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Andrea Mármol

Opinión

El insufrible paternalismo de Carmen Calvo

Sepa, apreciada ministra de Igualdad, que muchas mujeres nos negamos a aceptar que nuestra suerte vaya atada al perjuicio de los hombres. Y que lo reaccionario es lo suyo, no lo nuestro

La vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo
La vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo EFE

“Reformemos la Constitución para incluir en ella uno de nuestros mayores avances: la igualdad entre hombres y mujeres”. Le corresponde al presidente del Gobierno la autoría de semejante barbaridad ambivalente, pues cabe aproximarse a ella con cautela antes de desecharla del todo: es cierto que la igualdad entre hombres y mujeres es uno de esos “mayores avances”, pero, si así es, ¿por qué recogerlo en una Constitución que ya vela por ello en su artículo 14? Un artículo, por cierto, que debe ser casi revolucionario reivindicar habida cuenta de las barbaridades que propugna este Gobierno desde su privilegiada posición de altavoz machacón para las conciencias de los ciudadanos, cada vez menos dispuestas a tragar con moralinas electoralistas.

Pedro Sánchez celebraba a su manera la Constitución con esa frase, que es la forma que tiene el Gobierno de reivindicar nuestro proyecto común, a saber, propugnar que si la democracia española existe, lo hace a pesar de los valores que la cimentaron. Había motivos pues, desde el minuto uno, para pensar que la asignación de la cartera de Igualdad a la vicepresidenta Carmen Calvo no era sino una pose que entrañaba la patrimonialización de las mujeres y la utilización de las mismas para fines, en el mejor de los casos, propagandísticos. Pero, como siempre, conviene ponerse en el peor escenario. Con anterioridad, Calvo había hecho gala de su estrecha concepción sobre los hombres y las mujeres, a los que suele referirse como conjuntos monolíticos con atributos exclusivos para cada sexo, casi como si les vinieran impuestos por una suerte de divinidad. Pero el jueves cruzó una línea que excede lo simbólico y lo gratuito y la mera propaganda.

Calvo habla de las mujeres como quien habla de algo exclusivamente a ‘proteger’, descartando, por puro prejuicio, que nadie deba ser nunca protegido de nosotras

En la Comisión de Igualdad del Senado, a la que quizás habría que dar comienzo en cada sesión con la lectura del texto constitucional para evitar bochornos a sus señorías, la nada menos que vicepresidenta de España explicó que para “proteger la libertad sexual de las mujeres” -urgen las comillas- se nos tiene que creer “sí o sí”. Y algo así como que hay que asumir “nuestra verdad”, un precioso oxímoron que da al traste con labores académicas de siglos. Si existe “nuestra” verdad, existe la “suya” y así acabamos en la equidistancia exquisita entre demócratas y golpistas. Pero vayamos al núcleo del asunto: Calvo habla de las mujeres como quien habla de algo exclusivamente a “proteger”, descartando, por puro prejuicio, que nadie deba ser nunca protegido de nosotras, como si la norma que nos hizo libres e iguales a todos lo hubiera hecho sólo en bondades y fortunas y no también en desgracias y deseos inconfesables.

Hay que gozar de una experiencia personal muy pobre, o tener más cara que espalda a la hora de colar el argumentario del día, para creer que nadie iba a apreciar la irresponsabilidad de sus palabras. Creo, sin embargo, que esta nuestra vicepresidenta aúna ambas, pero también que dice lo que dice por algo bastante problemático: porque no cree que las mujeres seamos tan ciudadanas como los hombres ni tan poseedoras de derechos y obligaciones como ellos. Sólo desde ese punto de vista puede defenderse en sede parlamentaria y con micrófonos que nosotras, por el hecho azaroso de nacer mujeres, estamos en condiciones de arrebatar el derecho a la presunción de inocencia a conciudadanos que comparten otra característica no menos aleatoria como es su sexo. Calvo no sólo se equivoca sino que además desprecia y perjudica a las mujeres, que merecemos ser tratadas como adultas, o sea, como personas capaces de valorar lo suficiente las conquistas en materia derechos como para no convertir esa senda en un enfrentamiento con los hombres, sino todo lo contrario.

Es sencillo. Un demócrata puede sentirse ofendido por la libre expresión de pensamientos de un tercero, pero descree de la censura a esas opiniones porque teme que la arbitrariedad pueda afectarle algún día a él. Los ciudadanos no nacionalistas saben que los privilegios que los políticos regionales demandan podrían beneficiarles, mas se oponen a ellos porque rechazan hacerlo a costa de los derechos de sus conciudadanos. Pues sepa, apreciada ministra de Igualdad, que muchas mujeres nos negamos a aceptar que nuestra suerte va atada al perjuicio de los hombres. Y que lo reaccionario es lo suyo, no lo nuestro. Y lo “nuestro” es como esos avances de los que habla Sánchez: no de las mujeres y tampoco de los hombres, de todos. Estoy convencida de que la mayoría de españoles no quieren que las mujeres dejemos de ser tuteladas por los hombres para ser tuteladas por los prejuicios de nadie. Y menos de alguien que ni siquiera parece haberse leído la Constitución.



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