Son tantas y sobresaltan tanto las noticias hispano-españolas acumuladas en lo doméstico que no resulta extraño que ésta pase desapercibida en toda su dimensión: Mohamed VI, ya saben, el “hermano” que tiene el Rey Felipe VI en la frontera Sur, ha venido a poner orden en la muy alocada política exterior española dedicándole al socio minoritario del Gobierno, Pablo Iglesias, un tan castizo como rotundo quieto parao, en la próxima cumbre hispano-marroquí, tú no.

Nunca se crean las versiones oficiales a pies juntillas, y menos ésta de que el líder morado no irá finalmente a la reunión bilateral -tras haberlo anunciado oficiosamente- para no indisponerse con las bases de Podemos a propósito de su compromiso con la independencia del Sáhara Occidental... uno no va donde no le invitan, así de simple. Y el vecino del sur, que es muy suyo, ha hecho saber a Pedro Sánchez que no le gusta nada, pero nada de nada, que el vicepresidente segundo -no el líder de Unidas Podemos, ojo- meta baza en el asunto de su guerra con el Frente Polisario y Argelia a solo semanas de recibir en Rabat a la delegación española.

Y lo ha hecho a la muy alauita manera: midiendo el grado del desaire que nos va a dedicar; seguro, no les quepa duda. De momento, Iglesias se va a quedar en Madrid compuesto y sin cumbre, y ya veremos si la “agenda” del príncipe de los creyentes le deja un hueco para recibir al presidente del Gobierno cuando acuda a Rabat, que no está claro.

Barrunto que Mohamed VI sí le recibirá, pero también que la espera se le va a hacer infinita a Sánchez; tanto como a Aznar, allá por 1996, cuando Hassan II le tuvo casi cinco horas y le vio... en unas caballerizas

Barrunto que finalmente Mohamed VI sí le recibirá en audiencia, pero también que la espera se le va a hacer infinita a Sánchez; tanto como a José María Aznar aquella otra, allá por 1996, cuando Hassan II tuvo casi cinco horas (¡¡¡) al inquilino de La Moncloa y a los periodistas que le seguíamos en unas caballerizas de lujo... no en uno de los múltiples palacios de los que dispone la familia real a lo largo del territorio marroquí.

No me alegro del desaire a ningún presidente -es más, espero que no ocurra- pero ya estaba tardando el momento en que alguien ahí fuera pusiera orden en la nueva diplomacia española y demostrara, sobre todo a Iglesias, cómo es el mundo que les ha tocado gobernar; muy alejado de los apriorismos ideológicos de cada cual, por muy justa que le parezca la causa saharaui, y basado en un principio elemental: no meter el dedo en el ojo de quien va a ser tu anfitrión en solo unas semanas.

Es cierto, como dijo el vicepresidente segundo al periodista Antonio García Ferreras, que la resolución dictada por la ONU habla de un referéndum de “autodeterminación”, como también lo es que Marruecos puso el grito en el cielo porque lleva décadas intentando boicotearla; por cierto, con todos los gobiernos estadounidenses y españoles de perfil intentando no enfadar más de lo recomendable al “hermano” del Rey Felipe VI que, seguro, será quien acabe arreglando el entuerto con el país vecino poniendo fin a la barra libre al éxodo de inmigrantes ilegales a Canarias desde las costas africanas, las licencias de pesca y otros asuntos... Apuesto doble contra sencillo.                                                

Insisto, el problema para España no es el fondo, son las formas, en este dossier marroquí y en otros. Por ejemplo, en la diplomacia paralela que Pablo Iglesias ejerció hace unas semanas con ocasión de la toma de posesión del nuevo presidente de Bolivia, Luis Arce, y que tanto irritó al Rey, cabeza de la delegación española, y a las ministras de Asuntos Exteriores, Arancha González Laya, y de Defensa, Margarita Robles.

Y el problema no se circunscribe a la hiperactividad de Iglesias y sus agendas paralelas, si me apuran, sino que va más allá. ¿Dónde está España en el asunto de Venezuela? Formalmente, nuestro país no reconoce las elecciones convocadas por Nicolás Maduro, recién celebradas y en las que solo se ha registrado un 31% de participación... ¡faltaría más! Con Estados Unidos y la Unión Europea en su conjunto rechazando el fraude.

Las dudas en el resto de las cancillerías europeas y mundiales no vienen por ahí, surgen cuando oyen al ministro de Consumo y líder de IU, Alberto Garzón, reclamar al Gobierno del que forma parte que reconozca que los comicios han sido “democráticos”, y a todo un expresidente del Gobierno socialista, José Luis Rodríguez Zapatero, pedir a la UE y a Estados Unidos que cambien de postura; para más confusión, en abierta confrontación con otro ex presidente socialista, Felipe González.

No, el problema no es (solo) de Iglesias; es de dirección, o mejor dicho, de falta de ella. El propio vicepresidente segundo admitió el otro día en esa misma entrevista que la política exterior del país la fijan el presidente y la ministra de Exteriores... pues les cunde poco porque González Laya cuenta sus intervenciones más por los achiques de agua a los cuales se ve obligada tras las inundaciones que provocan Iglesias, los suyos y Zapatero.