Diario de la cuarentena (14)

Las llamadas de Arturo

Lo ha vuelto a hacer. De las personas que conozco, él es la única capaz de sentar en la misma mesa a los seres más disímiles. Nos reúne ante lo esencial, incluso cuando estamos confinados

Teléfono móvil
Teléfono móvil

Estoy en la recta final de una novela que hace un año me condujo al fin del mundo. Hasta allá me fui, buscando muertos sin nombre. Cuando me siento a escribirla, lo aparto todo. Y aunque en estos tiempos no es sencillo desconectar, cumplo a rajatabla los cinco folios diarios. Escribo para borrar a la mañana siguiente.

El martes de esta semana, luego de dos horas tecleando, revisé mi teléfono. Encontré una llamada perdida de Arturo. Presioné la yema del dedo índice contra la pantalla y esperé. Uno, dos, tres repiques. Al otro lado de la línea escuché su voz enérgica, como si en lugar de un confinamiento hubiese nadado diez kilómetros en aguas abiertas. Así es Arturo.

"¿Estás escribiendo?", me preguntó. "Sí, ya sabes, trabajando en la nueva". "A este paso acabaremos todos presentando libro a la vez". Joder, tiene razón. No sé yo si convenga salir al mismo tiempo. Entre él y Eslava se lo llevan de calle en las librerías. Nos reímos para echar el ancla de este lado de la vida. A lo lejos escuché ladridos. Quizá fuese Rumba, dando por saco a Sherlock.

Al colgar el teléfono, no puedo evitar sonreír. Hasta cuando no escribe, Arturo se las ingenia para hacerlo...

Cuando me preguntó cómo me encontraba, del fondo de mi cerebro emergió la más pueril de las verdades. Ya no soporto las manos, le solté. Me duelen, apenas las siento ya. No he terminado la frase y me acuso a mí misma de quejica. Arturo hace como que apunta y me pregunta por mis padres. De momento bien, y que sigan así.

Las personas, me dijo, han olvidado que el mundo real existía y que era un lugar muy peligroso. Arturo tiene razón. De donde yo vengo lo anormal es que te perdonen la vida. Y él, que unas cuantas guerras lleva encima, lo sabe de sobra. Al colgar el teléfono, no puedo evitar sonreír. Hasta cuando no escribe, Arturo se las ingenia para hacerlo.

En los días que siguieron a su llamada, leí sus reportes en Twitter. Calero, picando la piedra noticiosa. Jeosm, atizando a los moñas. Edu, gamberro como siempre. Alsina, atronador en sus verdades. Tano, con westerns… De las personas que conozco, Arturo es la única capaz de sentar en misma mesa a los seres más disímiles. Nos reúne ante lo esencial, incluso cuando estamos encerrados. ¿Cómo lo hace? Aún no lo sé. Tres días de llamadas. Hablar, escucharnos. Reunirnos.

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