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Rubén Arranz

Opinión

La manada periodística y la defenestración de Cifuentes

Cristina Cifuentes
Cristina Cifuentes Javier Martínez

“Johnny, eres tan grande como yo quiero que seas”. La frase es de la maravillosa 'Muerte entre las flores' y describe a la perfección las dinámicas que imperan en -digámoslo así- los grupos de individuos que no tienen excesivos reparos en saltarse cualquier texto legal o norma moral para conseguir poder, dinero e influencia. Desde luego, estas palabras también pueden utilizarse para elaborar el epitafio de Cristina Cifuentes, una líder débil, pero con una desmedida ambición, que olvidó que en la actividad que ejerce el techo es de hormigón y el suelo de cristal, y los ofidios aguardan detrás de cada esquina. Quienes han provocado su dimisión sabían muy bien a quiénes debían recurrir para conseguir la munición y ejecutar a la condenada. Y lo hicieron con una escalofriante desenvoltura. El problema es que, una vez más, un líder político ha sido defenestrado como consecuencia de una venganza interna y los medios han vuelto a ser señalados por ejercer de meros sicarios dentro de este proceso.

Decía Don Vito que por su negocio nunca pasarían las drogas porque moralmente no se lo podía permitir. El problema es que, poco después de pronunciar esas palabras, la competencia comenzó a ganar mucho dinero y músculo con la heroína. En esa situación, hay que elegir entre adaptarse o morir. Y normalmente la adaptación suele conllevar el derribo de una barrera ética. En el sector de los medios de comunicación, este fenómeno se ha repetido en varias ocasiones durante los últimos años, lo que ha provocado una total degeneración del producto periodístico y de la profesión, en la que ya no quedan muchos muros por rebasar. En estas condiciones, quienes manejan los hilos de la política y la economía pueden descansar tranquilos, dado que siempre encontrarán al intermediario perfecto en la prensa para golpear a sus víctimas sin mancharse las manos.

La forma en la que se ha aplicado el tiro de gracia a Cifuentes ha vuelto a evidenciar la existencia de dosieres que se airean cuando resulta más conveniente a quien los guarda. También ha revelado una guerra de familias en el Partido Popular madrileño que parece que se debe a asuntos mucho más turbios y lucrativos que la actividad política; y que está protagonizada por facciones sin miedo a derramar sangre y desparramar vísceras. Francisco Granados dejaba claro esto último este viernes, cuando afirmaba que “quien quiera venganza, que cave dos fosas”. Es un discurso siciliano, al igual de la decisión de quien o quienes decidieron conservar durante 7 años el vídeo del supuesto robo –debía haberse borrado a los 30 días, por ley- para entregárselo a la prensa en el momento justo. El que su filtrador había elegido para decapitar a su presa

La hemeroteca revela que la expresidenta de la Comunidad de Madrid ha gobernado con una cuchilla de acero sobre su cuello, que amenazaba con guillotinarla si levantaba las alfombras o tomaba alguna decisión contraria a los intereses de sus antecesores. Un año después de llegar a su cargo, apareció una información con el siguiente titular: “Rivales del PP encargaron espiar a Cifuentes y difundir el rumor de que era cleptómana”.

El año pasado, cuando afloró el caso Lezo, el director de La Razón,Francisco Marhuenda, y su presidente, Mauricio Casals, fueron llamados a declarar por supuestamente haber coaccionado a Cifuentes para que no tirara de la manta sobre la corrupción en la gestión del Canal de Isabel II. “Hay una cosa que le va a asustar”, dijo Casals en una conversación telefónica con Edmundo Rodríguez Sobrino, exconsejero del periódico de Planeta y uno de los principales sospechosos en esta trama. Ambos negaron las presiones ante el juez y Cifuentes no quiso hacer sangre al respecto.

El debate debería centrarse en el papel que cumple la prensa en este tipo de casos, en los que siempre sobrevuelan los fantasmas de la cacería mediática y la pena de telediario

Un año después de que se conocieran estos acontecimientos, alguien ha desatado una campaña contra Cifuentes, por alguna razón que se desconoce. Y las "ha pasado putas", como se decía en los pinchazos telefónicos de la Operación Lezo. Quien la haya ejecutado, desde luego, sabía lo que hacía y no ha parado hasta lograr su objetivo.

Diez negritos

Mucho se podría hablar sobre cuál es la procedencia de la información relacionada con su falso máster en Derecho Autonómico y con su supuesto hurto en un supermercado. De diez negritos se sospecha y ninguno ha dicho “esta boca es mía”. En estos días, se han escuchado disparos contra el medio que lo publicó, cosa que tuvo lugar pocas horas después de que Cifuentes llevara a la Fiscalía documentación sobre las irregularidades en la construcción de la Ciudad de la Justicia. No obstante, los golpes al citado diario digital son hipócritas, dado que la mayor parte de los medios no hubiera dudado en difundir esas imágenes.

En realidad, el debate debería centrarse en el papel que cumple la prensa en este tipo de casos, en los que siempre sobrevuelan los fantasmas de la cacería mediática y la pena de telediario. Entre otras cosas, porque una parte de las empresas periodísticas parece haberse entregado a la anarquía moral y haber renunciado a aplicar todo filtro en su día a día. Lo más grave es que en este grupo de forajidos se encuentran algunos de los cañones con más potencia de fuego en la prensa escrita y digital, cuyos dirigentes y periodistas se han convertido en una especie de sicarios que ejecutan a los reos a los que quieren quitarse de en medio el poder político y el económico.

El periodismo debería utilizarse para describir hechos, analizar ecosistemas y guiar a la opinión pública con prudencia, decencia y responsabilidad. Ningún redactor debería ser víctima de esa megalomanía que impulsa a conseguir dimisiones en Administraciones, partidos o empresas, sea como sea. Como si fueran una especie de trofeos de caza. No hay un vicio más extendido y más peligroso en esta profesión.

Con la dimisión de Cifuentes ha vuelto a quedar claro que la cloaca funciona y que los dosieres se mueven o se paralizan según convenga a quienes los encargan

Concentración de poder

Lejos de esto, se tiende a ejecutar persecuciones que se desarrollan por tierra, mar y aire. Se golpea el árbol tantas veces sea necesario para hacer caer la fruta pretendida. Y si hay que recurrir a la agitación o dejarse llevar por el sensacionalismo más próximo a la bragueta, se hace. Se debería reflexionar sobre los peligros que entraña en estos casos el que todos los medios dependan de las mismas fuentes de financiación, pues eso limita la pluralidad y dificulta que surjan voces críticas cuando uno de sus grandes anunciantes utiliza a la prensa para consumar una venganza contra un enemigo.

También debería intensificarse el debate sobre la concentración en el sector de la televisión, donde dos grupos han crecido de forma desmedida, en parte, por el buen trato que han recibido de la Administración. En algún caso, las concesiones han estado precedidas por un período de hostilidad editorial, lo que resulta intolerable a todas luces.

El Gobierno sabe que debería limitar el poder de estas empresas para evitar que sus cacerías mediáticas puedan llegar a desestabilizar el país o a hacer morder el polvo a quien se cruza con sus intereses. Pero no lo hace, bien por conveniencia, bien por pasividad o bien por miedo a las represalias, que el propio Rajoy denunció. El resto de los medios también son conscientes de esta situación –y sus cuentas de resultados la sufren-, pero son pocos los que la denuncian porque hay a quien le seduce mucho más la idea de sentarse frente a una mesa de debate que la de contar los hechos con valentía. Otros, callan porque consideran que la proyección en estos programas les permitirá ganar audiencia y mejorar sus ingresos. Su reino por un caballo.

Dicho esto, con la dimisión de Cifuentes ha vuelto a quedar claro que la cloaca funciona y que los dosieres se mueven o se paralizan según convenga a quienes los encargan. También que cuando un animal está herido, pero no muerto, se vuelve especialmente peligroso, pues antepone su supervivencia a sus escrúpulos.

El problema se produce cuando las batallas intestinas emplean la prensa como campo de batalla y ésta, en lugar de filtrar, se deja manipular. O, viceversa, cuando los medios acuden a las alcantarillas del Estado para nutrirse de mercancía averiada y conseguir su minuto de gloria, caiga quien caiga. Todos estos son síntomas de una España enferma, devorada por la podredumbre moral de sus Instituciones, que se refleja en la vida diaria y, por supuesto, en la prensa. ¿Cómo solucionar todo esto? Pregunten a quien financia este periodismo.

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