El envío a Pablo Iglesias, candidato de Unidas Podemos a la Asamblea de Madrid (de hecho debería serlo de Unidos, Unidas, Unides, según la polícroma taxonomía de preferencias sexuales establecida por la madre de sus hijos), a Fernando Grande Marlasca, ministro del Interior y a María Gámez, directora general de la Guardia Civil, de unas cartas conteniendo cartuchos sin percutir con su correspondiente proyectil con exigencias de dimisión bajo amenaza de muerte, constituye sin duda un acto intolerable que merece la condena sin reservas de cualquier demócrata. Por tanto, semejante salvajada de la que existen precedentes de autoría etarra e incluso de las juventudes de ERC -angelitos- contra Albert Rivera, no debiera haber provocado mayor alteración de la campaña una vez formulada la correspondiente denuncia por los afectados y expresado el rechazo unánime y coral del resto de las fuerzas en liza. Sin embargo, el incidente se ha transformado en un escándalo monumental por la ausencia de la cabeza de lista de Vox en el bloque de la repulsa y su manifestación pública de escepticismo sobre el tema habida cuenta de la especial relación con la verdad tanto de Iglesias como de Marlasca.

Este grave desencuentro durante un debate en la Cadena SER ha terminado con una bronca monumental, la interrupción prematura del programa tras la retirada de un ultrajado Iglesias, la negativa de Monasterio a retractarse y los intentos tan conmovedores como inútiles de mediación de la presentadora y de Edmundo Bal, muy en su papel de pacificador oficial. En principio, se podría concluir que la representante de Vox ha cometido un error facilitando con su gesto provocador la permanente labor de demonización y caricaturización marginalizadora de sus enemigos. Ahora bien, nos encontramos inmersos en la batalla de Madrid, una confrontación electoral de innegable trascendencia con implicaciones de gran calado a nivel nacional y cada contendiente calibra muy bien su estrategia en función de los sectores sociales a los que aspira a ganarse.

La ignorancia más burda

Y Vox tiene muy claro que hay millones de españoles que están hartos y profundamente irritados de ver cómo se presenta a los dos bandos de la Guerra Civil en blanco y negro, de un lado una idílica Segunda República, ejemplo de democracia, igualdad, ilustración y libertad, y del otro lado el lado más oscuro del fascismo, la opresión, el integrismo intransigente y la reacción. Esta imagen sectariamente sesgada, en absoluto concordante con la historiografía más solvente y objetiva, con algunas contribuciones recientes notablemente rigurosas y clarificadoras, ha ido generando en amplias capas de nuestra sociedad un estado de opinión de repudio a tanto eslógan vengativo -“Arderéis como en el 36”-, a tanta cruz arrojada al vertedero, a tanto cambio del nomenclator callejero reflejo de la ignorancia más burda y a tantas ofensas groseras a La Corona. Este intento de ganar mediante la violencia verbal e ideológica lo que las armas resolvieron hace ocho décadas y la Transición cauterizó en un loable esfuerzo de concordia y reconciliación, coincidiendo así con los deseos póstumos de algunas de las figuras más conspicuas de la parte entonces perdedora, encierra el peligro, además de destruir la obra impagable de 1978, de conducir a la Nación de nuevo a la división, la destrucción y el fracaso.

Esta ofensiva descarada y rencorosa contra la España europea, estable, pacífica y próspera que se ha conseguido tras un enorme esfuerzo colectivo y plural, en algún momento tenía que despertar una respuesta desafiante. Y la resistencia de Rocío Monasterio a sumarse al dictado de lo que mandaba en el episodio de las cartas amenazadoras la posición políticamente convencional, con mayor o menor acierto, ha sido esta respuesta. Hasta qué punto una acción tan contundente se verá respaldada por los madrileños lo sabremos el 4 de mayo. Lo que parecen ignorar los que desentierran los fantasmas del pasado es que una vez sacados de sus sepulcros pueden resultar incontrolables. Los nostálgicos del 36 debieran pensarlo dos veces antes de continuar con este fúnebre juego porque a lo mejor les aguarda la sorpresa de ser aniquilados por los espectros que tan pertinazmente abrazan.