El futuro de dos matrimonios acapara el interés político del momento. Una pareja por hacer y otra por deshacer. La primera, la de PP y Cs, ha empezado a deslizarse por el sendero de los adoquines amarillos que le conducirán al arcoíris de la fusión. Si Inés Arrimadas renuncia a asumir el papel de la Judy Garland de la película, ya ocupará alguien su papel. El mago de Oz de Génova ya se está moviendo.

La segunda pareja está instalada en el Gobierno y atraviesa por momentos de inestabilidad aparente, quizás anuncio de convulsiones futuras. El rosario de choques y encontronazos entre los dos elementos que integran el Gobierno de coalición son frecuentes y ruidosos, amén de que han subido de tono en las últimas semanas. No se trata precisamente del proceloso reparto de sillas en el vértice del Poder Judicial, asunto hablado y pactado entre los dos grandes del Hemiciclo, sino por un cúmulo de desencuentros entre los miembros de las dos familias que provoca chispas en los medios, un tanto fatigados del bucle catalán y la feroz pandemia.

Vuelan navajas y trompadas

El último episodio se refiere a los alquileres, trifulca que cae en el negociado de José Luís Ábalos, eje de casi todos los escándalos, desde el 'delcygate' hasta el viaje pachón y trincón a Canarias. Es conocida de sobra la táctica de Pablo Iglesias. Carente de ministerios de peso, opta por mantenerse a flote mediante el ruido y la enganchada, como esos chulillos de billar que apenas embocan a la de tres. Hoy ha sido de nuevo la Corona, mañana la democracia tullida, pasado los fondos europeos, o el capo de RTVE, o las pensiones, o la amnistía... El repertorio es denso y extenso.

Hace apenas un año, entre PSOE y Podemos “silbaba el amor como veinte mil teteras”, diría Conrad. Aquel cupido Frankenstein ha degenerado en la sombra del fantasma de un espejismo. Nada es ya lo que parece. Más que un Gobierno, es un descomunal trampantojo en el que resuenan las trompadas y vuelan sin tregua las navajas.

El nombre del juego tiene forma de acertijo. ¿Hasta cuando soportará Pedro Sánchez las descortesías de su molesto amigo? ¿Cuánto abusará Iglesias de la paciencia de su socio? ¿Hay fractura en ciernes? El acercamiento entre PSOE y PP ha movido a la general sospecha de que algo se fragua en las tripas del equipo estratégico de La Moncloa.

No ha pisado un hospital, consolado a un enfermo, animado a un sanitario, confortado a un anciano. Ese terrible capítulo de la serie ni lo ha visto, ni apenas le ha rozado

La teoría es, de tan simple, ramplona. Superado el trance de las elecciones catalanas, Sánchez pasa de pantalla y otea el horizonte. Ya se dispone a entrar en la nueva temporada, envuelto en un decorado de vacunas, fondos europeos, prosperidad y sonrisas. No ha pisado un hospital, consolado a un enfermo, animado a un sanitario, confortado a un anciano. Ese terrible capítulo de la serie ni lo ha visto, ni le ha rozado. Pasa ahora, tranquila y animosamente, a la siguiente entrega, una fase en clave de bonanza. Cierto que los cadáveres de la marea económica emergerán en otoño. Pero ya dispondrá de argumentos venturosos para esquivar la tempestad.

Quizás necesite entonces más ruido y furia en las calles, más gresca morada, más estropicio. Podemos consolidará su título de la izquierda salvaje y el PSOE, el suyo de izquierda prudente, sensata y europea. Será el momento del giro al centro, ese espacio ahora tan disputado. Se envolverá en doscientas mil descomunales banderas, como cuando la campaña de Iceta o la visita a Ayuso en Sol, recuperará sus discursos patrióticos y ornamentales, ampulosos y estériles, y recuperará los improperios que le dedicaba a Podemos y a los independentistas en la no tan lejana cita de las generales del 10-N. Hoy aquí, mañana allá, y España, chi lo sa? Es la apoteosis de la obscenidad, la hipocresía cósmica que siempre ha caracterizado al bonapartín de Tetuán.

La degradación se acelera

Iván Redondo escruta afanosamente un cargamento de análisis, sondeos, encuestas, en suma todo el aparataje 'big data' que tan virtuosamente maneja. No ha llegado el momento de la ruptura, dicen sus próximos. La coalición tiene vida por delante. Pero, ojo, la degradación se acelera, el estruendo se agiganta, los materiales se oxidan y el ruido de bofetadas empieza a ser insoportable. Hasta el PNV, tan insensible a todo salvo a la pasta, acaba de lanzar una advertencia: Si van a seguirse peleando, lo mejor es que rompan y no estorben.

Cuando el declive morado amenace aún más que ruina, cuando no salgan las cuentas de los sumandos, cuando Frankenstein esté listo para el desguace, el gurú presidencial apretará el botón nuclear de La Moncloa y el actual montaje saltará por los aires. Para entonces, Sánchez ya tendrá dispuesto su terno de pata de gallo socialdemócrata, se abrazará a González, le hará los coros a Draghi y se lanzará a por los restos del partido naranja. Volverá el PSOE de siempre, constitucional y sensato (como aquí apuntaba Vilches) y todo habrá parecido una amarga pesadilla. Casado, si no espabila, se quedará pasmado. "Os falta imaginación para seguirme", piensa Sánchez como el capitán Ahab, obsesionado con su ballena blanca, el leviatán de La Moncloa.