A Javier Cercas no lo invitaron a TV3 para que hablara de su nueva novela. Tampoco para escuchar lo que tuviese que decir sobre la adaptación teatral que hará Alex Rígola de Anatomía de un instante o su opinión como ciudadano. Lo hicieron para lincharlo mejor. No en plató ni de manera frontal, sino con esa versión informe, fuenteovejunesca y opaca de la turba digital, tan del gusto del independentismo. Apreteu en versión Twitter y con bots incluidos.

Durante la emisión del programa, en la que Cercas habló del papel de Juan Carlos I en el 23-F o la democracia en España, una cuenta con 138 seguidores compartió en Twitter un vídeo en el que el escritor supuestamente pide la intervención del ejército en Cataluña. El clip se hizo viral, los insultos contra Cercas también. Hubo más de dos mil retuits y comentarios, entre ellos el de la diputada de Junts per Catalunya, Cristina Casol:“¿Qué hace en TV3 un promotor del levantamiento militar contra Cataluña? Esto no es libertad de expresión, es una televisión pública que da al fascismo una posición de privilegio”. 

En el vídeo Javier Cercas no pide una intervención militar, tampoco una invasión o un golpe de Estado. Se trata de una cita aislada del discurso que ofreció durante 2019 en el acto de entrega de medallas del Día de Extremadura. Valga decir que Cercas nació en el pueblo cacereño de Ibahernando, pero tras la marcha de su familia a Gerona, acabó estableciéndose en Cataluña. Es tan cacereño como catalán, el resultado de la suma de esas identidades. De ahí su presencia e intervención en aquel acto, por eso era suya la tarea de abrir el encuentro entre cuyos galardonados figuraba la Unidad Militar de Emergencia (UME) por su papel en la extinción de incendios forestales.

El trozo elegido por el independentismo para difundir en redes duraba 24 segundos, lo justo para dejar por fuera el contexto del acto y el corpus irónico de su discurso: un alegato a favor del aburrimiento en el que el novelista defendía las aventuras en la ficción, no en la política. Cuando la emoción entra en la cosa pública, venía a decir el novelista, sus efectos pueden ser incontrolables como un incendio, de ahí su gesto al general Alcañiz, entonces jefe de la unidad de la Fuerzas Armadas encargada de gestionar catástrofes. Arrancadas del conjunto, las palabras de Cercas resultaron intercambiables.

Lo ocurrido esta semana no sólo confirma la vocación segregadora del independentismo, es una advertencia: el acoso irá a más

Que a los fanáticos les molesta el humor, la sátira y la ironía es algo de sobra conocido, más aún si de secesionistas se trata. La primera novela de Milan Kundera (La broma, publicada en la Praga soviética de finales de los años sesenta) es uno de los muchos ejemplos de los que determinadas identidades propician cuando son elevadas a la categoría de dogma. En el caso de Javier Cercas se expresa, una vez más, la pulsión de quienes, presumiendo de libertad de expresión, estigmatizan, señalan y persiguen a quien piensa de otra forma. A la persecución canónica, se suman ahora las redes sociales y la información en tiempo real para señalar al hereje y al infiel. 

Javier Cercas no tiene nada que esconder ni lo ha hecho jamás. No es nueva su oposición con respecto al independentismo. Lo ha dicho siempre en sus columnas, textos e intervenciones públicas. Lo ha dicho en español y catalán. Desde 2019 con su ciclo de novelas protagonizadas por el mosso de squadra Melchor Marín (que le valió el Planeta y continúa ahora con su segunda entrega, Independencia) señala en la ficción lo que ya ha criticado en la realidad. Y se lo han hecho pagar: el periodista y exdiputado de la CUP Antonio Baños lo llamó “Millán Astray Cercas”, “sociópata” y “facha de Aliexpress”, y Pilar Rahola enfermo. Y como ellos, bastantes más. Lo ocurrido esta semana no sólo confirma la vocación segregadora del independentismo, es una advertencia: el acoso irá a más. Cercas lo sabe y por eso planta cara tras la oleada de insultos y amenazas. "Se pretende que yo me calle o me vaya; y ni me voy a callar, ni me voy a ir”, dijo esta semana al periodista Carlos Alsina en su programa Más de uno en Onda Cero.

En nombre de las pulsiones nacionalistas, las libertades excluyentes y los catecismos ciudadanos se han cometido unas cuantas tropelías. A los fascistas italianos, por ejemplo, les pareció libérrimo obligar a Toscanini a tocar la Giovinezza en el Teatro alla Scala. Estaban convencidos de que su verdad pesaba más que la libertad del músico a dirigir La traviata para el público que deseaba escucharla. Aquello le costó al director de orquesta el exilio en Nueva York. Si el himno fascista sonó en alla Scala alguna vez sería bajo otra batuta, pero no la suya... Impedir a los ciudadanos expresarse u obligarlos a replicar un dogma pretende una lenta doma por la vía del acoso y las agresiones ejemplarizantes, que acaban considerándose normales. A lo largo de los últimos veinte años años, escritores, periodistas e intelectuales como Félix de Azúa, Albert Boadella o Xavier Pericay han abandonado Cataluña ante la radicalización del independentismo y el nacionalismo. Han pagado el precio que a Javier Cercas ya han comenzado a cobrarle. Sonará la Giovinezza, pero no con su silencio por respuesta.