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Jorge Vilches

Opinión

El 155 y la memoria de pez

Albert Rivera no vio la necesidad del 155 en 2014 contra el referéndum ilegal, y tampoco en 2017. Es más, declaró que aprobar dicho artículo sería dar armas al independentismo, y que por eso no lo aconsejaba

El presidente de Ciudadanos, Albert Rivera.
El presidente de Ciudadanos, Albert Rivera. Efe

Escribía Ortega y Gasset en “Meditaciones del Quijote” que existen hombres decididos a no asirse a la realidad, a vivir en un mundo construido por sus deseos y ambiciones. Esas personas buscan dotarse de un aire salvador fundado en la voluntad, y no en su persona, trayectoria y circunstancias. Y sentenciaba: “De querer ser a creer que se es ya, va la distancia de lo trágico a lo cómico”.

La ansiedad mostrada por Albert Rivera en la cuestión del 155 lleva a Cs a ese tránsito orteguiano tan peligroso para un partido. El torrente continuo de encuestas electorales de resultados variopintos le ha hecho creer que lo importante es lo que ahora se aparenta, pero no lo que se fue o es. El éxito de esa táctica reside en crear una memoria nueva mediante declaraciones que desdigan o deshagan lo que se dijo o hizo. No es difícil. La memoria de pez es habitual en esta sociedad del espectáculo repleta de preverdades, posverdades y fakenews.

Sin embargo, recuerdo que el 16 de septiembre de 2014, García-Margallo, entonces ministro de Asuntos Exteriores, anunció la posibilidad de suspender la autonomía de Cataluña por el referéndum ilegal que el independentista Mas iba a convocar. El mismo día Rivera declaró en los pasillos del Parlament que no se podían “matar moscas a cañonazos”. 

Fue el Rey el que el 3 de octubre lo cambió todo. También a Ciudadanos, que viendo el efecto popular del discurso del Monarca, cambió de opinión y se mostró partidario de aplicar el 155"

A cada uno lo suyo. Ese referéndum se apoyaba en la ley de consultas orquestada por los independentistas y que contó con el apoyo del PSC de Iceta. Los socialistas no vieron entonces ningún problema en que se celebrara la votación separatista, alegando que no había solución al problema sin que los catalanes se expresaran en las urnas. Claro que el PSOE de González y el PP de Aznar ya habían pactado en numerosas ocasiones con CiU, incluida la caída del lerrouxista Vidal-Quadras, en una senda que continuaron Zapatero y Rajoy. El que esté libre de pecado que tire el primer Estatut.

Rivera no vio necesidad del 155 en 2014 contra el referéndum ilegal, y tampoco en 2017. De hecho, el 6 de julio de ese año pidió “firmeza”, “serenidad” y “unidad de los partidos constitucionalistas” para evitar la consulta separatista, y luego “actualizar” el texto de 1978 con un “corte federal”. Es más, declaró que aprobar dicho artículo sería dar armas al independentismo, y que por eso no lo aconsejaba.

Suma y sigue. El 3 de septiembre de 2017, a menos de un mes del 1-O, Rivera y el resucitado Sánchez comunicaron a Rajoy que no eran partidarios de aplicar un 155 que se había “demonizado”. Aquí es preciso recordar que Podemos y sus medios amigos emprendieron una campaña que vinculaba el citado artículo constitucional con el franquismo, el fascismo y la negación de la democracia. Fue entonces cuando Bescansa dijo aquello de que a la formación populista le faltaba un “proyecto nacional”. Casi resultaron ser sus últimas palabras políticas.

El Gobierno, con sentido de Estado pero sin visión electoral -cómo no-, subordinó el 155 al acuerdo entre los constitucionalistas, no a la situación en Cataluña. Muchas voces dentro del PP pidieron a Rajoy una muestra de fuerza y autoridad que no llegó hasta que se produjo el golpe de Estado, la conculcación ilegal e ilegítima del orden constitucional en aquella autonomía.

Los valores a cuidar en esta complicada situación no pasan por la algarada telegénica, sino por la lealtad y la responsabilidad, si no se quiere ir, como escribió Ortega, de lo trágico a lo cómico"

La respuesta de Cs en Cataluña a las leyes golpistas fue proponer una moción de censura, cuya aritmética -entonces no era argumento exculpatorio- llevaba al fracaso. Luego vino el esperpento del 1-O, el fracaso del Gobierno y la indignación general.

Menos mal que ahí estuvo el Rey, cuya actitud culminó en su discurso del 3 de octubre, con la siguiente explosión de españolismo en calles y balcones. Eso lo cambió todo, y Ciudadanos, viendo el efecto popular y la oportunidad de sacar rédito electoral, cambió de opinión y se mostró partidario de aplicar el 155. Rajoy consiguió entonces su consenso constitucionalista a cambio de que su aplicación fuera breve y superficial, pero solo al objeto de celebrar elecciones inmediatamente. Así lo dijo Rivera a Rajoy el 2 de octubre. El PSOE puso como condición no tocar TV3, y los tres senadores de Cs lo apoyaron sin rechistar el 27 de dicho mes.

Las ansiadas elecciones del 20-D confirmaron el éxito de Cs para transformarse en la bolsa de votos útiles contra el golpismo, gracias a una fantástica campaña de propaganda y a un increíblemente torpe PP.  Visto el éxito de su giro al 155, de aquel resultado electoral y de lo que cantan las encuestas, Rivera quiere más. Incluso aplicar de forma preventiva el otrora denostado artículo tras la elección de Quim Torra, declarado nacionalsocialista. De ahí que Rivera salga más en la prensa y en el Congreso para criticar al Gobierno que para denunciar el golpismo.

Calma, porque ante un golpe de Estado y un proyecto separatista y supremacista la respuesta no es la lucha electoralista entre las fuerzas constitucionales, sino la unidad. Esto lo han entendido perfectamente Rajoy y Sánchez, quienes han anunciado un 155 contundente si Torra comete alguna ilegalidad. El motivo es que los valores a cuidar en esta complicada situación no pasan por la algarada telegénica, sino por la lealtad y la responsabilidad, si no se quiere ir, como escribió Ortega, de lo trágico a lo cómico.



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