Cada euro de impuestos que se nos detrae a los ciudadanos es un pedazo de libertad que se nos hurta. Lo es porque la detracción perpetrada es coercitiva. Y lo es también porque con la detracción se nos priva de la libertad de decidir el destino de un dinero que era legítimamente nuestro, apropiándose de esa decisión el Estado, ese Gran Burócrata virtual resultado de la agregación de multitud de pequeños burócratas reales.

Los que padecen de fiscofilia argumentan recurrentemente que la detracción impositiva perpetrada por el Gran Burócrata resulta imprescindible para cubrir determinadas necesidades básicas de la comunidad. Ésta es la gran mentira de nuestra época pues, en realidad, el motivo expuesto explica solo una parte -y no la mayor- del destino dado por la multitud de pequeños burócratas al dinero que se nos detrae. Algunos ejemplos inmediatos y mediatos resultan esclarecedores.

A los españoles se nos han detraído recientemente 53 millones de euros para regalárselos fraudulentamente a los dueños de la sociedad Plus Ultra. También nos han detraído 274 millones de euros para aumentar en 160% el presupuesto del esotérico Ministerio de Igualdad entre todos, todas y todes que dirige la jóvena Irena Montera. En su día se nos detrajeron 18 millones de euros para que España regalara al mundo la cúpula de la sede de Naciones Unidas, 12.000 millones para financiar el estrambótico “Plan E” del no menos estrambótico Zapatero, o 151 para construir el inconcebible aeropuerto de Castellón. Se nos detraen anualmente 1.000 millones de euros para financiar ese bodrio llamado RTVE. Y, por no olvidarnos de algunas minucias, con lo que se nos detrae el Ministerio de Cultura subvenciona con dos millones de euros el desarrollo de los videojuegos y con 150.000 € al Instituto de Calidad de las ONG, al tiempo que el Ministerio de Economía destina 75.000 € al Buen Gobierno de las empresas latinoamericanas.

La multitud de pequeños burócratas que nos gobiernan quieren reestablecer en Madrid el arcaico, ineficiente, injusto e injustificado Impuesto sobre el Patrimonio

Pues bien, para mantener la fiesta y aún aumentarla, la multitud de pequeños burócratas quieren restablecer en Madrid el arcaico, ineficiente, injusto e injustificado Impuesto sobre el Patrimonio. Ese que no existe ni en Alemania, ni en Italia, ni en Austria, ni en Portugal, ni en Bélgica, ni en Grecia, ni en Holanda, ni en Reino Unido… Ese por el que quieren que paguemos cada año hasta un 2,5% de lo que hemos ahorrado durante nuestra vida, cuando la media de lo exigido en los pocos países de la Unión Europea en los que todavía existe es el 0,3%.

No contentos con lo anterior, también pretenden que el Gran Burócrata vuelva a sacar tajada del ahorro de los padres cuando pase a los hijos. Y que lo haga mediante un impuesto (Sucesiones y Donaciones) ideado por el Imperio Romano para financiar las legiones con las que invadían militarmente otros países y territorios. Y que, además, en España resulta anticonstitucional por confiscatorio, pues el porcentaje rapiñado por el Estado puede llegar en algunos supuestos hasta el 82% de lo recibido en herencia o en donación.

Con el panorama descrito, cualquier reducción de impuestos, ¡cualquiera!, constituye un pedazo de libertad recuperado por los ciudadanos. Por eso, los madrileños llevamos un tiempo recuperando porciones de la libertad hurtada antaño por el Gran Burócrata. Por eso, podemos hogaño seguir la recuperación si apostamos por las propuestas de Isabel Díaz Ayuso. Pero también por eso, de errar la apuesta y elegir al candidato alternativo (soso, sosísimo), iríamos abocados a desandar lo andado en la dirección del plan que él mismo firmó y presentó hace pocas semanas en el Registro de la Asamblea de Madrid, coincidente con lo reiteradamente manifestado por los portavoces del Gobierno de la Nación que preside su jefe. Nuestra libertad se vería así mermada con la aquiescencia de ese posible presidente regional (soso, sosísimo).

La encrucijada requiere que, con el mismo coraje y con la misma energía que en otro tiempo, otro lugar y otras circunstancias gritaran otros, los madrileños entonemos ahora un clamoroso ¡Viva Madrid Libre!