Con motivo de la catástrofe que ha supuesto Filomena hemos asistido a la última de las nefastas intervenciones del ministro del Interior. De forma atolondrada y con verbo confuso, se precipitó a negar que Madrid y los madrileños pudiéramos acceder a las medidas previstas en la Ley 17/2015 para paliar los efectos de una catástrofe natural de extraordinaria dimensión.

Cuando así se manifestaba Marlaska, era ya evidente que la nevada del siglo había interrumpido sustancialmente el funcionamiento de la capital de España y del área geográfica circundante, así como que había provocado e iba a provocar en los días siguientes gran cantidad de daños materiales y personales.

Concurría de ese modo la definición legal de catástrofe incluida en la Ley reseñada, habilitándose la posible declaración de “zona afectada gravemente por una emergencia de protección civil” ("zona catastrófica" en el lenguaje consuetudinario), justificándose así el posterior acceso a las diversas medidas de remediación para los afectados. Por ello, resultó de todo punto improcedente la actuación del ministro Grande. Se comportó como aquel personaje de Los novios de la Torre Eiffel (Jean Cocteau) cuyo epitafio fue: “No se rindió nunca ante nadie ni ante nada, ni siquiera ante la evidencia

Recordemos que mientras veíamos en televisión las imágenes de una Barcelona en llamas, incendiada por las cerillas de los indepes, Marlaska declaraba que la ciudad estaba en orden

La dimensión de la última marlaskada requirió que, saliendo al quite, José Luis Ábalos tuviera que rectificar el disparate vomitado por el ministro Grande. La imagen reflejaba al padre que ayuda al niño, al maestro que corrige al alumno, al torero que socorre al novillero, al veterano que enseña al novel…

Sucede que el niño, alumno, novillero o novel, carga ya en su mochila con una extensa batería de disparates. Recordemos que mientras veíamos en televisión las imágenes de una Barcelona en llamas, incendiada por las cerillas de los indepes, Marlaska declaraba que la ciudad estaba en orden y en ella reinaba la normalidad. Que nos vendió el cese de Pérez de los Cobos como parte de una remodelación largamente planificada y… tardó varias semanas en sustituirlo. Que supimos por un oficial de la Guardia Civil que había dado instrucciones de rastrear las redes sociales para eliminar los mensajes y comentarios contrarios al Gobierno… A todas ellas se ha unido la marlaskada del domingo 10 de enero.

Un Gobierno débil

Hasta ahora, cada vez que una zona de España (comunidad, provincia, municipio, área) se ha visto afectada por una catástrofe natural -fuera inundación, incendio forestal o movimiento sísmico-, la reacción del Gobierno español -cualquiera que éste fuera- había sido de inmediata empatía, mostrando la máxima disposición a la adopción de las medidas necesarias para remediar los perjuicios ocasionados. Sin embargo, la astrakanada de Grande-Marlaska, negando la existencia de perjuicios privados o públicos habidos supuso un cambio de diapasón en la costumbre instaurada.

Sin duda, en esta nefasta actuación, como en las anteriores que he reseñado, ha pesado la ya aludida bisoñez política del ministro del Interior (¡qué contraste con la veteranía mostrada por el de Fomento!). Pero es más que probable que en esta última haya influido también el deseo de fortalecer su posición dentro del Gobierno, claramente débil por la carencia de apoyo político entre los partidos que lo integran.

Grande-Marlaska debió pensar que, en el escenario de conflicto entre Gobierno central y gobiernos de Madrid (autonómico y municipal), su enfrentamiento con los gobernantes madrileños le reportaría dividendos entre sus filas y se lanzó sin protección a una piscina sin agua. Se dio un tortazo de los que hacen época. Como ya he reseñado, el ministro de Fomento tuvo que proporcionarle los primeros auxilios.