“Es de esperar que hayan pasado ya los tiempos en que era necesario defender la ‘libertad de prensa’ como una de las seguridades indispensables contra un gobierno corrompido y tiránico”. Así arranca la defensa de la libertad de pensamiento y discusión que John Stuart Mill publicó en 1859, donde explica que esta libertad constituye el motor fundamental del progreso humano y la condición indispensable de la vida civilizada. El filósofo suponía allí que no era necesario volver a repetir argumentos conocidos en contra de que los poderes públicos prescriban opiniones o se arroguen el derecho a decidir qué doctrinas o razones nos está permitido escuchar.

Obviamente Mill pecaba de optimismo. Como hemos visto en las últimas semanas, estamos condenados a reiterar una y otra vez los argumentos en defensa de la libertad de expresión, pues las amenazas no cesan aunque en ocasiones no vengan de los gobiernos. Es inevitable acordarse de Sobre la libertad al leer la carta sobre la justicia y el debate abierto, publicada este mes de julio en la revista Harper’s por 153 escritores y académicos de renombre, entre los que figuran Atwood, Buruma, Brooks, Chomsky, Fukuyama, Haidt, Ignatieff, Krauze, Lilla, Pinker, Rushdie, Rowling o Walzer.

Acción represiva

Más allá de sus diferencias ideológicas, los firmantes manifiestan su compromiso con el libre intercambio de información e ideas, que consideran el pilar fundamental de una sociedad liberal. Por eso llaman la atención no sobre la acción represiva de los gobiernos, sino sobre algo que preocupaba también a Mill, como es la intolerancia del público, que opera a través de los medios de comunicación y de la sociedad civil. La cosa es seria, según afirma la carta, por tratarse de una intolerancia que se ampara en nuestros días bajo el manto de una causa justa. Cabría preguntarse cuándo no es así. En este caso, lo que parece llamar la atención de los signatarios es que se trata de una intolerancia progresista, promovida por quienes dicen luchar por una sociedad más igualitaria e inclusiva y creen que esa lucha cobra primacía sobre las exigencias del debate abierto y la libertad de expresión; allí donde entren en colisión, éstas habrían de ceder ante aquella.

Como se advierte especialmente en las redes sociales, esa intolerancia se manifiesta en la creciente hostilidad hacia el que piensa de forma distinta, al que se estigmatiza públicamente

La carta rechaza expresamente plantear la cuestión en tales términos. Quienes la suscriben muestran su simpatía por las recientes protestas en contra de la discriminación racial y a favor de la justicia social, pero denuncian con firmeza una serie de actitudes y comportamientos que, al amparo de esas demandas, promueven un clima sofocante de intolerancia y erosionan las condiciones de un debate público abierto, en el que las opiniones contrarias puedan expresarse y discutirse sin cortapisas ni represalias de ningún tipo. Por ello hablan de un “espíritu censor” que se extiende por la conversación pública. Como se advierte especialmente en las redes sociales, esa intolerancia se manifiesta en la creciente hostilidad hacia el que piensa de forma distinta, al que se estigmatiza públicamente o se le condena al ostracismo, pero también en la disposición a “disolver complejos asuntos políticos en una certeza moral cegadora”.

En otras palabras, la carta denuncia lo que se ha dado en llamar con un anglicismo forzado “la cultura de la cancelación”, de la que ponen ejemplos: editores a los que se despide por publicar textos polémicos, libros que no se publican o se retiran de bibliotecas, periodistas a los que se censura por escribir de ciertos temas, profesores universitarios a los que se abre expediente por citar determinadas obras literarias o mencionar ciertas palabras en clase, o investigadores cuyos contratos son cancelados por publicar trabajos en revistas con peer review. Es fácil poner nombres a situaciones como las descritas si repasamos la prensa de los últimos tiempos. Recordemos la negativa de Hachette a publicar las memorias de Woody Allen, la dimisión de Ian Buruma como director de The New York Review of Books por el asunto Gomeshi, el despido hace unos días de Andrew Sullivan del New York Magazine, la cancelación de conferencias en campus universitarios o la investigación abierta contra un profesor de la UCLA por leer a Martin Luther King en clase, por poner algunos ejemplos conocidos.

A causa de sus opiniones centristas. Bari Weiss fue motejada de racista, nazi o fanática por sus colegas; algunos de los cuales llegaron a pedir su despido para que el periódico fuera ‘realmente inclusivo'

Por si hiciera falta confirmación, una semana después se despedía como columnista de The New York Times una de las firmantes de la carta de Harper’s, dando un sonoro portazo. En la carta pública donde explica las razones de su dimisión, Bari Weiss denuncia el entorno laboral hostil y el acoso constante sufrido tanto dentro del periódico como en las redes sociales. A causa de sus opiniones centristas fue motejada de racista, nazi o fanática por sus colegas; algunos de los cuales llegaron a pedir su despido para que el periódico fuera ‘realmente inclusivo”. La 'paradoja de la inclusión' podría ser un rótulo apropiado: queremos ser tan inclusivos que debemos silenciar o despedir a quien disiente.

Más allá de la peripecia personal de Weiss, convendría prestar atención al estado de cosas que denuncia en su nota, pues un par de puntos llaman poderosamente la atención. La primera es el “nuevo consenso” que señala en la prensa y especialmente en el Times, de acuerdo con el cual “la verdad no es ya un proceso de descubrimiento colectivo”, sino una nueva forma de ortodoxia en posesión de unos pocos ilustrados cuya misión es informar de ella al resto de la sociedad. De lo que se siguen las presiones para que las historias y opiniones encajen en el molde ideológico preestablecido y la inevitable autocensura, pues quien se aparta de esa ortodoxia lo hace por su cuenta y riesgo, ateniéndose a las consecuencias perjudiciales que eso tendrá para su carrera. Ahí radica la influencia determinante de las redes sociales, cuyas maneras se han trasladado al propio periódico. Al decir de Weiss, “Twitter no figura en la cabecera de The New York Times, pero se ha convertido en su editor final”. Nada menos.

Libertades individuales

Ambas cartas alertan de las tendencias iliberales en auge y por ello deberían servirnos como recordatorio de algunas convicciones liberales cruciales, como son la importancia del disenso y la relación que guarda con la libertad de expresión. Los desacuerdos son la expresión natural del pluralismo, allí donde el ejercicio de la razón se desarrolla en un marco de instituciones libres, que garantizan las libertades individuales. De ahí que la conformidad ideológica, esa clase de consenso más aparente que real, sea un signo infalible de que algo va mal con la protección de las libertades individuales. Pero nos equivocaríamos si pensáramos que los liberales clásicos apreciaban la libertad de expresión exclusivamente como salvaguarda de bienes individuales como la autonomía o la independencia personal, sin restarles por ello importancia.

'Un robo a la raza humana'

Dicho de otro modo, la libertad de pensamiento y expresión de cada uno no es sólo valiosa para quien posee el derecho, sin excluir que algunos la valoren bien poco, pues es importante para todos. Así lo sostiene el que pasa por el más elocuente campeón de la libertad de expresión. Cuando Mill afirma que, si toda la humanidad fuera de una misma opinión y sólo una persona fuera de la opinión contraria, sería una injusticia silenciarla, no se trata sólo del mal particular que se causa a la persona silenciada, pues el perjuicio recae sobre la humanidad entera.

Quien impide una opinión “comete un robo a la raza humana”, no sólo a la generación actual, sino a la posterioridad, y que incumbe tanto a los que disienten tanto como a los que la comparten. Puede sonar hiperbólico, pero conviene ver por qué lo dice: porque sólo podemos reemplazar el error por la verdad a través de la discusión y el contraste de opiniones, puesto que la misma experiencia requiere de la discusión para ser interpretada correctamente. ¿Cómo podríamos averiguar la verdad, o distinguirla del error, sin una completa libertad para exponer las distintas opiniones, contradecirlas o someterlas a examen?

Justicia y libertad

Quien dice la verdad bien puede decir la justicia de una causa. En los complejos asuntos de la vida social, necesitamos de la crítica y la discusión para determinar si los fines e ideales que perseguimos son realmente valiosos o socialmente benéficos, o si nuestras demandas están justificadas. No hay otra forma si queremos asegurarnos de que los líderes de nuestra causa se comportan como dicen o como deben, de si las medidas que proponen son las adecuadas en las presentes circunstancias. No son elucubraciones teóricas, sino una lección que brinda la historia del siglo XX: quien sacrifica las libertades al logro de la igualdad o la justicia social, al final no tendrá ni una cosa ni la otra. Los firmantes de la carta de Harper’s no hacen más que recordarla cuando rechazan la falsa elección entre justicia y libertad de crítica, pues la primera no puede venir sin la compañía de la segunda.

 No menos importante es la moraleja final de la carta de Weiss. Mill decía que es un sentimentalismo vano creer que la verdad se abrirá paso por sí sola, a pesar de sanciones y represalias. Y eso nos recuerda la columnista al final: que las ideas necesitan de una voz para que se las escuche. Eso supone personas no sólo con el convencimiento, sino también con el coraje para defenderlas donde haga falta, especialmente cuando no son bienvenidas y ante una audiencia hostil.