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Alejo Vidal-Quadras

Opinión

El régimen iraní, en el banquillo

Cada vez que Josep Borrell o gobernantes comunitarios estrechan la mano de Yavad Zarif la retiran manchada de sangre inocente

Zarif con Borrell.
Zarif con Borrell. EP

Si hay un puntal clave en las democracias auténticas es la separación de poderes, lo que conlleva la existencia de un sistema judicial independiente e imparcial. Los gobiernos europeos y el Servicio Europeo de Acción Exterior, hoy encabezado por el ex-ministro de Asuntos Exteriores español Josep Borrell, llevan décadas intentando apaciguar al régimen teocrático de Irán mediante el diálogo, la negociación y las concesiones. El acuerdo nuclear firmado en 2015 por la UE, Francia, Reino Unido, Alemania, Estados Unidos (retirado en 2018), China y Rusia con Irán, el conocido por sus siglas en inglés, JCPOA, es una muestra palpable de esta estrategia de la distensión pusilánime. Sin embargo, mientras la rama ejecutiva de los Estados occidentales persiste en este esfuerzo inútil de domesticar a un enemigo indomesticable, los tribunales empiezan a desperezarse para poner en su sitio a la banda de criminales que rige los destinos de la antigua Persia desde que Jomeini tomó las riendas del país en 1979.

La Justicia sueca ha procedido a la detención de Hamid Noury, un notorio torturador y asesino que participó activamente en 1988 en la ejecución de 30.000 prisioneros políticos, en su inmensa mayoría miembros de la organización opositora Mujaidines del Pueblo de Irán, que o bien se encontraban cumpliendo sentencia en distintas cárceles o ya la habían cumplido y fueron secuestrados de sus domicilios para ser ahorcados. La prueba de la impunidad que los verdugos del pueblo iraní están convencidos que les protege cuando se desplazan a Europa es que este carnicero se encontraba tan feliz de visita en Suecia, sin que se le pasase por la cabeza que nadie le iba a importunar. Esta vez, afortunadamente, una denuncia a tiempo alertó a la fiscalía y en estos momentos Noury espera en una celda el comienzo de un juicio por crímenes contra la humanidad que es de desear culmine en la severa condena que su larga biografía de atrocidades merece.

Noury se recreó en las peores vejaciones contra hombres y mujeres indefensos -sin que las embarazadas o los menores escaparan a su crueldad- cuyo único delito era la disidencia política

La lista de acusadores y de testigos que han comparecido ya ante los fiscales suecos es larga y sus relatos, debidamente documentados y precisamente detallados, escalofriantes. Hamid Noury no sólo se mostró extraordinariamente activo llevando a sus víctimas al patíbulo, sino que se recreó en las peores vejaciones y agresiones físicas y psicológicas contra hombres y mujeres indefensos -sin que las embarazadas o los menores escaparan a su crueldad- cuyo único delito era la disidencia política.

Ahora bien, este monstruo repulsivo no actuó así de manera aislada ni era un psicópata incontrolado. Formaba parte de todo un entramado siniestro fruto de una ideología totalitaria en la que la más insignificante e inofensiva muestra de oposición o de crítica implica el encarcelamiento, la tortura o la muerte. De hecho, no pocos de los organizadores y funcionarios al mando de aquella masacre, entre ellos el actual Líder Supremo y sucesor de Jomeini, el presidente de la República Islámica, el ministro de Justicia y el equivalente a nuestro presidente del Tribunal Supremo, se cuentan entre los responsables y jamás han tenido que responder ante una instancia internacional o sufrido ningún reproche por parte de sus interlocutores políticos europeos. Los incontables cadáveres de la matanza de 1988 fueron enterrados en fosas comunes anónimas sobre las que se han construido otros cementerios, edificios o carreteras para borrar la infamante huella del horror cometido.

Financiar conflictos bélicos

La benevolente complacencia del Alto Representante de la UE para la Política Exterior y de Seguridad Común y de las cancillerías de los Veintisiete con el régimen iraní es absolutamente escandalosa y solivianta la conciencia de cualquier ciudadano europeo medianamente decente. Al menos sesenta millones de iranís viven en condiciones de pobreza, su divisa perdió en 2020 la mitad de su valor, el propio gobierno iraní admite una inflación superior al 50%, lo que implica que la cifra real debe ser bastante superior y los fallecimientos por coronavirus exceden los doscientos mil. Pese a este desolador panorama económico y sanitario, el régimen gasta decenas de miles de millones de euros en guerras en Siria, Yemen, Somalia o Iraq, fomenta el terrorismo en todo el mundo y en suelo europeo en particular y sus gerifaltes se llenan los bolsillos saqueando los recursos de la nación. Recientemente, en Noviembre de 2019, las protestas callejeras por este intolerable cúmulo de abusos se saldaron con mil quinientos muertos por disparos de francotiradores de la Guardia Revolucionaria o de grupos paramilitares con órdenes de apuntar al pecho o a la cabeza de los manifestantes desarmados.

Mientras la vergüenza -si la tuvieran- cubre a los gobiernos europeos y al SEAE por sus tratos cordiales con un régimen de estas características, los jueces en Bélgica -la sentencia sobre el frustrado atentado en 2018 en Villepinte (Francia) se conocerá el 22 de este mes de Enero- y en Suecia -el juicio a Hamid Noury arrancará pronto- se disponen a arrojar luz sobre unas tinieblas largamente ignoradas por aquellos que debieran ser los primeros en denunciarlas. Cada vez que Josep Borrell o gobernantes comunitarios estrechan la mano de Yavad Zarif la retiran manchada de sangre inocente. Ojalá pronto las togas devuelvan a Europa la decencia que sus gobiernos nacionales y las instituciones de la UE le niegan.

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