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Opinión

Los huesos

Lo mismo que los polacos mantienen intacto el campo de Auschwitz para que el mundo nunca olvide lo que allí pasó, el Valle debería seguir como está, por el mismo motivo

El Valle de los Caídos
El Valle de los Caídos EFE

Angelín tenía quince años y había salido medio falangista, vaya por Dios. A su padre no le preocupaba nada eso: el chaval era listo; apasionado y romántico, pero listo. Ya se le pasaría.

Pero no se le pasaba. El crío andaba con gente esquinada que le tenía sorbido el seso, todos mayores que él. En las conversaciones con su padre empezaba a negar la evidencia por culpa de lealtades inquebrantables para las que no tenía ni edad, ni cabeza, ni memoria posible. Eso ya era más serio. El padre sabía que había que intervenir. Sí, pero cómo.

Una mañana de enero –Franco se había muerto hacía unos pocos años– le propuso a Angelín que le acompañase a Madrid; tenía una reunión de trabajo. El chico, sin pensarlo, dijo que sí. Hacía un frío inhumano. Cuando el coche pasó el túnel del Guadarrama, el padre dijo, con voz de quien está pensando en otra cosa, que andaban muy bien de tiempo y que podían acercarse a ver el Valle de los Caídos. El crío, que iba medio dormido, se extrañó y preguntó por qué.

–Hombre, porque allí están enterrados Franco y José Antonio.¿No eras tú de los de José Antonio? Pero si no quieres…

–¡Sí, sí, cómo no voy a querer! Venga, vamos.

La inmensa explanada de granito estaba completamente vacía. Por las grietas de las losas asomaban hierbas petrificadas por la escarcha. La gigantesca cruz parecía soportar el peso de un cielo gris como una culpa. Nevaría en cualquier momento.

–Entra tú y lo ves, ¿vale? Yo me quedo aquí a fumar.

Y Angelín entró solo. El “paso firme y marcial” de las canciones que le enseñaban sus camaradas se le esfumó en cuanto vio aquellos enormes y encapuchados guerreros de piedra que sujetaban espadas. Le dio en la cara un fuerte olor a humedad, a cerrado, a sótano. Echó a andar por el túnel, porque aquello no era una basílica sino un túnel que no se acababa nunca. No había un alma. Agazapadas en la penumbra, las figuras de los tapices parecían espectros. El chico trataba de espantar la sensación de sentirse observado por miles de ojos ocultos: no sabía que detrás de aquellos muros mojados había miles de cadáveres a los que el agua de la montaña estaba disolviendo poco a poco en un siniestro caldo de huesos.

Llegó al crucero, acompañado tan solo por el ruido de las goteras y por sus propios pasos. Sobre la losa de José Antonio había un jarroncito con rosas de plástico. Al otro lado del altar, sobre el sepulcro de Franco, un resto de flores marchitas.

Aquel mosaico era una horripilancia que España no volvería a ver hasta las mamachicho, los programas de Jorge Javier Vázquez o las pinturas que perpetró Kiko Argüello en la Almudena"

Miró hacia arriba y se estremeció. Tenuemente iluminado, había un mosaico de fondo dorado con estrellitas en el que se agolpaban santos, santas, papas coronados, indios, falangistas y requetés con sus banderas, unos tipos desnudos que sujetaban un ancla, cruzados y soldados de diversas épocas, reyes que parecían de la baraja, escuadrillas enteras de angelitos con alas de colorines revoloteando por todas partes y, en el centro, un cristo en majestad que a Angelín le recordó inmediatamente a Camilo VI interpretando a Jesucristo Superstar, y una virgen con toquilla azul que no dejaba de parecerse a doña Carmen Polo de Franco en sus años mozos. Aquel mosaico, obra de Santiago Padrós –el Señor se lo haya perdonado–, era el canto universal del kitsch; una horripilancia que España no volvería a ver hasta las mamachicho con Jesús Gil, los programas de Jorge Javier Vázquez o los mosaicos y pinturas que perpetró Kiko Argüello en la catedral de la Almudena.

Angelín salió de allí pálido. Su padre le preguntó:

–¿Qué tal?

–Bien, bien. Vámonos.

–¿Te pasa algo? ¿Tienes frío?

–No, frío no.

Ninguno de los dos dijo nada durante el resto del viaje. Pero el padre sonreía de medio lado. El shock había sido mano de santo. Al chico se le pasó la tontería para el resto de su vida: como dijo años después, “una idea capaz de crear semejante espanto no puede ser buena”. Así que se dejó de montañas nevadas y banderas al viento, y se puso a estudiar. Que era de lo que se trataba.

Ahora el Gobierno se propone sacar de ese túnel los huesos de Franco. Imagino que el siguiente paso será demoler aquello. Muchos lo piden.

Miren ustedes, yo no lo haría. Desde el profundo respeto a los muertos que hay allí enterrados a la fuerza, que deberían estar donde digan sus familias si es que queda algo de ellos, yo dejaría el Valle de los Caídos como está. Trasladaría, eso sí, a los frailes, que llevan años cociéndose en ese jugo de cadaverina que destilan las piedras empapadas; cerraría el lugar y no tocaría nada más. No me parece que el Valle de los Caídos sea la glorificación de ninguna dictadura. Es todo lo contrario: la imagen vívida, lóbrega e insoportablemente hortera de aquel tiempo agusanado y triste que vivimos. Me da la impresión de que quienes pretenden destruir el Valle tienen, en realidad, miedo de que las ideas que lo levantaron no hayan muerto.

Que sigan llevando allí a los niños de los colegios para que vean con sus ojos a qué conducen la vanidad, la crueldad, la petulancia, la embriaguez del poder"

Creo que es un error. Lo mismo que los polacos mantienen intacto el campo de Auschwitz para que el mundo nunca olvide lo que allí pasó, el Valle debería seguir como está, por el mismo motivo. Y que lleven allí a los niños de los colegios, en enero si puede ser, bien abrigados, para que vean con sus ojos a qué conducen la vanidad, la crueldad, la petulancia, la embriaguez del poder y la contumacia en creerse las letras de los himnos que uno mismo escribe, o que le escriben sus lacayos.

Conducen a la mediocridad. Al mosaico con Camilo VI rodeado de angelitos volando como abejorros. Al olor a sótano sin ventilar. Al miedo. A la nada.

A la nada.

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