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Roger Senserrich

Opinión

Un jueves cualquiera en Washington

El presidente de los Estados Unidos Donald J. Trump
El presidente de los Estados Unidos Donald J. Trump EFE

La noticia más importante esta semana en la política americana ha sido la dimisión de James Mattis, el secretario de defensa de la administración Trump. Mattis era uno de los miembros más respetados del gabinete, un militar de carrera con una reputación intachable.

En democracia, los ministros vienen y van, y en la administración Trump, se van con mucha frecuencia. Nadie parece satisfacer demasiado al presidente, que más que un gobierno parece estar gestionando una empresa de trabajo temporal. La salida de Mattis, sin embargo, ha sido distinta. Mattis era visto tanto dentro como fuera de Estados Unidos como alguien estable, precavido y esencialmente cuerdo que había jugado un papel clave en limitar los impulsos más irresponsables de su presidente.

El general nunca se ha fiado de los instintos ni el liderazgo de su jefe. Hay artículos que dicen que había llegado a un pacto con el otro general en la administración (John Kelly, el jefe de gabinete saliente) para que al menos uno de los dos estuviera presente en Estados Unidos, cerca de la Casa Blanca, para poder responder a emergencias y/o idas de la olla de Trump. Hay rumores (sólidos, pero no confirmados oficialmente), que Mattis cambió los protocolos de respuesta del Pentágono a incidentes nucleares para ser informado antes que el presidente y poder calmarlo. Aunque nunca ha llegado al extremo de Rex Tillerson, el exsecretario de estado, de llamarle idiota en privado (y nunca negar haberlo dicho), es obvio que Mattis veía su trabajo como alguien que está ahí para evitar males mayores.

Eso hace que su carta de dimisión sea aún más extraordinaria. Las renuncias por escrito, en la política americana, siempre siguen el mismo ritual: se empieza agradeciendo la oportunidad al presidente, se detallan todos los logros conseguidos en el cargo, se da gracias a la familia y a la gente del departamento, y un modesto “respetuosamente” al final. Mattis ha dejado todo esto de lado, y su carta es una lista de todos sus desacuerdos con el presidente, criticando punto por punto todos los errores que cree está cometiendo.

Aunque el tono de la carta es educado, todo Washington ha entendido que es lo que esto significa – un portazo en toda regla. Mattis no es el primer miembro del gabinete que dimite fruto de desacuerdos con el presidente, pero es el primero que se va haciendo esta clase de ruido. Viniendo de quien viene (el hombre más importante de esta administración, sólo por detrás del jefe de gabinete), es una pésima señal.

Bandazos en la administración Trump

La dimisión de Mattis es, si cabe, aún más grave debido al contexto en la que se produce: la administración Trump, ahora mismo, parece estar dando bandazos en todos los frentes. En materia de defensa, el presidente anunció por Twitter el martes que iba a sacar las tropas de Siria sin consultarlo con nadie, haciendo saltar por los aires media política exterior americana en oriente medio. El jueves hizo algo parecido con una reducción de tropas en Afganistán. Es posible que salir de Siria sea buena idea (es más, creo que Trump aquí tiene razón), pero no hay ningún precedente de que un presidente rompa con su propia administración de este modo.

En política doméstica lo bandazos han sido si cabe aún más pronunciados. Trump sigue obsesionado con construir un muro en la frontera con Méjico, algo que no ha conseguido sacar adelante durante estos dos años de mandato. Con un congreso en funciones tras la derrota electoral del mes pasado (los nuevos legisladores no toman posesión hasta el mes que viene), Trump ha decidido que vetará cualquier presupuesto que le envíen si no incluye como mínimo 5.000 millones de dólares para fortificar la frontera. El problema, en este caso, es que el presidente no tiene los votos para sacar eso adelante, ya que necesita al menos 60 apoyos en el senado. En Estados Unidos, cuando no hay presupuestos, el gobierno federal cierra, así que es muy posible este fin de semana el país envíe un montón de funcionarios a casa sin paga.

Trump ha decidido que vetará cualquier presupuesto que le envíen si no incluye como mínimo 5.000 millones de dólares para fortificar la frontera

Los cierres de gobierno son inusuales, pero no es algo sin precedentes; Obama tuvo un par, Clinton también, y Trump tuvo uno cortito este año. Lo que sucede normalmente es que congreso y presidente se intentan echar la culpa mutuamente del fracaso, y normalmente uno de los dos acaba por ceder cuando ve que está perdiendo en los sondeos. En este caso, Trump ha dicho que no sólo es culpa suya, sino que está orgulloso de cerrar el gobierno por el dichoso muro, dejando a sus compañeros de partido sin margen de maniobra alguno – y más aún cuando de aquí un par de semanas los demócratas tendrán mayoría en una de las cámaras.

De fondo, mientras tanto, tenemos las investigaciones judiciales. Un juez federal acusó a Michael Flynn, ex asesor de seguridad del presidente y que ahora colabora con la investigación contra el presidente, de haber vendido el país durante la campaña. La semana pasada Michael Cohen, ex abogado de Trump, fue condenado a tres años de cárcel por delitos cometidos durante la campaña presidencial siguiendo órdenes del entonces candidato. Tras una investigación por parte del fiscal del estado de Nueva York, los Trump se han visto obligados a cerrar la fundación familiar, después de que multitud de investigaciones periodísticas dejaran claro que era un chiringuito fraudulento. Nadie se acuerda ya de la dimisión de Ryan Zinke, el secretario de interior,  el viernes pasado tras un alud de casos de corrupción.

Lo más increíble es que Trump anda metido en todos estos berenjenales con el paro por debajo del cuatro por ciento, sin crisis internacionales de calibre (aparte de las que él mismo ha creado, se entiende), y sin que la investigación de Robert Mueller haya presentado sus conclusiones aún, si es que hay algún crimen por encontrar (lo hay, pero demos el beneficio de la duda). Cuando en enero los republicanos pierdan el control del congreso, el presidente estará aún más aislado.

¿Puede Donald Trump recuperarse de estas dos semanas horribilis de diciembre? Sin duda; las elecciones del 2020 están aún muy, muy lejos, y ocupar la presidencia le permitirá marcar la agenda de los próximos años. Aun así, el hecho que Trump esté deambulando de crisis en crisis ahora, cuando todo va bien y sus compañeros de partido controlan el legislativo, hace que eso me parezca difícil de creer.

Mattis no es el primer miembro del gobierno de Trump en decir en voz alta que el presidente no tiene el temperamento, carácter y disciplina para ocupar el cargo. Diría que tiene razón.

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