Hoy hace veinticuatro años Francisco Javier García Gaztelu (‘Txapote’) pegaba dos tiros en la nuca a Miguel Ángel Blanco, concejal del PP en Ermua. José Luis Geresta Mujika lo sujetaba para que García Gaztelu pudiera disparar, Irantzu Gallastegi lo había secuestrado dos días antes e Ibon Muñoa, antiguo concejal de HB en Eibar, había proporcionado a los etarras la información necesaria. El asesinato de Miguel Ángel Blanco se producía tan sólo unos días después de la liberación de José Antonio Ortega Lara, a quien los miembros de ETA habían tenido secuestrado 532 días.

Pasó el tiempo. 

García Gaztelu e Irantzu Gallastegi tuvieron dos hijos mientras cumplían condena. José Luis Geresta apareció muerto en un descampado de Rentería dos años después del asesinato, en lo que parecía un suicidio; una decisión vital mucho más noble que la de sus compañeros. Ibon Muñoa, el antiguo edil de la izquierda abertzale, cumplió 20 años por complicidad en el crimen y la izquierda abertzale actual le dio la bienvenida en cuanto abandonó la prisión, primero desde la cuenta oficial de Sortu y después desde la cuenta del europarlamentario de EH Bildu Pernando Barrena. Los restos mortales de Miguel Ángel Blanco fueron trasladados de Ermua a Orense diez años después de su asesinato, con discreción; la tumba había sido atacada varias veces. Y la semana pasada la revista El Jueves compartió un cromo con un dibujo de Ortega Lara quemándose al sol al que acompañaban estas palabras: “LARA AL SOL DE CARA. El pobre Ortega tiene el cuerpo lleno de quemaduras, no es sano estar cara al sol tras tanto tiempo a oscuras”.

El Jueves decidió compartir su creación el 5 de julio, cuatro días después del aniversario de la liberación de Ortega Lara. Al día siguiente el partido Vox publicó un tweet en el que responsabilizaba al presidente de RBA, el grupo que edita El Jueves, de difundir “odio contra millones de españoles a diario”. El tweet terminaba con estas palabras: “Es posible que muchos de ellos le empiecen a exigir responsabilidades cuando le vean salir de su despacho de la Diagonal de Barcelona”.

Son señalamientos que cuando se combinan -y se combinan con frecuencia y con normalidad- conducen a una invitación clara a la violencia

Y se abrió de nuevo la caja de la indignación selectiva. El mensaje de Vox señalaba a una persona por su trabajo y podía incitar a la violencia contra el señalado. Todo eso era verdad, y todo eso hacía del mensaje algo inaceptable y denunciable. Pero la cuestión es que eso, señalar a personas por su trabajo y publicar mensajes que podrían incitar a la violencia, es exactamente lo que la revista El Jueves lleva años haciendo. Revestido de humor, sí; como se ha hecho tantas veces en la historia. El Jueves lleva años deshumanizando y dibujando como nazis, fascistas, franquistas, violentos o asesinos a los dirigentes y votantes de los partidos de derechas. Otros, desde la seriedad -en ocasiones desde la seriedad institucional de un ministerio-, llevan años afirmando que al nazismo, al fascismo, al franquismo y a los asesinos -no a los de verdad, no a gente como Txapote, sólo a los que aparecen dibujados de esa manera en las viñetas de El Jueves- hay que tratarlos a golpes, hay que reeducarlos a hostias, hay que pararlos como sea. Son señalamientos que cuando se combinan -y se combinan con frecuencia y con normalidad- conducen a una invitación clara a la violencia. Y la violencia se produce, con cierta frecuencia y con cierta normalidad. Pero nada de eso ha importado nunca a muchos de quienes la semana pasada se indignaron por el mensaje de Vox, porque al parecer hay señalamientos inaceptables y señalamientos acertados. 

“Es que el dibujo de El Jueves era humor”, decían los defensores del señalamiento de bromita. Y ciertamente lo era; de la misma manera que la portada de Egin del 2 de julio de 1997 era información. El día después de la liberación de Ortega Lara, Martín Garitano, redactor jefe del diario y posteriormente diputado general de Guipúzcoa por Bildu, decidió acompañar la foto del funcionario de prisiones recién liberado con el siguiente titular: “Ortega vuelve a la cárcel”. No sólo era un titular informativo, sino que incluso podía adivinarse cierto gesto humorístico en la redacción. 

Ortega Lara pasó 532 días secuestrado por ETA. Cualquier persona con un mínimo de racionalidad sabe lo que significa eso, y cualquier persona con un mínimo de humanidad sabe que los límites del humor son, entre otros, la decencia y la compasión para quienes han padecido sufrimientos muy por encima de los límites de lo soportable. Hoy se cumplen veinticuatro años del día en que García Gaztelu, José Luis Geresta, Irantzu Gallastegi e Ibon Muñoa decidieron asesinar a Miguel Ángel Blanco. Llegará el día en que personas como Ione Belarra, José Zaragoza, Pablo Echenique o Adrián Barbón defiendan también la libertad de El Jueves para humillar la memoria de un asesinado por ETA; la semana pasada no sólo defendieron la libertad de El Jueves para humillar a una persona a la que ETA mantuvo 532 días secuestrada, sino que animaron a suscribirse a la revista que publicó la viñeta abyecta. 

Lo central del asunto no son los límites del humor ni los límites de la ley. Pongámonos serios; lo central del asunto son los límites morales, que son los que nos damos nosotros mismos para evitar convertirnos en bestias.