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Manuel Toscano

Opinión

Lenguas en peligro

No es baladí hablar de ‘lenguas invasoras’. De ahí a la adscripción esencialista de una lengua a un territorio, al margen de los usos de los hablantes individuales, sólo hay un paso

Un grupo de independentistas en la plaza de Sant Jaume donde la asociación Hablamos Español había convocado una manifestación bajo el lema "Contra la imposición lingüística y el adoctrinamiento: Libertad"
Un grupo de independentistas en la plaza de Sant Jaume donde la asociación Hablamos Español había convocado una manifestación bajo el lema "Contra la imposición lingüística y el adoctrinamiento: Libertad"

El asunto de la vitalidad de las lenguas reaparece periódicamente en los medios de comunicación. Es fácil encontrarse de tanto en tanto con alguna crónica en prensa sobre alguna lengua ignota que desaparece con la muerte del último hablante. Va camino de convertirse en un género periodístico menor, prueba de la creciente preocupación por las lenguas minoritarias.

En las últimas semanas hemos visto resurgir esa preocupación en medios de comunicación y redes sociales a propósito del catalán. ‘Quant temps li queda al catalá?’ (¿Cuánto tiempo le queda al catalán?), era la pregunta que aparecía en un reciente vídeo promocional de TV3. Anunciaba un documental del programa 30 minuts sobre la lengua catalana, emitido el pasado 30 de junio en la televisión autonómica. Al inicio del programa, el presentador señala la discusión entre filólogos y llenguaferits sobre si el catalán ‘está sentenciado’ y adelanta el pronóstico de algunos sobre su desaparición en pocas décadas. Por no faltar, no falta mención al uso de las lenguas en el patio de los colegios que obsesiona a los zelotes: ‘El catalán ya ha perdido la partida en los patiosde los colegios. ¿La puede llegar a perderen todos sitios?’.

Se ha criticado el alarmismo o la ‘visión apocalíptica’ que ofrece el programa. ¿Son exagerados o infundados esos temores? Antes de responder, sería bueno ampliar la perspectiva. Contamos para ello con la literatura sobre lenguas en peligro, uno de cuyos hitos fue el estudio seminal de Michael Krauss, ‘The World’s Languages in Crisis’, publicado en un número monográfico de Language (1992). El trabajo de Krauss ha tenido gran trascendencia, pues no sólo ofrece una panorámica de las lenguas en el mundo, sino que fue de los primeros que difundió las categorías de lenguas moribundas y lenguas amenazadas.

Según el profesor Michael Krauss sólo un 10% de las lenguas del mundo tienen garantizada su perdurabilidad futura, y entre ellas está el catalán, utilizado por más de nueve millones de personas

Según sus estimaciones, aproximadamente el 50% de las lenguas del mundo están moribundas, entendiendo por tales que ya no son aprendidas por las nuevas generaciones y por tanto irán desapareciendo a medida que desparezcan sus hablantes mayores. Más difícil es hacer cálculos sobre las lenguas en peligro, pues se trata de lenguas que aprenden cada vez menos niños y que previsiblemente dejarán de trasmitirse a las nuevas generaciones conforme avance su proceso de declive. Ante la falta de datos fiables, Krauss optó por hacer una estimación de cuántas lenguas podemos considerar seguras y descontar el resto. Para ello utiliza dos criterios para considerar si una lengua está o no en peligro: por un lado, un umbral de viabilidad de al menos cien mil hablantes; y, por otro, el reconocimiento y apoyo oficial de las autoridades políticas, sean las de un Estado o de unidades subestatales o regionales. Según sus cuentas, sólo un 10% de las lenguas del mundo estarían fuera de peligro. De atender a sus criterios, para tranquilidad de los espectadores de TV3, el catalán está en el diez por ciento seguro. No sólo excede sobradamente el umbral de hablantes indicado, sino que cuenta con el reconocimiento como lengua oficial en los territorios de las comunidades autónomas en las que se habla.

Para hacernos una idea, redondeando hay unas siete mil lenguas en el mundo, de las cuales aproximadamente la mitad son habladas por menos de diez mil hablantes y un cuarto del total por menos de mil personas. Por tanto, muchas cuentan con apenas unos centenares de hablantes y carecen de escritura, gramáticas o diccionarios. El catalán, en cambio, es usado por más de nueve millones de personas, de los cuales unos cuatro millones lo tienen como primera lengua (L1), goza de altos niveles de alfabetización, tradición literaria y estatus de lengua oficial. Las comparaciones saltan a la vista.

Estos datos están sacados de Ethnologue, el mejor catálogo internacional de lenguas existente, que utiliza la escala EGIDS (Expanded Graded Intergenerational Disruption Scale) para medir el grado de disrupción en la transmisión intergeneracional de las lenguas; con ella se aprecia el uso y transmisión de la lengua, su vitalidad por así decir. La escala va de cero a diez: si en el cero se sitúan las grandes lenguas internacionales, como el inglés o el español, del 8 al 10 se clasifican las lenguas moribundas, casi extintas o extintas. La posición del catalán está claramente arriba, en el nivel 2, como lengua de amplio uso social e institucional en ámbitos como la enseñanza, la administración pública, los medios de comunicación o el mundo laboral. Por comparación, las lenguas amenazadas, aquellas que hablan personas de todas las edades pero pierden hablantes, aparecen en 6b.

¿Por qué a pesar de todo persiste la creencia de que el catalán está en peligro? Sospecho desde hace años que detrás de esos temores hay una cierta visión acerca de las lenguas, de acuerdo con la cual cuando dos lenguas entran en contacto se abre una suerte de guerra soterrada entre ellas. Aunque otros lingüistas hablan de ‘guerra de lenguas’, ha sido el politólogo canadiense Jean Laponce quien mejor ha expuesto la idea de que las lenguas responden a un ‘imperativo territorial’. Serían como animales territoriales que necesitan de un espacio propio para sobrevivir y para ello han de ser capaces de rechazar la penetración de otras lenguas invasoras en su territorio. El bilingüismo, en consecuencia, sería siempre una situación inestable en las sociedades modernas, pues esconde una competición feroz entre las dos lenguas por atraer hablantes de la otra. El desenlace sólo puede ser a la larga la supremacía de una u otra; cuando hay grandes diferencias en el tamaño de los animales, la competencia resultaría además desigual.

Si creemos que tras las apariencias de convivencia entre ciudadanos que se comunican en una sociedad plural se desarrolla una guerra encarnizada entre lenguas, es inevitable ver la lengua en peligro

Todo cuidado es poco con las metáforas. Como sabemos, la conducta de las lenguas no es más que el efecto emergente de incontables decisiones individuales y actos de comunicación. Esa supuesta guerra entre ellas ocurre en realidad del modo más pacífico, al decir de Laponce, cuando las gentes entran contacto y se comunican unas con otras. ‘Cuanto mejor se llevan las personas, peor se portan las lenguas entre sí’, asegura. Ahora bien, ¿nos debería importar que las lenguas se lleven mal o que las personas se lleven bien? El problema de esta forma de ver las cosas es que desplaza la atención hacia la suerte de esos animales fabulosos que serían las lenguas, cuando no son otra cosa que regularidades sociales que facilitan los intercambios comunicativos, en lugar de atender a los intereses concretos de los hablantes individuales.

Conviene reparar en los detalles de esta concepción territorial de las lenguas y sus consecuencias. No es baladí suponer que las lenguas tienen un ‘territorio propio’ o hablar de ‘lenguas invasoras’. De ahí a la adscripción esencialista de una lengua a un territorio, al margen de los usos de los hablantes individuales, sólo hay un paso. Conocemos bien el aprovechamiento político que los nacionalistas lingüísticos hacen de esta manera de ver las cosas. Argumentos como los de Laponce sirven para atizar y fomentar los sentimientos de inseguridad lingüística. Si creemos que, tras las apariencias de convivencia entre ciudadanos que se comunican en una sociedad plural, se desarrolla una guerra encarnizada entre lenguas, es inevitable ver la lengua en peligro. De hecho, veremos amenazas por todas partes, desde el patio del recreo a los anuncios de los comercios. Puesto que las lenguas están en guerra, quien usa la lengua rival es un enemigo potencial y, si es de los nuestros, un traidor. De lo que se seguiría la necesidad de policía lingüística.

Como señaló una observadora de la situación en Quebec, el sentimiento de inseguridad lingüística se cultiva por parte de políticose intelectuales; si arraiga, es casi imposible de desmontar pese a las evidencias. Hay una moraleja aquí: un régimen oficial de bilingüismo, por simétrico que sea, nunca calmará la ansiedad de quien sólo contempla el monolingüismo como estación segura.

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