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Manuel Toscano

Opinión

Una lengua es un mercado

Por más que se camuflen bajo una retórica distinta, para los nacionalistas lingüísticos lo que importa de la lengua, por encima de otras consideraciones, es su utilidad como seña de identidad de un pueblo distinto

Ernest Maragall
Ernest Maragall GTRES

‘Una llengua és un mercat’, escribía Jordi Graupera hace unos días en Twitter. Filósofo de formación, Graupera encabeza la lista independentista a la alcaldía de Barcelona promovida por la ANC y su mensaje iba dirigido contra Ernest Maragall, cabeza de lista por ERC. ¿Qué había hecho mal el candidato de los republicanos? Nada menos que pasarse al castellano durante su comparecencia ante los empresarios del Círculo Ecuestre. Al cambiar de lengua, le reprocha Graupera, Maragall está perjudicando a todos los catalanoparlantes y a la ciudad de Barcelona. Aun en el contexto de una larga precampaña electoral como la que presenciamos en la Ciudad Condal, con varios candidatos independentistas en liza, son palabras gruesas.

¿Por qué usar el castellano en un acto perjudicaría a los hablantes del catalán y a la propia ciudad? Las razones que aduce Graupera, aunque no sean convincentes, son llamativas. Según explica, con su decisión de usar el castellano en un acto Maragall ‘devalúa’ la lengua catalana, que es ‘el idioma que distingue a Barcelona ante el mundo’, y al devaluar la lengua ‘limita las posibilidades de los catalanes de prosperar en la ciudad, en el país y en el mundo’. Por supuesto, sus críticas también se extienden a las élites económicas del Círculo, a las que acusa de descuidar sus deberes con el idioma y con la propia ciudad. Como remacha, la lengua es un bien y su valor es también económico y social (‘la llengua es un bé i un valor, també econòmic i social’) y reconocerlo es importante en un mundo cada vez más global y uniforme.

Discusión sobre la lengua

La discusión sobre la lengua se plantea aquí en términos distintos de los habituales en el nacionalismo, o así lo parece. En lugar de referirse a la lengua como legado cultural, se habla del mercado, de la imagen de Barcelona, de oportunidades para prosperar y hasta del valor económico de la lengua. Y es saludable abrir la discusión sobre las lenguas a otras consideraciones de valor. Es sorprendente que en muchas de esas discusiones se eluda precisamente el valor de la lengua como medio de comunicación.

A juicio del Graupera, Ernest Maragall, con su decisión de usar el castellano en un acto, ‘devalúa’ la lengua catalana, que es ‘el idioma que distingue a Barcelona ante el mundo’

De hecho, el valor económico y social de la lengua es indisociable de su utilidad como instrumento de comunicación. Recurso valioso para cualquier propósito, el dominio de una lengua nos permite hacer toda clase de cosas, desde preguntar por una dirección a escribir poesía, reclamar nuestros derechos o rellenar una solicitud de trabajo; bien lo sabe quien se encuentra en el extranjero sin conocer el idioma del país. Como el dinero facilita los intercambios de bienes y servicios, una lengua facilita los intercambios comunicativos de los que dependen nuestras relaciones sociales y nuestras oportunidades de vida. Pero al igual que la utilidad de una moneda depende de quienes la acepten como medio de pago, el valor comunicativo de una lengua depende de cuantos más la comprendan y usen; en otras palabras, de cuantos hablantes la incorporen en sus repertorios lingüísticos.

De lo que se siguen algunas consecuencias interesantes. Si la lengua materna, aprendida en la familia, puede verse como una suerte de capital heredado, la adquisición de una nueva lengua es una inversión guiada por el deseo de ampliar el potencial comunicativo de nuestro repertorio lingüístico, por las ventajas y oportunidades que procura. Salvo excepciones, las personas aprenden o quieren que sus niños aprendan lenguas que amplíen ese potencial comunicativo; por eso hay más personas aprendiendo el inglés como segunda lengua que italiano o javanés. Y se comprende por ello la incomodidad de los defensores de las lenguas minoritarias cuando se trata de hablar del valor comunicativo de las lenguas, pues en este aspecto la desigualdad entre ellas es un hecho abrumador. De las aproximadamente siete mil lenguas que hay en el mundo, muchas no llegan a los mil hablantes, mientras unas pocas concentran cientos de millones.

Para verlo mejor podemos contemplar una lengua como una red de comunicación, conformada por convenciones y regularidades, a través de la cual se conectan sus hablantes. Como el teléfono, es tanto más útil cuanta más gente la use. Pero el valor comunicativo de la red no depende sólo del número de hablantes o de su extensión, pues además las lenguas están conectadas unas con otras a través de hablantes bilingües o multilingües. De ahí que la centralidad sea una segunda dimensión insoslayable a la hora de considerar el valor comunicativo de una lengua. Como ha señalado Abram de Swaan, una lengua es más central o está mejor conectada cuanto mayor es la proporción de hablantes de otras lenguas que la incorporan en sus repertorios lingüísticos. Eso explica por ejemplo el papel del inglés como lingua franca de nuestro tiempo; o que los representantes de los nacionalistas vascos, gallegos y catalanes, cuando se reunían bajo el nombre de Galeusca, usaran el español en sus encuentros. El hecho es que, cuanto más grande sea la red y mejor conectada, más atractiva resulta, pues ofrece a sus hablantes mayores oportunidades de comunicación y con ello el acceso a una gama más amplia y diversa de bienes y servicios de todo tipo.

Esta analogía de la red de comunicación viene bien para entender a qué se refiere Graupera cuando acusa a Maragall de devaluar el catalán y perjudicar a sus hablantes. Está en juego aquí lo que los economistas denominan ‘externalidades de red’. Que nuevos hablantes se sumen a mi lengua, lejos de restar valor a ésta, lo aumenta. Pero también ocurre a la inversa. Los hablantes que abandonan mi lengua para pasarse a otra la hacen menos atractiva como red de comunicación. Lo exagerado aquí es pensar que un hablante por cambiar de lengua en una ocasión, aunque sea Maragall y por prestigioso que sea el acto o la audiencia, puede alterar el valor comunicativo del idioma. ¡Hay que ser prudentes con el grano y el granero!

Si cambiar de lengua puede ser una traición, cada acto de comunicación tendría que ser un acto de militancia. Ahí está la clave de esa mentalidad

La exageración dice mucho sobre la mentalidad de los zelotes de la lengua, que ven deserción o deslealtad allí donde se trata de elegir el medio de comunicación más apropiado para la audiencia y la ocasión. Si cambiar de lengua puede ser una traición, cada acto de comunicación tendría que ser un acto de militancia. Ahí está la clave de esa mentalidad: nos debemos a la lengua. De nuevo, no es el sábado el que está hecho para el hombre, sino el hombre para el sábado. Lo que revela otra cosa sobre los nacionalistas lingüísticos, por más que se camuflen bajo una retórica distinta: para ellos lo que importa es la lengua como seña de identidad de un pueblo distinto; cualquier otro aspecto de las lenguas estaría subordinado a eso.

Nada lo pone más en evidencia que la identificación exclusiva de Barcelona con el catalán, ignorando no sólo que el castellano es lengua cooficial, sino que una mayoría de barceloneses lo tiene como lengua materna y de uso habitual. Si algo distingue a Barcelona, como a Montreal o Bruselas, es su condición de ciudad con dos lenguas. Más aún, el acceso a una red internacionalmente tan potente como el español parece un recurso atractivo para los barceloneses y catalanes, en tanto que les abre oportunidades de intercambio y comunicación. ¿Cómo se puede afirmar lo contrario, que el castellano limita sus posibilidades? Cuando menos es sorprendente.

Sin duda, la gestión de situaciones de pluralismo lingüístico no es fácil y requiere equilibrios. Por el contrario, la tentación de quien suscribe la premisa nacionalista de ‘un sol poble, una sola llengua’ es ignorar la diversidad o considerar el bilingüismo como una anomalía a la que hay que poner remedio. Pero operar con ella tiene costes, entre los que se cuenta cierta ceguera autoinducida, o al menos una grave deformación óptica. Esa que lleva a ver lo normal como anormal o las cosas del revés.

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