“Es en el futuro donde viviremos el resto de nuestros días”. Brillante. Quién nos lo iba a decir. ¡Viviremos en el futuro! No se ha glosado suficientemente el formidable ejercicio de adivinación de Iván Redondo, la clarividencia con la que en un luminoso artículo publicado en El País nos anticipa, a nosotros los mortales, cómo será la España de 2050 si somos aplicados y hacemos lo que sus algoritmos recomiendan.

El rey de la inmediatez hablando de prospección. No ve más allá del pasillo y se atreve a contarnos, en la peor de las circunstancias, lo felices que vamos a ser dentro de treinta años si seguimos los sabios consejos puestos en orden por un “equipo multidisciplinar” cuya media de edad, 35 años, da idea del valor que el ilusionista concede a la experiencia.

El artículo de don Iván es un catálogo de lo que no ha hecho este Gobierno: abandonar toda tentativa cortoplacista, lidiar con los problemas antes de que sean demasiado grandes, prestar menos atención al pasado. Hay que tener un cuajo de considerable tamaño para convertir en advertencias a los demás las recomendaciones que uno ha sido incapaz de aplicar.

‘España 2050’ es una prueba más de la obsesión de este Gobierno por instaurar una realidad paralela que encubre su debilidad y en la que solo tienen cabida las buenas noticias

Soy un defensor convencido de este tipo de ejercicios, derivados de la obligación inexcusable de anticipar problemas y planificar soluciones que todo gobierno debiera asumir cuando define sus políticas. Y estoy convencido de que el informe “España 2050” aportará sugestivas ideas para neutralizar nuestras debilidades, e incluso transformarlas en fortalezas. El problema, la trampa, consiste en la pretensión de rentabilizar lo remoto obviando el presente; la insolencia es vender como una brillante idea la modulación de lo inalcanzable después de haber eludido la responsabilidad sobre el inmediato futuro.

“España 2050” es el retrato robot de lo que España podría llegar a ser pero nunca será mientras se sucedan gobiernos cuya prioridad sea retrasar al máximo su desahucio del poder. “España 2050” es la réplica ilusoria a la caduca España 2030 que anticipa el Banco de España si no hacemos los deberes que toca hacer sin dilación; a las alertas sobre los efectos de la descomunal deuda en las nuevas generaciones; a la ausencia de un pacto nacional para abordar las profundas reformas que necesita con urgencia la economía española.

“España 2050” es mucho más que un interesante ejercicio de prospectiva: es una prueba más de la obsesión de este Gobierno por instaurar una realidad paralela que encubre su debilidad y en la que solo tienen cabida las buenas noticias. Una realidad por lo común incompatible con los hechos; una realidad virtual a la que la legión de asesores gubernamentales dedica grandes dosis de tiempo y energías para empaquetar en el reparto diario una buena nueva destinada al consumo de una opinión pública idiotizada. El Gabinete de Presidencia dedica más tiempo a las redes sociales que a analizar las necesidades de los servicios de inteligencia. Y no es una ocurrencia retórica.

Gol por la escuadra

Nada por tanto tiene de sorprendente lo ocurrido en las últimas horas en Ceuta. Tampoco el momento elegido por Marruecos para dejar en ridículo a España ante la comunidad internacional mediante una operación calculada al milímetro, de alto impacto social y político, y cuya ejecución dejaba a nuestro país sin apenas opciones de respuesta legal.

La novedad del episodio al que asistimos el pasado martes casi en directo es que la gran mayoría de los migrantes que cruzaron la frontera no eran subsaharianos sino marroquíes, muchos de los cuales están volviendo a su país sin oponer mucha resistencia, como si supieran de antemano que el viaje era de ida y vuelta. Marruecos organizó a conciencia y en absoluto secreto la “invasión” de Ceuta a sabiendas de que el artículo 1 del acuerdo de readmisión de extranjeros de 1992 solo posibilita la devolución de “los nacionales de países terceros” (no así de los nacionales de Marruecos) que hayan entrado ilegalmente en España a través del territorio alauí. El mensaje de Mohamed es nítido: cuando yo quiera desestabilizo Ceuta ocupándola desde el mar con miles de “mis” ciudadanos, a los que no tengo la obligación de readmitir.

Un gol por toda la escuadra, un serio aviso que, olvídense, no va a penalizar a un Marruecos que cuenta con el respaldo de Estados Unidos y la comprensión de Francia, entre otros. Nos podemos arropar todas las noches con la bandera de España, pero no es el exceso de patriotismo sino una política exterior coherente la receta que va a llevar la tranquilidad a ceutíes y melillenses. Mientras sigamos anteponiendo los secundario a lo esencial, que son los intereses generales de España, mientras no rectifiquemos una política exterior que se ha demostrado fallida, Ceuta y Melilla no estarán a salvo.

Nos podemos arropar todas las noches con la bandera de España, pero no es el exceso de patriotismo sino una política exterior coherente la receta que va a llevar la tranquilidad a ceutíes y melillenses

Para que en 2050 Ceuta y Melilla sigan siendo españolas hay que demostrar firmeza ante Marruecos, cierto, pero también hay que recuperar la confianza, largamente perdida, con Estados Unidos, y sobre todo hay que enviar al exterior un mensaje inequívoco de unidad mediante un acuerdo nacional sobre las líneas maestras de nuestra política internacional. Un pacto entre los grandes partidos que proscriba el nefasto hábito de hacer concesiones en el terreno de las relaciones internacionales a grupos minoritarios para obtener puntuales apoyos en asuntos locales; un compromiso de lealtad en el que no pueden tener cabida aquellos cuyo mayor interés está centrado en acelerar el desplome de la influencia de España en el mundo.

No nos engañemos: quien sale debilitado de esta crisis no es el autor del chantaje, sino la víctima. Marruecos transmite determinación y España dudas. Estamos en medio de un juego en el que los derechos humanos solo ocupan una pequeña parte del tablero; un juego de fichas blancas (competitividad y política comercial) y negras (seguridad) que ya está consolidando las dinámicas que van a predeterminar futuros liderazgos en lo económico y el predominio en lo geopolítico; un juego complejo que ya se está jugando y en el que, si queremos tener opciones, no es que no podamos esperar a 2050, es que llevamos sin mover pieza hace más de una década.