“Cuando veo que hacia un hombre o grupo se dirige fácil e insistente el aplauso, surge en mí la vehemente sospecha de que en ese hombre o en ese grupo, tal vez junto a dotes excelentes, hay algo sobremanera impuro”, dijo Ortega. Cada vez que un grupo de intelectuales se dirige en bloque a aplaudir al político de su partido o toca con unanimidad la trompeta para demonizar al candidato de la oposición me acuerdo de la frase de Ortega.

En el ámbito cultural, deslegitimar a los demás y erigirse en defensores del bien mediante el aplauso insistente a un político o un partido puede ser una beatería y una irresponsabilidad. Ocurre cuando los intelectuales adquieren un mayor compromiso político, per se, que podía tomar muchas formas y obedecer a muchos intereses. Esta semana la intelligentsia progresista buscaba dar validez y peso a unas críticas, descalificaciones y a la desligitimación del rival político mediante la firma de un manifiesto políticamente correcto. No olvidemos que la frase "políticamente correcto”, hoy tan de moda, se utilizaba durante el siglo pasado de manera despectiva para criticar la adhesión y lealtad de algunos intelectuales a la línea de Partido Comunista.

"Esa vieja abusona"

El intelectual que se erige como dignatario moral de la opción políticamente correcta es flanqueado por la línea del partido. “La concienciación, como el compromiso, como lo políticamente correcto, es una continuación de aquella vieja abusona, la línea del partido”, decía Doris Lessing. La pregunta es a quién está transfiriendo su autoridad moral el pobrecito hablador que va progresivamente adoptando todas las etiquetas que se lanzan a la cabeza de los votantes desde una atalaya política. Probablemente a esa “vieja abusona”.

Su tarea consiste en causar el impacto de un proyectil, o bien la de concienciar a ese ciudadano 'innoblemente moral' que no vota conforme a los dictados correctos

En algunos casos, estos intelectuales estarían dispuestos a cuestionar la ortodoxia de un ambiente político afixiante, pero muy a menudo, tras sortear el peligro de depreciación, se disponen a abrazar la virtud resolutoria del partido. Su tarea aquí es la de causar el impacto de un proyectil, o bien la de concienciar a ese ciudadano innoblemente moral que no vota correctamente. Hay algo oscuro y vagamente cultivado en este tipo de pensamiento, que convierte al pensador en un experto en la manipulación de nubes en movimiento. Es la movilidad y no la fijeza de las ideas lo que debe convertirse en el punto focal del pensamiento para que no sea reemplazado por una ortodoxia de partido.

Existe un paralelismo entre la rigidez de ideas en la tradición religiosa con el mimetismo ideológico. La nueva política posee la misma o mayor pretensión de la Iglesia de antaño al imponer una baja calidad moral y unos agravios contra quien expresa una opinión diferente o vota al partido de la oposición, empleando un despliegue de voces cultas y respetadas que resuenan como trompetas al unísono, inflando “el globo abotargado de nuestras pomposas certezas y nuestras pulsiones gregarias y autoritarias” (Lessing).

Hay múltiples posiciones válidas siempre que respeten las leyes y la democracia, pero ahora algunos han aprendido que solo hay un voto correcto, y hay un placer secreto en señalar la innobleza del votante de la oposición. A medida que las guerras culturales evolucionan hacia una condición estable, endémica y de conflicto continuo parece que nadie escapa de esta “afixiante cultura”, y aquellos que pretenden encarnar la disidencia son enviados a la “fila de los intocables”.

La buena salud de una democracia se mide por el número de sus detractores. Conferir al pensamiento un carácter moral, hacer del pensamiento un ejercicio con un fin político o social, implica una irresponsabilidad. La cultura y la esfera del pensamiento son creaciones individuales que no puede estar en manos de la vieja abusona. La osadía, la independencia, la rebelión que se opone al pensamiento políticamente correcto, son necesarios para la buena salud del debate público en sociedades abiertas. Como escribió Jean Dubuffet, “no hay nada peor para esta proliferación de la cultura de lo políticamente correcto que el prestigio de moralistas elevados al rango de grandes dignatarios”.