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Jesús Cacho

Opinión

Matías Cortés y el fantasma de la Transición

Matías Cortés Domínguez.
Matías Cortés Domínguez.

Si Matías Cortés Domínguez levantara la cabeza y pudiera leer los panegíricos que el grupo Prisa le ha dedicado con motivo de su reciente fallecimiento seguramente se volvería a morir, pero de vergüenza. El País lo ha presentado como una especie de beatífico padre Ángel encargado de las obras de caridad de los ricos del lugar, o un Kelsen y su 'Teoría pura del Derecho' que, crecido en las últimas décadas del pasado siglo, “entró en el XXI con el deseo de poner a disposición de sus colegas del Derecho su energía y su inteligencia” (sic). Nada más lejos de la realidad. Matías era uno de esos tipos raros que de Pascuas a Ramos producen -no necesariamente para bien- países como el nuestro. Admirado por unos, odiado por otros y temido por casi todos, Matías ha sido uno de esos hombres que en la sombra han movido los hilos de la Transición sin dar nunca la cara. No ha habido operación importante en los últimos 40 años de historia económica –cabría mejor decir historia de los negocios- española que, de un modo u otro, no haya contado tras las bambalinas con el genio conspirativo y maquinador de un Cortés que, más que un abogado al uso, en realidad era un gran “componedor”, un creador de imaginativas soluciones alegales a problemas complejos en los que, conditio sine qua non, siempre estaban en juego enormes sumas de dinero. Una especie de Du Guesclin al servicio de quien pudiera pagar sus cuantiosas minutas, desde Ruiz-Mateos a Luis del Rivero, pasando por Luis Valls, Mario Conde, Javier de la Rosa, Jaime y Emilio Botín, Ignacio Coca, los March, Juan Abelló, Juan Carlos de Borbón y un largo etcétera. Y, naturalmente, Jesús Polanco. La flor y nata del capitalismo patrio.

Hombre de talento fuera de lo común y de un sentido del humor -a veces ácido hasta bordear lo cruel- difícil de hallar por estos pagos, lo de Cortés no tiene parangón en el panorama español de las últimas décadas. La mente conspirativa del personaje (“es que la gente no piensa, Jesús, no piensa”, solía decirme en la época ya lejana en que compartimos cierta amistad) hizo de él un gran urdidor de estrategias allí donde se requería el manejo a un tiempo de los mimbres del poder político, del financiero-bancario, del judicial (la historia jamás contada de cómo Baltasar Garzón traicionó a su amigo Gómez de Liaño, se supone que gratia et amore, para evitar que Juan Luis Cebrián fuera a parar a la cárcel por el caso Sogecable) y, naturalmente, mediático. Si durante los años del desarrollismo franquista solía decirse que los millonarios americanos que llegaban a Madrid creían que Garrigues era un impuesto y no el nombre de un bufete de abogados, Francisco Fernández Ordóñez contaba con sorna que “Cortés no es un apellido, sino un contaminante”. Se refería naturalmente a Matías, compañero en el despacho que en la calle Juan de Mena llegó a reunir a cabezas tan privilegiadas como la de los citados y la de Rafael Pérez Escolar.

Cortés terminó obligando a Pacordóñez a abandonar el bufete, apenas unos meses antes de que Adolfo Suárez le hiciera ministro de Hacienda. Decía que era “el becario” de la oficina y que no pegaba palo al agua. Tampoco es que Matías fuera uno de esos esforzados currantes dispuesto a deslomarse de sol a sol. Charla distendida en su chalé de Puerta de Hierro, todavía con Mai por pareja. Al hacer referencia crítica a un ministro de Felipe González, aclara con su habitual socarronería: “Es que Fulano es muy peligroso, Jesús, muy peligroso, porque es muy tonto y trabaja muchísimo”. Matías laburaba lo justo. Lo suyo era pensar, esa cosa tan difícil de hallar en este país de arrieros y mozas del cántaro. No había operación, anuncio de fusión bancaria o inversión extranjera de campanillas que no tuviera al día siguiente a Cortés llamando a las puertas del cielo, convertido en una especie de Rasputín bajito y grueso, de hablar lento y guasón. Maquinando una solución para llevar a buen puerto el proyecto y presentando después unas minutas de infarto. Como los 18 millones de pesetas que cobró a KIO por un informe de dos folios y medio. O los 100 millones que, bajando en ascensor de un despacho del edificio Pirámide (Castellana 31), pidió –y cobró- a un conocido financiero tras haberle presentado a quienes terminarían siendo sus socios extranjeros.

Componer, maquinar, urdir…

Escribía el sábado Juan Cruz, encargado del panegírico oficial en las páginas de El País, que “sus grandes pasiones fueron el derecho y la música”. ¡Qué va, hombre! La única gran pasión de Matías fue el dinero. El derecho y la música serían, en todo caso, meras aficiones, puro divertimento como lo fueron algunas de las mujeres de sus amigos. Cargado de dignidades académicas hasta el techo (licenciado en Derecho por Granada y doctor por el Real Colegio de España en Bolonia –miembro del club de los “bolonios”, que tanta importancia tendría en su entrada en el sanedrín de los negocios-, además de catedrático de disciplinas varias en Granada y Madrid), Cortés sabía lo justo de Derecho, cosa que no supone demérito en absoluto sino al revés, que ahí tenemos a una vicepresidente del Gobierno, doctora en Derecho Constitucional por Córdoba nada menos, a quien nadie en su sano juicio se le ocurriría pedir un simple consejo jurídico. Lo de Matías era otra cosa. Lo suyo era “componer”, “maquinar”, “urdir” soluciones paralegales a problemas que en la estricta aplicación del Derecho jamás hubieran encontrado solución, llegando incluso a ocuparse como sui géneris banquero de negocios, encargado de buscar dinero bajo las piedras para solventar situaciones desesperadas de sus clientes amigos. Él fue quien trajo a JP Morgan a la macroampliación de capital del Banesto de Mario Conde de la mano de Violy de Harper, y él fue quien en 2010 trajo el fondo de capital riesgo Liberty, vehículo inversor de Nicolas Berggruen, para inyectar 650 millones y evitar la quiebra del grupo Prisa.

Nada hubiera sido igual en la vida de Matías sin su intensa presencia en la vida de Jesús Polanco, incapaz de dar un paso sin consultar a su abogado de cabecera, y de su negocio editorial, ese grupo Prisa que proporcionó la protección mediática y política que necesitaba para enriquecerse un hombre que despreciaba las ideologías y desde luego la política, y que siempre se sintió muy cómodo con los Pradera, Cebrián, Felipe y el universo progre de la beautiful people de entonces. Cortés fue todo un poder fáctico en Prisa, cuya influencia fue en aumento conforme el viento de la crisis de deuda iba poniendo al grupo contra las cuerdas. Miembro del Consejo desde 1977, de su Comisión Ejecutiva y presidente de la Comisión de Auditoría, Matías, además de oficiar de banquero ocasional, llevaba al tiempo la asesoría jurídica externa a través de Cortés Abogados, la boutique de Hermanos Bécquer donde trabajaban, esta vez sí, sus hermanos Luis y Antonio Cortés. Cinco ocupaciones en paralelo, pues, un caso sin parangón en el mundo del Derecho español, que no parecía tropezar con ningún tipo de conflicto de interés o deontológico al uso. El caso es que don Matías, por sí y a través de su boutique, facturó 34,4 millones en los tres años que van de 2008 a 2010 por “servicios de asesoramiento jurídico y dirección letrada”. Eso es facturar.

A nadie respetó tanto Matías como a Emilio Botín, un respeto rayano incluso en el temor, a pesar de haberle prestado servicios tan notables como idear (“es que en este país la gente no piensa”) el andamiaje jurídico que permitió al cántabro desalojar del BSCH a José María Amusátegui y Ángel Corcóstegui. Verdura de las eras reducida a ceniza bajo el lento pero indefectible paso de los años. “Todos somos unos aficionados: la vida es tan corta que no da para más”, decía Matías remedando a Chaplin, de modo que este especialista en detectar debilidades del alma humana se entregaba con ritmo pausado a los placeres de la buena vida –mesa propia en el antaño famoso restaurante Jockey, que el maitre jamás permitía ocupar en su ausencia- mientras seguía “maquinando”. Matías se ha ido y con él un poco más de esa Transición cuyas esencias, incluidas las morales, él encarnó como pocos: el descreimiento, los comportamientos cínicos, la afición al lujo, la ambición por el dinero a gran escala, la preferencia por las sombras, los arreglos extralegales, el secretismo, el miedo a hablar alto y claro, y también la inteligencia, sí, la inteligencia, esa cualidad del alma que ahora brilla por su ausencia en esta España pirateada por la mediocridad, una inteligencia que Matías Cortés llegó a convertir casi en un arte. Matías o el fantasma de una Transición que hoy parece perderse en la niebla del tiempo. El pasado ha dejado de ser y el futuro todavía no es.

Descanse en paz Matías Cortés Domínguez.

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