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Antonio López Ortega

Opinión

La injerencia según Pedro Sánchez

Lo mínimo que deberíamos exigirle a un estadista es que las palabras correspondan a verdades. Venezuela no es nación porque está secuestrada, ni país, porque responde a intereses foráneos

Pedro Sánchez.
Pedro Sánchez. EFE

Tuvo que ser esa palabra, injerencia, tan próxima a la neolengua del Chavismo, la usada por el presidente Sánchez en sus recientes declaraciones en Chile para despachar la crisis venezolana. Ha podido usar otras, por supuesto, de la milenaria lengua castellana, como desamparo, desgracia, desarraigo, tragedia, dolor y hasta muerte, tan cercana hoy a ancianos e infantes. Pero no, más bien prefirió salirse por la tangente e ignorar la violación de derechos humanos, la cárcel o inhabilitación de políticos, la tortura a parlamentarios, la muerte de estudiantes, el ahorcamiento de medios y el acoso sistemático a empresas y negocios. Una de las embajadas europeas que mejor conoce la situación venezolana es precisamente la española, y bastaba con una llamada telefónica para ponerse al día de inmediato, y con lujo de detalles, de todo lo que ocurre en la superficie y también en las honduras, donde verdaderamente se cuecen las habas. Por lo demás, se hace difícil creer que el presidente haya desestimado los penetrantes informes de su cancillería y preferido algún consejo de sus socios parlamentarios.

Ante lo que sucede en Venezuela, España no puede manifestar tan sólo ‘profunda preocupación’, que es lo que se suele expresar ante una erupción volcánica

El presidente también propuso desde Santiago que “Venezuela dialogue consigo misma”, como si Venezuela tuviera entidad, formas, instituciones o legalidad. No hay partes para ese diálogo, sépase bien, porque en Venezuela sólo monologa un ogro, que antes pudo dárselas de filantrópico, pero que ahora raspa las arcas para su exclusivo beneficio. Es tanta la desnudez del país, tanta la pobreza de medios, que al menos deberíamos llamar la desgracia por su nombre y no usar subterfugios, que es precisamente lo que hace esa camarilla que se hace llamar Gobierno: pintar un país inexistente, sin emigrantes, sin desnutridos, sin enfermos, sin presos, sin muertes. En su historia de casi dos siglos, la mejor Venezuela pugnó por ser republicana, pero han bastado dos décadas de dictadura, antes solapada y ahora frontal, para dejar de ser nación (porque está secuestrada), país (porque responde a intereses foráneos), territorio (porque se abandona) o población (porque huye). Lo mínimo que deberíamos exigirle a un estadista es que las palabras correspondan a verdades.

¿Qué opinión le valdrán al presidente Sánchez las posiciones de la OEA, del Grupo de Lima, del Parlamento Europeo, del Departamento de Estado? España tiene con Venezuela un involucramiento histórico de siglos para manifestar tan sólo “profunda preocupación”, que es lo que una cancillería suele expresar ante una erupción volcánica, o un viaducto caído, o una inundación inesperada. Pero no ante una situación inédita como la de Venezuela, en la que expresar, incluso, algo como un estado de alarma puede quedarse corto. Asistimos a un verdadero desmembramiento, a un quiebre de nociones, a la real posibilidad de que un país estalle por los cuatro costados, si es que ya no está dando señas de ahogado. Y las realidades nos obligan a pensar como antes no pensábamos. Sánchez expresa, por ejemplo, que no quiere injerencias, pero justamente ahora, países como Colombia, Ecuador, Perú y Brasil tienen que velar por la vida de dos millones de emigrantes venezolanos, etiquetados por la neolengua como “limpiapocetas”. ¿Quién injiere a quién en este caso?

Se hace difícil creer que el presidente haya desestimado los informes de su cancillería y preferido algún consejo de sus socios parlamentarios

Sánchez estuvo acompañado en estas primeras declaraciones de gira continental por su homólogo Sebastián Piñera, quien al menos admitió que Venezuela “dejó de ser una democracia”. Y en esa partícula, dejar de ser, me parece que se apunta más y mejor al caso venezolano, porque si algo luce claro hoy es que Venezuela deja de ser algo con cada día que pasa. Los nombres se suceden de manera vertiginosa, pero siempre de más a menos, comenzando por nación, que lo fue antes del cáncer dictatorial, y terminando por un rosario de opciones de las que se enorgullecen los terminólogos: ¿autarquía militar, narcodictadura, autocracia? La última novedad de los especialistas de entorno es hablar de capocracia, sobre todo a partir de ese último engaño llamado “nuevas medidas económicas”, pues de nuevo tienen la certeza de que ya ni Maduro manda, atado como está a inconfesables intereses de bajísima estofa, que son los que deciden cuándo se devalúa, o cuándo se lanza un nuevo cono monetario, o cuándo se vende oro, o cuándo se ataca a una empresa, o cuándo se apresa a un nuevo dirigente opositor.

Las cancillerías occidentales tendrían el derecho de decir hoy, para que en el futuro no luzcan como ingenuas, lo que ya saben: y es el tamaño del engendro que ha nacido al sur del mar Caribe, “tierra de gracia” según Cristóbal Colón, algo tan desproporcionado como para expulsar a los habitantes de un país y dejarlos sin territorio, sin memoria y sin conciencia. Y esto planeado en salas situacionales con asesores habaneros o peninsulares, dispuestos a declarar que no quieren injerencias.



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