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Miquel Giménez

Opinión

Qué imperfecto es el futuro

Oriol Junqueras y Ernest Maragall
Oriol Junqueras y Ernest Maragall EFE

O una panda de traidores o un puñado de arribistas. No hay término medio cuando hablas con los actuales responsables del PSC acerca de sus ex compañeros que se han pasado a las filas independentistas. Sin embargo, el asunto es más complejo.

El maragallismo, un precedente

Ernest Maragall, Ferrán Mascarell, Germà Bel, Joan Ignaci Elena, Marina Geli, Jaume Sobrequés, Toni Comín o Josep María Balcells son personas que, a pesar de años de militancia en el PSC y de ostentar importantes cargos, han acabado recalando en las filas separatistas. Pertenecen al sector nacionalista que, a lo largo de las últimas décadas, ha detentado el poder entre los socialistas en Cataluña. Es la vieja historia de esa maldita esquizofrenia: los de arriba son nacionalistas mientras que los mandos intermedios y las bases se sienten españolas.

No es nuevo que existan personas en el partido de Miquel Iceta que hayan simultaneado su condición de militantes socialistas con la de nacionalistas. Claro que ellos se autodefinían como catalanistas, federalistas o, la mejor de todas, “partidarios de profundizar el autogobierno de Cataluña en el marco de una fraternal relación con la vecina España”, según constaba en un documento interno de trabajo redactado por parlamentarios catalanes en la década de los ochenta. La tontería viene de muy lejos.

Entonces ya se decía que los dos hermanos iban a su aire, desatendiendo las órdenes emanadas de la calle Nicaragua, la sede del PSC. Era verdad

Por no movernos de aquellos tiempos prodigiosos, en 1987 el Primer Secretario del PSC, Raimon Obiols, publicó un libro con el título de “Los futuros imperfectos”. Ni se imaginaba lo imperfectos que iban a ser. Era año de elecciones municipales y había que consolidar el poder de Pasqual Maragall al frente de la alcaldía de Barcelona. Allí tuve oportunidad de tratar estrechamente al hermano del alcalde, Ernest, con quien mantendría una buena relación durante mucho tiempo. Entonces ya se decía que los dos hermanos iban a su aire, desatendiendo las órdenes emanadas de la calle Nicaragua, la sede del PSC. Era verdad. Pasqual hacía y deshacía las listas electorales a su capricho, sin contar con la comisión de listas ni el Dios que la crió. Recuerdo perfectamente un sábado en el que Ernest, que era la voz de Pasqual en la tierra, y servidor estuvimos pegados al teléfono todo el día para ver si una persona muy allegada a mí en aquellos tiempos iba no en la lista. Por descontado, incluyendo reunión en mi casa con Miquel Iceta, que ya entonces mandaba lo suyo, fue, salió y acabó como concejal.

Pero la triste verdad era que los hermanos Maragall se pasaban por el forro a los dirigentes socialistas barceloneses, incluso los menospreciaban – recuerdo vivamente el caso del tristemente desaparecido Antonio Santiburcio, excelente persona y buen amigo -, comportándose, en fin, como unos autócratas.

Ernest era entonces, y lo fue hasta el último momento, la eminencia gris de Pasqual. Es persona callada, a la que le gusta más escuchar que decir. Se llevaba muy bien con Josep María Sala, entonces Secretario de Organización, luego encarcelado por el asunto Filesa, estando siempre dispuesto a ayudar al partido cuando le pedían algo. Insisto, ayudar, no obedecer. El matiz no es menor. El Tete, como le llamábamos familiarmente, estaba al frente del Instituto de Estadística del ayuntamiento, lo que no era poco decir. Allí pasaron muchas cosas. Tal vez algún día expliquemos una bonita operación para captar el voto de cierto sector político, que acabó con la ignominiosa salida por la puerta de atrás de cierta persona inocente.

Es entonces cuando nace ese Ernest con veleidades separatistas que, francamente, nadie había conocido hasta el momento

Acostumbrado a ser el gran muñidor – lo pude comprobar cuando servidor trabajaba en la COM, emisora de la Diputación de Barcelona, entonces socialista, y el era Conseller de Ensenyament con el Tripartito - o no pudo o no supo adaptarse a dejar el poder. Es entonces cuando nace ese Ernest con veleidades separatistas que, francamente, nadie había conocido hasta el momento. Pero no crea el lector que es solo un asunto de cargo; el caso de los Maragall es más complejo. Nietos del gran poeta catalán, criados en la parte de la burguesía catalana que perdió la guerra, sus trayectorias son tan complejas y sugerentes que no podemos despacharlas con un simple epíteto. No son Narcís Serra, al que puede describirse perfectamente con tres palabras que no diremos por pura educación.

La Casa Gran del Catalanisme

Con la crisis que supone para un PSC bastante exhausto, sin gobernar en la Generalitat, ni en los ayuntamientos más importantes empezando por el de Barcelona, y sus socios del PSOE en caída libre, la caja de Pandora se abre. Es entonces cuando Artur Mas monta el tinglado que llamó La Casa Gran del Catalanisme, organizada para atraer a Convergencia a todos los socialistas que, desengañados políticamente o, dicho en plata, con ganas de seguir chupando del bote, optasen por pasarse a las filas pujolistas. La cosa funciona. Ferrán Mascarell, que se postulaba como candidato a la alcaldía barcelonesa por el PSC, sin tener el apoyo del aparato del partido, da el campanazo y aparece de un día para otro como flamante Conseller de Cultura. De ahí hacia arriba. Joan Ignaci Elena, ex alcalde socialista de Vilanova i la Geltrú, Germà Bel, ex diputado socialista en las Cortes, Jaume Sobrequés, Marina Geli, Toni Comín o Josep María Balcells – ustedes lo recordarán presentando los Telediarios en la 1 de TVE, un ex sacerdote de buena planta –, todos ex diputados socialistas en la cámara catalana, acabaron por pasarse de una u otra forma y ahora todos están implicados en el proceso secesionista.

Algunos han obtenido cargos políticos, otros terminaron en instituciones públicas, pero ninguno de ellos está en la cola del paro, no sé si me entienden. Cuando los veo en televisión recuerdo el caso de Cipriano Mera, anarquista, que, tras luchar toda la guerra, se marchó a Francia. Había obtenido la máxima graduación militar, muy a su pesar porque no creía en los galones. Murió trabajando de lo que siempre había sido, albañil. Le habían preguntado muchas veces como seguía pasando frío, poniendo ladrillos todo el día por una paga exigua, siendo general de la República y si no tenía manera de obtener algún trabajo mejor, a lo que el gran Mera contestó que el no cobraba por sus ideas ni por su sangre. A estos no les pillarán en ese tercio, seguro.

Al maragallismo socialista, encantado de organizar mil tinglados políticos ajenos al partido con tal de hacerle la puñeta, no le costó demasiado travestirse de élite convergente

A tenor de este razonamiento, podemos decir que al maragallismo socialista, encantado de organizar mil tinglados políticos ajenos al partido con tal de hacerle la puñeta - recuerden Ciutadans pel Canvi – o de organizar actos en los que un aristócrata te recibía sirviéndote una copa de cava – lo he visto yo -, no le costó demasiado travestirse de élite convergente. Ya se consideraban, el cambio de razón social era lo de menos.

Ah, pero la cabra siempre tira al monte, y Ernest no podía dejar la misma línea de actuación que había mantenido toda la vida. En lugar de sumarse a Convergencia o a Esquerra, creó su propio partido, Moviment d’Esquerres. Estos Maragall tienen una manera de entender la política curiosa. Indisciplinados con las direcciones políticas, siempre y cuando los que manden no sean ellos. Pero cuando un Maragall empuña el timón, poca broma. Estaba claro que iba a entenderse a las mil maravillas con los separatistas.

Y si Comín haría lo que fuese por seguir en la pomada, Marina Geli está en esto porque, si no lo estuviera ¿qué iba a hacer en su Girona natal? ¿Contar las moscas del milagro de San Narcís? Las defecciones tienen tantos motivos como personas. No trato de disculpar, trato de entender. Ya lo saben, lo más aburrido del mal es que uno termina por acostumbrarse y acaba por no darle importancia, que lo dijo Sartre y el hombre sabía de filosofía lo suyo. Por saber, escribió un libro que, casualidades de la vida, coincidió con aquellos años ochenta a los que me refería al principio. “La náusea”, Editorial Losada. Me fascinó tanto como lo había hecho “La metamorfosis”. Recuerdo unas líneas que podrían servir para este artículo. Cito de memoria: “Al comprobar como su lengua se había convertido en una avispa que zumbaba dentro de su boca, teniendo vida propia, se dijo a sí mismo que tampoco era tan preocupante, que era, en efecto, vida y que como tal no podía ser mala”.

Lenguas de avispa. No es mala definición para estas personas. Nausea, también.

Miquel Giménez



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