Se trata de una recomendación dirigida a la salud mental. No se quiten la mascarilla. Durante un año ha servido como paliativo para disminuir los contagios y ayudarnos a llevar con resignación los efectos de una pandemia que aún sigue ahí y me temo que continuará, siguiendo las fluctuaciones de la opinión regulada por los poderes públicos y sus redes. Suben o bajan en función de elementos que se nos escapan a los legos pero que con el tiempo iremos descubriendo para qué sirvieron y a quiénes; de momento hemos de contentarnos con aceptarlas de buen grado por el bien, se asegura, de la ciudadanía y la convivencia.

Estamos vacunados. No todos, por supuesto. Siempre faltan muchos, pero es un tema prohibido saber quiénes no lo están y el porqué. Hemos de resignarnos al limbo de las ausencias; unas veces porque no han llegado las vacunas, otras porque no dan abasto e incluso por la última novedad estadística: la franja de edad. Aceptar y aguantar; más no podemos pedir. Nos revuelve un tanto la conciencia el pensar que tantos elogios por parte del poder a los “equipos sanitarios”, modelos de abnegación, esconden algo de desvergonzada estafa, como si les pagaran con palabras lo que ocultan los hechos. Al menos ya no repite el Gran Prestidigitador que “tenemos la mejor sanidad del mundo”; ahora se estila otro lenguaje: “España va a dar un gran salto”, o lo que es lo mismo en palabras de la banquera hereditaria, “España se va a salir”. Estamos todos, pues, con los ojos desnortados esperando a la salida por más que seguimos en el andén y no hay ningún tren a la vista fuera del que ofrecen los Grandes Expresos Europeos. Mientras no conste lo contrario vivimos en el mundo del cuento de la lechera. Pero eso sí, optimistas, sobre todo optimistas. Como la lechera del cuento.

Hasta hace poco la distinción social más anhelada se concretaba en la diferencia entre ser realista o aventado. Incluso existían revolucionarios realistas y conservadores descreídos, pero hemos entrado en una nueva era simplificadora: optimistas o pesimistas. La diferencia más significativa es que los optimistas tienen trabajo y esperanza de mantenerlo, ya sea por patrimonio o porque se dedican a la política, que es una de las fuentes laborales más fecundas y lucrativas. La cantera de los pesimistas es de lo más diversa; para entendernos, son los que llevan mascarilla y tienen cierta aprensión al hecho de quitársela. Por temor a los contagios sociales.

Cada vez resulta más difícil no contagiarse de la pandemia social. No hay vacunas para ella o al menos no detecto nada que sirva para abordarla sin hundirse en la misantropía. Por más esfuerzos que hago por entender el guiñol de la visita del Rey a Barcelona no acabo de verle ni la gracia ni menos aún el sentido. Todos sonrientes por los beneficios y al tiempo todos agarrotados; los demás observando el patético espectáculo. Se saludan, no se saludan. Se hablan, no se hablan. Un president se oculta detrás de una columna, otro presidente hace como que no lo ve, un rey se pasea y como es el más alto se puede seguir su deambular, una alcaldesa se retira hasta que la avisan de que la cena está servida y es gratis total, una especie de mayordomos encorbatados se mueven en la escena como muñecos articulados, lamentablemente no hay orquesta ni música de fondo. ¿Qué hacen allí? Creo que el escenario está pensado para vender sofisticadas tecnologías, pero nadie lo dice, hay discursos que parecen redactados para gente analfabeta que se maneja en el lenguaje de signos. A eso lo llaman genéricamente acercamiento, pero nadie sabe por qué, quizá porque sea otro signo para los analfabetos, que somos nosotros. Antaño se decía “hacer el ridículo”, pero es expresión obsoleta; inexistente en el mundo del optimismo.

La autodeterminación de género es el nuevo juguete de una izquierda asentada, por no decir alquilada a un precio de saldo. Un señuelo para que discutamos y nos enzarcemos sobre algo tan particular y complejo como el sexo

No tenemos otra defensa que llevar puesta la mascarilla, porque de ese modo no se sabe si uno está cabreado o contento, si se le turba la faz o resplandece de alegría. La mascarilla es un gran invento sanitario, pero desconocíamos sus efectos prácticos en el terreno de la convivencia. Evita las caras como espejos. La izquierda asentada en el gobierno ha descubierto la “autodeterminación de género”. Un hallazgo, porque antes se autodeterminaban los pueblos colonizados y ahora se refiere a las personas. Me cuesta imaginarme dirigiéndome a mi padre con la exigencia de que voy a autodeterminarme. Primero porque sería una vanidad infantil la de convertir una inclinación individual en un principio de clase social o de pueblo sometido. Ocurre con Cataluña, que ni es un pueblo ni está sometido; es una sociedad consolidada, rica y trufada de distintos, como todas las sociedades ricas y consolidadas, donde los ricos mandan y los pobres obedecen creyendo en algunos casos que eso les hace ricos. Pero nunca creí que una persona podía autodeterminarse como quien tunea el coche.

Además, hacerlo biológicamente. Es una gran idea para quien no tiene ideas. Yo no puedo autodeterminarme pobre o rico, eso me lo dan hecho, pero puedo decidir si me inclino más por mi lado masculino, femenino o neutro, y además lo hago constar ante las instituciones. Un asunto tan delicado y tan íntimo toma el cariz de una cuestión política y, sobre todo, con una componente de espectáculo. La autodeterminación de género es el nuevo juguete de una izquierda asentada, por no decir alquilada a un precio de saldo. Un señuelo para que discutamos y nos enzarcemos sobre algo tan particular y complejo como el sexo. Ya han conseguido que los jóvenes puedan hacer el amor con la ayuda provisoria de un notario que dé fe de que sí es sí. Ahora para tratar a las personas tendremos que rogarles que nos enseñen el carnet de identidad actualizado para evitar imprecisiones de género.

Y ellos a lo suyo, porque el erario público da para mucho si se sabe administrar en beneficio propio. Podemos nació como una verruga que pretendía afear el rostro de un sistema envejecido y va feneciendo como un mal chiste de funcionarios universitarios que consiguieron al menos una de sus ilusiones más ansiadas: entrever el cercano horizonte de una vida económicamente asegurada, con la buena conciencia que otorga un imaginario pasado audaz, más retocado aún que el de los abuelos. No se quiten la mascarilla, así podrán sonreír sin perder el rictus sarcástico y nadie se lo echará en cara.