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Alberto J. Gil Ibáñez

Opinion

Las dos Españas y el desprecio por lo común

En España despreciamos lo que nos une, lo que compartimos, cuando en pleno siglo XXI alentamos privilegios territoriales, más propios de la Europa feudal

La canciller alemana Angela Merkel y el presidente español Pedro Sánchez.
La canciller alemana Angela Merkel y el presidente español Pedro Sánchez.

Lo de que España es diferente (“Spain is diffent”) fue curiosamente un lema surgido durante el franquismo para vender el turismo, que rápidamente fue aprovechado por los nacionalistas-separatistas para sostener que España era ciertamente diferente, pero no por ofrecer bellezas singulares, aventuras sin igual o un carácter más auténtico, sino porque, sin que casi nadie lo hubiera advertido hasta entonces, se trataba de la única nación de Europa occidental con siglos de historia que en realidad…, no era tal ni lo había sido nunca.

Y, sin embargo, si España resulta un caso atípico, comparada con el resto de los Estados reconocidos por la ONU, es debido a sus fronteras estables y claras, su continuidad en el tiempo, su permanente reconocimiento a lo largo de la historia como unidad política y económica y…, a su cohesión cultural y lingüística ya que aquí, a pesar de las diversas lenguas que subsisten, el castellano siempre ha sido una lengua franca en la que se entendían todos los habitantes de España.

¿España diversa? Claro, de las 10.000 flores conocidas en Europa, más de la mitad se encuentran en España. Pero aparte de esta diversidad, por lo demás somos un país de lo más normal, y no menos homogéneo que la mayoría de los países de Europa y del mundo. China contiene cincuenta y seis grupos étnicos diferentes y nadie discute su unidad nacional. E incluso otras naciones pretendidamente más unitarias presumen de ser más diversas que nadie, y en concreto más que nosotros. Así, el historiador francés F. Braudel señala: “Francia es diversidad’ (…) Inglaterra, Alemania, Italia o España, miradas de cerca, son también ellas mismas diversas, pero no ciertamente con la misma profusión o la misma insistencia. Siendo así que no hay una Francia una pues lo que hay son Francias, así como no hay una Bretaña, sino que hay Bretañas, una Provenza sino Provenzas”. Claro, siendo franceses, puestos a ser diversos “tienen que” ser los más diversos del mundo; cuestión de mantener alta la auto-estima colectiva, hecho nada baladí.

Pero tal vez sí exista después de todo un aspecto que nos diferencia del resto, y es el sorprendente e incompresible menosprecio por todo aquello que nos une o que compartimos, lo que representa el interés general; es decir, lo común. Esto se mostraría por de pronto en cómo enfocamos nuestra propia Historia como un relato de malos y malos, resaltando más aquellos aspectos que más nos dividen o debilitan, mientras ocultamos o cuestionamos nuestras grandes gestas o las hazañas que hicieron nuestros antepasados…, los de todos.

Mientras otros tienen que aplicar diversas artimañas para fabricar sus héroes o redecorar su vida con biografías pagadas al peso (los casos de Napoleón o Ricardo Corazón de León resultan paradigmáticos), nosotros tiramos piedras sobre el tejado que nos cubre a todos. Nuestro pasado “tiene que ser” peor que el del resto, aunque John H. Elliot demuestre, por ejemplo, en referencia a la España de los Habsburgo, que, en contra de lo se ha dicho, las supuestas especificidades españolas que entonces se daban ―despilfarros de la Corte, el parasitismo de la burocracia, la abundancia de licenciados universitarios sin empleo, el desprecio generalizado por el trabajo manual y la inclinación a la pereza― formaban parte de igual modo de la Francia de Luis XIII y la Inglaterra de Jacobo I. Algo similar cabría afirmar de otras épocas, incluida ésta.

Un mito compartido

Este desprecio de lo común viene también de la insistencia obsesiva en dividir el país en, al menos, dos mitades: no ya norte-sur, izquierdas-derechas, taurinos-antitaurinos, sino los que creen que España “es” y los que piensan que “no es”. Ciertamente lo de las dos Españas irreconciliables no es patrimonio exclusivo nuestro. J. Pérez ha sostenido que este el mito se encuentra de forma semejante en otras naciones europeas. De hecho, paradójicamente, el ensayista y crítico literario portugués, Fidelino de Figueiredo, que escribió un libro titulado precisamente Las dos Españas, era él mismo un producto de los dos Portugales ─estuvo en España exiliado entre 1927 y 1929, huyendo del régimen portugués, y luego en Brasil entre 1938 y 1950─, a pesar de lo cual, tuvo tiempo para descubrir que en todas las literaturas ibéricas latía una misma unidad espiritual (cfr. Pyrene escrita en 1935).

No obstante, ciertamente nuestros escritores y poetas han hecho especial hincapié en el enfrentamiento irreconciliable como verdadero carácter nacional. Larra hablaba de la “media España muerta de la otra media” y Antonio Machado (Proverbios y cantares) proclamaba que “Una de las dos Españas ha de helarte el corazón”. Por algo será. Mostramos una tendencia casi congénita ─a pesar de nuestra hoy denostada Transición y el consenso que la permitió─ a dividirnos cada vez en más pedazos, y por tanto a debilitarnos. Despreciamos lo común cuando en pleno siglo XXI justificamos o incluso alentamos privilegios territoriales, más propios de la Europa feudal.

¿Por qué en Alemania ─con un pasado para hacérselo mirar─ derechas e izquierdas puedan pactar un “gran” gobierno de concentración, incluso más de una vez, y aquí resulte tarea imposible?

Despreciamos lo común cuando nos empeñamos en resucitar el mito de las dos Españas, con gran regocijo de nuestros adversarios o competidores, encantados de vernos pelearnos a bastonazos porque nos prefieren enfrentados que remando juntos en la misma dirección. Despreciamos lo común cuando permitimos que empresas que querían venir aquí, huyendo del Brexit, acaben huyendo igualmente de nosotros yendo a otro lado.

Y despreciamos lo común cuando somos incapaces de formar gobierno por dos veces en cuatro años, aunque estemos sufriendo el desafío territorial rupturista más grave de nuestra historia, nuestra deuda alcance el 100% del PIB o se avecine un crisis económica de campeonato. ¿Por qué en Alemania ─con un pasado para hacérselo mirar y muchos menos problemas que nosotros─ derechas e izquierdas puedan pactar un “gran” gobierno de concentración, incluso más de una vez, y aquí resulte tarea imposible? ¿Por qué en Italia cuando el parlamento está muy dividido, partidos de derechas e izquierdas se ponen de acuerdo para formar un gobierno presidido por un independiente y aquí parecida estrategia resulta estrambótica? Tal vez para resolver esta y otras crisis que nos acucian baste anteponer, como hacen el resto de naciones, lo común sobre los intereses particulares, partidistas o territoriales. Para ello sería suficiente aplicar el sentido más importante de todos, el sentido “común”. No lo despreciemos también.

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