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Guadalupe Sánchez

Opinión

La mal llamada 'guerra cultural'

Los españoles hemos decidido remar para salvar al partido con el que simpatizamos en lugar de hacerlo para proteger nuestras libertades

Manifestación del 8-M en Madrid.
Manifestación del 8-M en Madrid. EFE

Un ejemplo extraordinario del supremacismo de la izquierda a la hora de imponer marcos de discusión en el terreno político es la asunción por los partidos y medios de comunicación de la existencia de eso a lo que denominan 'guerra cultural'. Se trata de otro 'constructo social' más parido por los herederos posmodernos de Lenin y Stalin que se ha interiorizado sin mayor discusión, tanto por el liberalismo como por la derecha más conservadora.

Tal y como sucede habitualmente con estas cosas, la utilización de la expresión 'guerra cultural' en el ámbito político es una de tantas ocurrencias estadounidenses que no hemos dudado en importar a nuestro país porque, como diría aquél, no nos gusta privarnos de nada. En el año 1991, al otro lado del charco, el sociólogo James Davison Hunter la acuñó en un libro para hacer referencia a la existencia de un conflicto entre valores que se consideran conservadores y los que el autor adjudica al ala progresista. Cita como ejemplos la tenencia de armas, la separación Iglesia/Estado, los derechos de los homosexuales o la censura, entre otros. Y de verdad que la interiorización colectiva y transoceánica de esta filfa es digna de análisis y estudio.

La izquierda y la libertad sexual

Para empezar, el reparto por bloques de determinados 'valores' en función de la ideología es de un simplismo que asusta, porque no se corresponde en absoluto con la realidad. Ya me dirán si no cómo se mastica que se posicione a la izquierda contra la censura y a favor de los derechos de los gays y lesbianas cuando los regímenes comunistas han abanderado desde el principio de los tiempos, aunque no en exclusiva, la supresión de las libertades de expresión y sexual.

Y no hace falta recurrir al pasado ni a regímenes totalitarios como el cubano o el norcoreano para refutar esta teoría de los supuestos valores progresistas. En nombre de las identidades colectivas oprimidas, tanto la izquierda norteamericana como ahora también la europea, están sentando las bases de la neocensura, siendo los republicanos americanos (especialmente los denominados libertarios) y los liberales europeos quienes están dando la batalla por la libertad de expresión.

La clave de una buena parte del voto conservador, según el Sr. Hunter, es el bajo nivel de estudios de los electores que encumbraron a Trump, cuya elección como presidente considera un insulto a la democracia 

Tampoco les sorprenderá que les cuente que el Sr. Hunter, padre de la criatura, en el año 2017 (sí, coincidiendo con la elección de Donald Trump) 'transicionó' hasta convertir lo que él había llamado 'guerra cultural' en una 'guerra de clases', en la que la gente con menos estudios creía que la corrección política era un problema que afectaba a sus libertades, mientras que para la gente más formada ('well-educated') no era así. La clave de una buena parte del voto conservador, según el Sr. Hunter, es el bajo nivel de estudios de los electores que encumbraron a Trump, cuya candidatura y elección como presidente viene a considerar un insulto a la democracia liberal aunque 'todavía no son una aberración'. De hecho, si se escarba un poquito más, encontramos declaraciones de Hunter alabando la retirada de estatuas y monumentos instada desde el movimiento 'black lives matter'. Según él, éstos representan “la persistencia de esa contradicción constante entre la igualdad declarada y la igualdad negada". Vamos, otra cosa que no se podía saber.

Después de esto, entenderán que personalmente lamente que desde el centro liberal y la derecha conservadora, incluyendo a gente a la considero especialmente brillante como Cayetana Álvarez de Toledo, se interiorice esta basura de la 'guerra cultural', y no sólo porque obedece a cuitas y debates en buena parte ajenos a la problemática europea, sino porque atribuye groseramente la defensa de determinados valores y derechos fundamentales a la izquierda mientras que identifica a la derecha con la negación y limitación de los mismos.

La dignidad humana, en juego

Claro que estamos inmersos en una confrontación, pero no es precisamente 'cultural'. Lo que está en juego son los derechos y libertades fundamentales inherentes a la dignidad humana y los principios en los que se sustenta la convivencia democrática liberal, que desde las instituciones se cuestionan y/o vulneran sistemáticamente. Imaginen un debate en el que los ponentes fueran, por un lado, un señor que defiende avanzar hacia un régimen totalitario (comunista o fascista) mientras que el otro argumenta a favor del Estado liberal y democrático de Derecho. ¿Aceptarían reducir una discusión de esas características a una mera cuestión “cultural”? ¿O les parecería una banalización reduccionista y peligrosa?

La política se ha convertido en una mera cuestión de suma de escaños para hacerse con el poder aún a costa de los derechos fundamentales

Lo peor de todo esto es que no hay guerra alguna porque, por desgracia, no hay bandos. Todos los partidos del Hemiciclo lo hacen. Miren si no el derecho fundamental a la presunción de inocencia, herido de muerte. Quienes no lo ignoran cuando la excusa es el sexo de la víctima, lo hacen si el pretexto es la nacionalidad. En esto no hay combate ni conflicto, porque es una guerra que como sociedad ya hemos perdido.

Los españoles hemos decidido remar para salvar al partido con el que simpatizamos en lugar de hacerlo para proteger nuestras libertades. Así que la política se ha convertido en una mera cuestión de suma de escaños para hacerse con el poder aun a costa de los derechos fundamentales, no hay más. Pero como eso es algo difícil de vender entre un electorado que necesita creer en la bondad intrínseca que guía al gobernante, anestesian al votante con un 'reto democrático' de nuevo cuño: que si la transición ecológica, que si la violencia de género o que si la memoria democrática. Nos embarcan en la eterna búsqueda del arcoíris una y otra vez. Y mientras intentamos vislumbrar los colores entre las espesas nubes, no nos percatamos de cómo socavan aquello que de verdad nos permite realizarnos personal y socialmente: nuestra libertad.

Triste es observar cómo nos obligan a intervenir en este campo de batalla. Algunos de verdad creen que aceptando determinadas premisas impuestas desde la izquierda serán perdonados. Lo cierto es que, al igual que en nombre de la identidad han resucitado algo tan infame como el derecho penal de autor (en el que la condena no depende del acto cometido sino de características personales del autor) en nombre del consenso se ha instaurado también una suerte de política de autor, en el que lo que importa no es el qué sino el quién. Porque no es lo mismo que el escracheado sea de izquierdas que de derechas, o que el Gobierno que nos mienta a diario sea popular o socialista. Cuando se quieran dar cuenta de que, mientras pensaban estar combatiendo ya se habían rendido, será tarde. Y no sólo para ellos, sino para todos.

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