretendiendo obviar la historia en lugar de asumirla, falseando hechos, mitificando personajes y, en suma, haciendo de nuestro pasado un lecho de Procusto al que acomodar sus imaginerías. Lo mismo que separatistas y neocomunistas, insistimos.

Atendiendo a estas razones es lógico que Iceta se haya abstenido, dado que su carencia de principios políticos le lleva solamente a tratar de asegurar sus cuotas de poder adquiridas en las últimas elecciones municipales y no quiere hacer nada que las ponga en riesgo; sumemos a eso la obsesión por el cambio de reglas, de modelo, de sociedad, y ya tendremos el cuadro completado.

Es decir, pura miseria moral, la misma de Torra rezando al lado de Pujol y Ferrusola en Montserrat, mezclando lo sagrado con lo profano. Y no hay más.

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