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Miguel Ángel González

Opinión

El árbol caído

El Emérito, como lo llaman, fue un rey campechano que supo rodearse de lo peor, pero lo que vale ahora, más que su biografía, es lo que representa

El rey Juan Carlos I.
El rey Juan Carlos I. Efe

Cuando llega la desgracia, que siempre llega, los de alrededor dan un respingo. Los enemigos quieren la cabeza, como es natural, pero los de alrededor dan un respingo, miran primero para otro lado y luego se unen ya a la turbamulta, a sudar todos a una contra el hundido. No es raro ver esas escenas patéticas: las hienas dando vueltas hasta encontrar la ocasión del zarpazo. Es más patético aún cuando la víctima fue un grande, porque las alimañas suelen coincidir con los que antes eran palafreneros y medio libertos que hicieron sus negocios pingües al amparo del caído. Preparan ya la siguiente comilona para mostrar que ellos nunca estuvieron allí. Igual que antes España se volvió antifranquista en apenas un par de días, andan todos ahora buscando traje de antimonárquicos no sea que. Aguardan días de júbilo.

El Emérito, como lo llaman, fue un Rey campechano que supo rodearse de lo peor, pero lo que vale ahora, más que su biografía, es lo que representa. Ha sido mucho tiempo imagen de España, del momento más próspero y libre de España, pese a las dudas iniciales y aquello del golpe de febrero. Y ha colaborado para traer al país importantes cantidades de dinero, lo que resulta de suma importancia si es que, como parece, el dinero es una de las cosas que se están juzgando en este momento. Estamos esperando a que los investigative reporters echen las cuentas y digan cuánto ganó España con sus mediaciones y embajadas, aunque fuera entre califas absolutos, y cuánto se llevó para él solito sin decir nada a nadie. Comparar es saber, y saber si el ex Rey ha sido rentable puede ser un buen comienzo para una valoración más ecuánime, al menos entre gente que use de vez en cuando la razón y no la tripas.

Si el antiguo Rey es culpable, ya lo dirán los jueces y habrá de penar él lo que le corresponda. Aunque ahora eso (es decir, que la justicia dictamine) parece lo que menos importa

Pero no solo estaría bien que los periodistas se sacudieran su pereza habitual, se quitaran la costra ideológica y buscaran esos datos, sino que a ellos deberían adjuntarse las ganancias amasadas, a la sombra larga de ese Emérito, por empresarios, asociaciones y otras entidades, empezando quizá por los partidos políticos, los sindicatos y hasta los grupos de comunicación. Si se trata de echar cuentas, echémoslas del todo, y luego ya que cada palo aguante su vela. Si el antiguo Rey es culpable, ya lo dirán los jueces y habrá de penar él lo que le corresponda. Aunque ahora eso (es decir, que la justicia dictamine) parece lo que menos importa, porque la sentencia está ya echada y el descrédito consumado.

Está muy mal que hayan hecho irse al Emérito, aunque esté en los Emiratos a cuerpo de rey. La masa veleidosa presionaba y, en vez de aplaudirlo como tantas veces, ahora quería la cabeza. Un gobierno serio no lo habría permitido y habría dejado sin más que la Justicia siguiera su camino, cada cual a lo suyo. Pero el presidente de los dedos vertiginosos ignora qué sea la división de poderes, porque es ya el presidente de un régimen demagógico: pan, circo y veraneo en palacios.

Su hijo debería haberse negado a tragar con esa solución de tebeo y dejar de salir como mirando para otro lado

El Rey, y más un rey caído, tiene que estar en su sitio y recibir el trato judicial y popular que le toca. Lo que ha de hacer es volver cuanto antes, mirar a la cara y cumplir la pena, si es que la hay. Su hijo debería haberse negado a tragar con esa solución de tebeo y dejar de salir como mirando para otro lado. Pero en España ya solo van quedando personajes de tebeo, empezando por la misma recua de súbditos, que andan ahora borrándole el nombre de los sitios con el mismo entusiasmo con que hace poco se ponían de escabel delante de sus zapatos. Lo siguiente sería un gossip show con el Emérito, que tampoco es que fuera a ser muy distinto de un Telediario. Y aun así no sería él lo patético, sino más bien la tropa de los comentaristas y la barahúnda de los espectadores, raudos en coger la leña del árbol caído para calentarse este invierno, que tiene ya pinta de invierno viral. Para los fríos, la cabeza de un rey puede ayudar a digerir mejor el tóxico de la servidumbre.

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