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Jorge Vilches

Opinión

El intelectual de Podemos

Bajo el discurso florido, repleto de términos sociológicos y pretendidamente filosóficos, en Podemos rezuma el deseo de ejercer un poder regulador hasta la náusea, que margine al disidente

El diputado de Podemos Íñigo Errejón.
El diputado de Podemos Íñigo Errejón. EFE

Contaba el ensayista francés Shlomo Sand en su libro “¿El fin del intelectual francés?” que en los años sesenta un amigo barbudo, de esos que transitaban entre la espontaneidad de las masas proletarias y la revolución cultural maoísta, se presentó en una reunión de un partido de izquierdas radical. La sala estaba repleta de burgueses que jugaban al bolchevique de mesa camilla, de esos universitarios con gafas, paseantes con libro bajo el brazo. De pronto, alguien entró en el local, las voces se convirtieron en exclamaciones de admiración, y la gente le hizo un pasillo. El barbudo creyó que había entrado el líder del grupo, y preguntó a los militantes que tenía al lado. La respuesta fue definitoria: “¡Es el obrero!”. 

No dudo de que el amigo de Shlomo Sand tendría hoy la misma sensación chocante con Podemos, y en especial con Iñigo Errejón. Es decir; con estos burgueses que se dedican a hablar sobre la “clase trabajadora”, la gente, el pueblo o “los de abajo” desde la demagogia y la superioridad moral típica de la izquierda. No en vano, Errejón prologó un libro con ese título.

Aquellos revolucionarios de los sesenta pusieron en marcha toda una fraseología calculada para lograr la apariencia de intelectuales. La razón, el conocimiento y la cultura, todo en uno, decían, estaban comprometidas con el socialismo. Era parte de la agitación y la propaganda, claro, porque al otro lado, como escribió entonces el conservador Oakeshott, no había respuesta.

Allí donde las ideas de los revolucionarios sesenteros se pusieron en marcha, no hubo más que fracaso, violencia y hambre: el modelo bolivariano

La imagen era, y es, casi todo en política. Esos hombres de los 60 y 70 consiguieron transmitir que eran la modernidad, y se dedicaron a instalarse en la educación y en los medios para cambiar el mundo. Eran gramscianos, una forma de decir que usarían el sistema educativo y la sociedad del espectáculo para adoctrinar a la gente y crear una hegemonía cultural que se tradujera en una hegemonía política.

Fue el respeto intelectual hacia aquel movimiento lo que permitió su acceso a los instrumentos educativos y culturales para moldear a su gusto la mentalidad de su época. Ya lo advirtió Raymond Aron en 1969, en París, en medio de una persecución a su persona: esos alegres muchachos de Mayo venían a acabar con la libertad en nombre de un concepto falso de democracia.

Esto mismo pasa con los “intelectuales” de Podemos: bajo el discurso florido, repleto de términos sociológicos y pretendidamente filosóficos, rezuma el deseo de ejercer un poder totalitario, regulador hasta la náusea, que margine al disidente. Allí donde las ideas de los revolucionarios sesenteros se pusieron en marcha, no hubo más que fracaso, violencia y hambre. Hoy pasa lo mismo: el modelo bolivariano, intelectualoide y populista, es una tiranía que solo causa hambruna y éxodo.

Las excusas de la Nueva Izquierda de los 60 para que el paraíso no llegara o se frustrara eran el imperialismo y la oligarquía financiera, que es la misma justificación barata de Iñigo Errejón a lo que pasa en Venezuela. En aquel entonces, esos izquierdistas tenían vocación de movimiento único, obrero, popular, y recogieron la idea trotskista de tomar por la base otras organizaciones y bolchevizarlas.

Errejón maneja de forma equívoca conceptos que invitan a la preocupación, como los de “verdad” o “normalidad”, o expresiones como “construir patria”

Eso mismo creyó Errejón que era posible. Pretendió llenar el vacío discursivo del PSOE e IU con conceptos que parecían explicarlo todo, articular un táctica transversal, populista, de “núcleo irradiador” y “sectores aliados laterales”, y convertir a Podemos en la casa común de la izquierda. Hoy los suyos (mal) gobiernan en el Ayuntamiento de Madrid, con un partido socialista casi desaparecido al que Errejón quiere terminar de absorber.

Sin embargo, no hay más que poner al intelectual frente a sus contradicciones y carencias, sus ensoñaciones librescas de ingeniero social, para tener una exacta medida del político. Es él, “¡es el obrero!”, que decía el amigo de Sand. Fuera de la retórica populista pretendidamente académica, esa que Errejón pasea en platós amigos, hay un proyecto totalitario y empobrecedor. No hay más que ver la tiranía de Maduro que aún defiende.

Ya no se trata de que insulte a la inteligencia  y a la dignidad cuando afirma que los venezolanos hacen “tres comidas al día”, o que aquel país empobrecido ha disfrutado de “drásticos progresos”. Sino que maneja conceptos que invitan a la preocupación, como los de “verdad” o “normalidad”, o expresiones como “construir patria”. “Lo más radical que pueden hacer las fuerzas transformadoras -ha declarado- es construir normalidad”, que es el trasunto de frases proferidas por los liberticidas de la Europa de entreguerras.

No hay duda de que son ellos, este nuevo clero, los que quieren establecer la verdad y lo normal, ya que, según han dejado por fin por escrito, sus valores tienen una superioridad moral universal, irrevocable e imparable. “Nada podrá detener la marcha de la Historia”, sentenciaba su venerado Fidel Castro, como si el devenir histórico tuviera un sentido predeterminado que ellos, esos intelectuales, han descifrado para nuestra felicidad.  



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