¿De quién es la calle?
¿De quién es la calle? Europa Press

CATALUÑA

En contra de las manifestaciones

Una cosa es protestar y otra muy distinta pretender que la calle pese más que un Parlamento

Confieso que no me gustan las manifestaciones. Sé que son necesarias y que están reconocidas en el artículo 21 de la Constitución Española, pero a mí no me apasionan. Para ser exacto, lo que no me gusta realmente es cómo se están utilizando de un tiempo a esta parte en España, y especialmente en Cataluña.

Llenar la calle de gente para presionar o para impresionar, que lo mismo me da, me parece poco democrático. En los países avanzados votamos al menos una vez cada cuatro años y ahí se miden realmente las fuerzas de cada cual. Soy consciente de que en ocasiones es necesario salir a la calle por la decisión de un Gobierno, pero una cosa es protestar y otra muy diferente pretender que la turba pese más que un Parlamento salido de las urnas. Obviamente, cuestión distinta es manifestarse contra un régimen dictatorial, pero no es el caso.

El ejemplo extremo de todo esto lo vemos en Cataluña, donde sabemos desde hace tiempo que la sociedad está dividida casi al 50% entre independentistas y no independentistas. Sin embargo, los primeros, rabiosos porque no son hegemónicos y ni siquiera tienen la mayoría parlamentaria necesaria para cambiar el Estatuto de autonomía, se empeñan una y otra vez en llenar las calles de gente.

Las reglas de la democracia

Por mucho que se manifiesten, y por muchos que se manifiesten, la democracia tiene sus reglas y, afortunadamente, las leyes no se cambian en función del número de asistentes a una marcha, por muy pacífica que sea. Si de verdad los catalanes quisieran la independencia, lo tendrían muy sencillo: votar masivamente a partidos independentistas, por ejemplo en las próximas elecciones generales del 10 de noviembre. Muchos lo harán, pero seguirán siendo insuficientes para propiciar un cambio sustancial en la relación de Cataluña con el conjunto del Estado.

Por tanto, su toma reiterada de las calles no es más que el recurso del mal perdedor que sabe que no puede conseguir lo que quiere pero, aún así, lo quiere como sea. Y, como hemos visto, es un pataleo peligroso, porque es muy fácil que una manifestación de este tipo acabe derivando en violencia... para imponer por la fuerza lo que no pueden conseguir por otras vías. Puro totalitarismo.

Responder a una manifestación con otra me parece que conduce a poco, y menos todavía si entramos en absurdas guerras de cifras

La otra parte, la Cataluña tranquila que trabaja y a la que no le obsesionan las cuestiones identitarias, lleva un par de años echándose a la calle también. Entiendo perfectamente sus motivos, porque en el fondo su salida del armario es una reacción al burdo intento de los independentistas de apropiarse de Cataluña y de trasladar la idea de que todos los catalanes piensan igual. Sus manifestaciones son un grito desesperado para decirle al mundo que hay vida más allá del independentismo.

Banderas e himnos

Esto último me parece muy loable, pero tampoco comparto su uso de la calle. Responder a una manifestación con otra me parece que conduce a poco, y menos todavía si entramos en absurdas guerras de cifras sobre quién ha movilizado a más gente.

En una democracia, la batalla que de verdad cuenta es la electoral. Si alguien quiere cambiar las leyes, que se presente a las elecciones y que inunde las urnas de votos. Llenar las calles de consignas, banderas e himnos a mí no me parece del todo saludable. Y menos cuando se trata de dar la réplica a otro bando que hace lo mismo.

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