Tenía don Ángel Gabilondo las maletas hechas, y ya andaba despidiéndose con su habitual discreción de amigos y colaboradores en la Asamblea de Madrid, camino -pensaba él- del Defensor del Pueblo, cuando Pedro Sánchez decidió cambiarle el paso. Así, sin mucho preámbulo. Descartados o autodescartados otros candidatos, tocaba desandar lo andado, romper las promesas hechas. Gabilondo era la única carta que quedaba en la baraja con opciones de éxito.

Ángel Gabilondo lleva demasiado tiempo dejando que le organicen la vida. Pero esta vez ha llevado su transigencia demasiado lejos. No porque haya sido distinto de lo ocurrido en anteriores ocasiones, sino porque ahora no tocaba, porque se trataba del último cartucho que le quedaba para recuperar una cierta dignidad política (de la otra nada hay que objetar), porque podía haber puesto condiciones y no ha puesto ninguna. Si acaso, la expectativa de reabrir la puerta del Defensor una vez confirmado el probable fracaso, con permiso de Manuela Carmena.

Gabilondo ha tragado de nuevo con los desplantes y las imposiciones de Moncloa. A saber: la humillación de la Ejecutiva socialista madrileña, cuyos titulares asistieron atónitos al dedazo que desplazó al coordinador general de campaña elegido, Lorenzo Sánchez (secretario de Acción Electoral), para colocar sin previa explicación a la vicealcaldesa de Rivas Vaciamadrid, Mónica Carazo; la imposición de la número 2, Hana Jalloul, y del resto de la lista (ayer todavía estaban esperando en Juan Álvarez de Mendizábal al motorista con los nombres procedente de Moncloa); la omisión de las primarias y el desprecio de los estatutos; y el ninguneo del secretario general regional y delegado del Gobierno en Madrid, José Manuel Franco. Eso sin entrar en detalles.

Moncloa ha perpetrado una faena de tosca fontanería, ejecutada con urgencia por la cuadrilla habitual de chapuzas que llevan años manoseando el socialismo madrileño

Gabilondo tenía que haberse plantado. Por una vez. No lo hizo. Podía haber pasado a la historia como un buen “socialista de cátedra”, como Fernando de los Ríos, y corre el riesgo de quedarse en muñeco de ventrílocuo. Se ha prestado, incluso, a escribir eslóganes en lugar de artículos. Mejor dicho, a firmarlos. El guion se lo han dado hecho. El que fuera ministro del Gobierno al que le montaron el 15-M, sacando pecho por el 15-M; el “verso suelto” al que nunca hemos oído una sola reflexión crítica, siquiera pausada, sobre la coyunda gubernamental con Unidas Podemos, abriendo fuego, de acuerdo con el libreto, contra Pablo Iglesias y Unidas Podemos.

Ciertamente, esta vez a Gabilondo le han escrito una partitura más acorde con su perfil, más cómoda, en línea con aquel Julián Besteiro que criticó en los albores del siglo XX la “bolchevización” del partido. “Con este Iglesias, no”. Una partitura confeccionada por los mismos autores de esa otra titulada “Con Iglesias sí”. “Un sindiós”, en gráfica expresión de un destacado socialista. Una faena de tosca fontanería ejecutada con urgencia por la cuadrilla habitual de chapuzas; por los mismos que llevan años manoseando el socialismo madrileño.

Los mismos que fueron colaboradores necesarios en la operación de acoso y derribo de Tomás Gómez, y que ahora inflan el organigrama, ya de por sí inflacionado, de Iván Redondo. Paco Salazar, director adjunto del Gabinete de la Presidencia del Gobierno y secretario ejecutivo de Acción Electoral del PSOE. Iván García Yustos, marido de, director del Departamento de Asuntos Institucionales de la Presidencia del Gobierno. Conciliando puestos. Haciendo (su) partido desde el coche oficial y la nómina pública.

Madrid, herida en su amor propio

Moncloa es una trituradora de reputaciones. Y lo peor es que el mérito de los que te mandan al basurero de la historia cabe en un par de líneas. No siempre ha sido así. Hubo un tiempo en el que el socialismo madrileño conservaba ciertas dosis de autoestima. No demasiadas, pero las suficientes para no dejarse pisotear. Hasta que llegó Simancas con el cerrajero. Ahí terminó todo. O ahí empezó todo. Según se mire. Desde entonces, febrero de 2015, no ha habido en Madrid una Ejecutiva digna de tal nombre. Y desde que Iván Redondo aterrizó en Moncloa, ni siquiera ha existido una Ejecutiva en condiciones, por más que sus 48 integrantes se empeñen en mantener la ficción.

La Comunidad de Madrid lleva 26 años en manos de la derecha, en buena medida como consecuencia de la inutilidad de la izquierda. Es este un hecho consolidado con el paso del tiempo gracias a la incondicional contribución del PSOE madrileño, incapaz en todo este tiempo de interpretar correctamente las pulsiones de una sociedad extraordinariamente dinámica y en permanente transformación. Una sociedad que reclama que sean los partidos los que ofrezcan soluciones a sus problemas, en lugar de ser los ciudadanos los que soporten los problemas de los partidos. Una sociedad que, al margen de ideologías, se ha sentido últimamente herida en su amor propio, y a la que el PSOE no ha sabido defender.

La airada irrupción en el tablero electoral madrileño de Pablo Iglesias, lejos de fortalecer una alternativa progresista, garantiza al PP un resultado más que espléndido

Las imprecaciones e insultos proferidos por dirigentes independentistas y de izquierda radical le han dado hecha la campaña a Isabel Díaz Ayuso. La airada irrupción en el tablero electoral madrileño de Pablo Iglesias, lejos de fortalecer una alternativa progresista, garantiza al Partido Popular un resultado más que espléndido. Y mientras, el PSOE fabricando eslóganes por toda respuesta. “Con este Iglesias, no”. C’est tout. Desdeñando el debate interno, despreciando a los cuadros del partido, humillando a los que día tras día han dado la cara defendiendo al gobierno progresista mientras abroncaban a los diputados de Ciudadanos por ser “socios de la ultraderecha” y ahora reciben la inesperada orden de virar hacia el centro; a los que se batían el cobre en actos públicos y tertulias a favor de la subida solidaria de impuestos y acaban de escuchar por boca de su candidato que no habrá cambios en la política fiscal.

Con un PSOE de laboratorio que plantea un discurso enmendado, y con un Pablo Iglesias on fire que busca de nuevo en los tribunales argumentos para una campaña cuasi bélica (ver postdata), el batacazo de una izquierda dividida puede ser mucho más sonoro de lo que hoy apuntan las encuestas. Es Díaz Ayuso la que en este mes que tenemos por delante más tiene que perder, porque hoy lo tiene casi todo ganado (hablaremos de Ayuso más adelante). Pero es sobre todo Pedro Sánchez, con esa soberbia impúdica (el desprecio de las formas, que en democracia son el fondo) y esa osadía injustificada que se puede llevar por delante a Ciudadanos (moción de censura fracasada en Murcia), el principal responsable de que el 4 de mayo las opciones de la izquierda en general, y de los socialistas en particular, sean exiguas tendiendo a nulas. Salvo error mayúsculo (no descartable) del Partido Popular.

La postdata: Iglesias quiere que le imputen

Definitivamente, es muy hábil. Pablo Iglesias concentraba el miércoles toda la atención de los medios al anunciar por sorpresa que dejaba su escaño en el Congreso. “Nosotros no somos como ustedes”, le espetó a García Egea. El superhombre Iglesias a pecho descubierto. El demócrata Iglesias dando una lección a la derecha ultramontana. Pero hay gato encerrado. Decaídos los aforamientos como diputado y como miembro del Gobierno, lo que necesita el candidato Iglesias para llenar de contenido una campaña en la que le está costando arrancar, es que el juez García Castellón caiga en la “trampa” y haga lo que lleva tiempo queriendo hacer: imputar al líder de Unidas Podemos por el “caso Dina”. Otra vez las cloacas al rescate de Iglesias. Una oportuna imputación que decaería cuando Dina Bousselham decidiera retirarse como acusación y concedería de nuevo a don Pablo el papel de héroe de la resistencia contra los poderes ocultos del Estado. El centro de atención de la campaña electoral. Pablo Iglesias, el héroe del 4 de mayo. Una mala noticia para Sánchez y para Errejón. Si García Castellón cae en la trampa, claro está.