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Manuel Alejandro Hidalgo

Opinión

¿Y si Marx escribiera un ‘paper’?

Karl Marx.
Karl Marx.

Leer a Robert C. Allen es todo un placer. No me refiero solo a los libros, sino también a su trabajo eminentemente científico, académico, es decir, los llamados “papers”. Tiene Allen la capacidad de extender el paradigma económico actual, el paradigma científico, a la explicación de un pasado que hasta hace poco solo se recitaba en prosa. Dado que su campo de investigación es principalmente la Primera Revolución Industrial, con sus análisis, con sus instrumentos y datos, muchos datos, en particular sobre salarios, es posible reconstruir qué pasó y cómo durante el amanecer de la economía moderna. Por supuesto, Allen no es el único en exponer su tesis sobre lo ocurrido y sus conclusiones no son aceptadas al pie de la letra por todos. Sin embargo, sí es cierto que el debate sobre la historia económica ha ganado mucho gracias a economistas como él.

Todos recordamos los episodios revolucionarios de 1830 y 1848. Las razones de aquellas revoluciones fueron variadas, pero, corríjame un historiador, también síntomas de la tensión de un liberalismo social y político que luchaba por romper definitivamente las férreas cadenas que la sociedad tradicional de los estamentos se resistía a soltar. Robert J. Evans lo explica deliciosamente bien en su monumental obra “La lucha por el poder. Europa, 1815-1914”. La involución que supuso la Santa Alianza a partir de 1815, Metternich y la vuelta de la monarquía a Francia puso freno a los anhelos de un liberalismo que brotó, ¡qué contradicción!, por el deseo expansionista de un emperador codicioso de poder. La resistencia a morir y a volver a la Europa anterior a 1789 fue lo que provocó aquellos espasmos revolucionarios que, si bien en el corto plazo consiguieron poco, sin ellos la sociedad libre y democrática que es hoy mayoría en los países occidentales no existiría.

Sin embargo, estas revoluciones, en especial la de 1848, fueron acompañadas por otros anhelos más ásperos, menos intelectuales, pero más unidos a la desesperación, al reclamo de una vida más humana. El inicio del siglo XIX fue para muchos todo lo que pudo ser, menos esperanzador. La creación del ejército de proletarios fue la consecuencia de muchas causas convergentes, pero sobre todo y principalmente de una muy simple: una relación entre el capital y el trabajo que, durante las primeras fases de la revolución industrial, no fue todo lo “humana” que uno pensaría.

Marx siempre pensó que era la rentabilidad del capital la que condicionaba los salarios, frente a otros que defendían que los bajos salarios estaban también conectados al aumento de la mano de obra

Los años que transcurren entre el inicio del siglo XIX hasta aproximadamente la mitad del mismo ha recibido por algunos, en términos económicos, el nombre de la “Pausa de Engels”. Durante este período, los datos disponibles hasta ahora nos dicen que la rentabilidad del capital creció más rápidamente que la del trabajo, es decir, los salarios. Técnicamente podríamos decir que la remuneración relativa del capital respecto a la del trabajo creció. La razón, según algunos, es también técnica, aunque difiere según uno elige al autor.

Para que nos hagamos una idea, piensen de forma sencilla en una demanda de un producto y en su oferta. La función de demanda y la de oferta de un producto relaciona dos variables (y muchas más contingentes) como son el precio y la cantidad. Es fácil entender que, si el precio de un producto sube, la cantidad demandada de este cae. Por el contrario, si el precio de un producto sube, la oferta hará lo propio, pues entran en el mercado oferentes a producir para capturar los beneficios extraordinarios generados. Cuando oferta y demanda se cruzan, coinciden, surgen precio y cantidad de equilibrio en el mercado. Lo mismo podemos decir con los precios relativos, es decir, la diferencia entre dos precios de dos productos, o en nuestro caso, dos factores diferentes. Un aumento del precio relativo de, digamos, el trabajo, reduce su demanda relativa. Por el contrario, un aumento del precio relativo del trabajo eleva su oferta relativa. Así pues, si la demanda relativa de un factor productivo, por ejemplo el capital, sube -su demanda sube más que la del otro factor, el trabajo-, para una oferta relativa dada, constante, observaremos que la remuneración de este factor crecerá más que la del trabajo. Esto, sencillamente, implicaría un aumento de la desigualdad. Por otro lado, para una demanda relativa dada, un aumento del número de personas dispuestas a trabajar a mayor ritmo que el de inversores dispuestos a invertir en capital (aumento de la oferta relativa del factor trabajo), provocará de nuevo un aumento de la rentabilidad del capital respecto al salario, aunque en este caso por otras razones.

Pues bien, la caída relativa del salario sobre la rentabilidad del capital en los inicios del siglo XIX se puede explicar (evidentemente simplificando mucho y dando luego paso a numerosos matices y desarrollos), por cualquiera de estas dos razones expuestas: o bien aumentó la demanda relativa de capital o bien se incrementó la oferta relativa de mano de obra, o ambos procesos a la vez.

Piketty también mantiene la tesis de que es el capital el que principalmente sustituye a la mano de obra, por lo que el avance tecnológico basado en la inversión en nuevo capital sustitutivo de trabajo genera desigualdad

Karl Marx defendía la primera explicación. David Ricardo y Thomas Malthus, la segunda. De nuevo simplificando en exceso, pero esta podría ser una buena dicotomía. Marx creía que el capital era, ante todo, ahorrador de mano de obra, es decir, capital y trabajo son sustitutivos, y que un proceso como el capitalismo que necesitaba de la continua reinversión para mantener las ganancias de productividad que eran necesarias para el aumento de las ventas exigía del aumento de la demanda relativa del capital lo que, además, suponía un ahorro en mano de obra afectando pues a las remuneraciones relativas de los factores. Algo parecido es lo que defiende Piketty en su monumental obra: el capital principalmente sustituye a la mano de obra por lo que el avance tecnológico basado en la inversión en nuevo capital sustitutivo de trabajo genera desigualdad. El resto del desarrollo de Marx es conocido.

Pero, ¿realmente el capital sustituye al trabajo? La respuesta es, no siempre. Todos sabemos que la tesis de Marx tuvo que estar equivocada en algún punto. Uno de sus posibles errores es que no todo el capital sustituye al trabajo, sino que una parte de este se complementa a la perfección con el capital. Otro de sus errores fue no prever que los aumentos de la productividad bajarían tanto los precios de los productos que el aumento de la demanda de los mismos elevaría la renta al elevar el empleo y, finalmente, los salarios relativos.

Hoy día, sin embargo, el capital sigue siendo en gran modo sustitutivo de una parte del trabajo. Concretamente, esto es lo que concluye Rafael Serrano en un trabajo que presentó el pasado lunes en un seminario en mi Departamento. Estos resultados, aunque muy discutidos y matizables, pues parte del empleo sin duda se beneficia de la inversión en capital, nos debe llevar sin embargo a la cautela. Lo que la historia nos enseña es que la balanza entre la capacidad de sustituir o complementar del capital al trabajo va por épocas, y que, si bien a principios y durante gran parte del siglo XX pudo vencer la segunda, ayudado por un importante efecto renta, durante la época en la que Engels paseaba por los distritos de Manchester o por las aldeas nacidas a la sombra de las factorías de su padre, la sustitución ganó por goleada. Por ello, recuerden el pasado y no caigan en la autocomplacencia. Es cierto que muchos creemos que hoy vivimos mejor que nunca. Pero no se olviden, todo es susceptible de ser empeorado.   



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