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Miquel Giménez

Opinión

Hijos de nuestros padres

Al vicepresidente Iglesias le ha ofendido que se recordase el pasado de su padre. Le falta perspectiva histórica

Javier Iglesias Peláez y su hijo Pablo, secretario general de Podemos.
Javier Iglesias Peláez y su hijo Pablo, secretario general de Podemos. Podemos Zamora / EFE

Cayetana Álvarez de Toledo, con un discurso implacable cual martillo pilón, ha fustigado a Iglesias recordándole, citamos textualmente: “Usted es el hijo de un terrorista, a esa aristocracia pertenece, la del crimen político”. El podemita se ha revuelto contra la portavoz popular amenazándola con que le pedirá a su padre que ejerza “las acciones oportunas”. Como muestra de lo que son nuestros actuales gobernantes, Batet reclamaba a Cayetana que retirase sus palabras, ante lo que la aristócrata, esta sí, de verdad, se ha limitado a responder que no, porque el padre de Iglesias había pertenecido al malhadado Frente Revolucionario Antifascista Patriótico. Batet ha ordenado retirarlas del diario de sesiones en un puro ejercicio de autocracia.

Parece que Iglesias intente ocultar lo que fue su padre, cosa insólita si tenemos en cuenta que, para él, haber estado en el FRAP debería ser timbre de orgullo. En 2012 Pablo reconocía la filiación paterna en un escrito. ¿Por qué cambia ahora? Decía Alejandro Fernández, líder popular en Cataluña y hombre cabal, que se siente orgulloso de que su padre, QEPD, hubiera sido camionero; servidor, asimismo, está más que orgulloso de ser hijo del señor Miguel, camarero, que trabajó cuarenta años en dos sitios durmiendo una media de cuatro horas diarias y al que todo el mundo quería. Anarquista, luchó en la Guerra Civil con la República y jamás odió a nada ni a nadie, ni siquiera a Franco. Y decía que los tiros, en las trincheras, pero ni uno solo en retaguardia. Pertenecía a una especie que solo sabe amar, solo sabe dar, entregarse a los demás y, cuando se van de este mundo, dejan tras de sí un reguero de buenos ejemplos, humanidad y amigos.

Trataba mi padre con la misma cortesía a un cliente famoso – y a fe que los tuvo – que a una chica de alterne con la que se encontrase en el Paralelo de mi infancia

Trataba mi padre con la misma cortesía a un cliente famoso – y a fe que los tuvo, porque sirvió, entre muchos, a Dalí, al doctor Puigvert, al doctor Castroviejo, a Néstor Luján, a Antonio Molina, incluso a David Niven o Ingrid Bergman – que a una chica de alterne con la que se encontrase en el Paralelo de mi infancia, llevándome de la mano para ir a pasear un ratico juntos. Entre él y mi madre, la señá Pepita, jamás hubo un resquicio en las cuatro décadas que pasaron juntos que enturbiase la relación de amor más bonita, más llena de complicidad y ternura que he visto. Por eso, si alguien dijera que soy hijo del anarquista, del camarero, del hombre que se trajo a David Niven a desayunar a mi casa del Poble Sec –lo cuento en un libro que escribí hace años-, que era el primero en organizar colectas cuando detenían a algún transformista, que así llamaban entonces a los artistas del cabaré Barcelona de Noche, uno de los dos sitios donde se ganaba las habichuelas mi padre con su smoking inmaculado, sus cuatro idiomas aprendidos de manera autodidacta, su simpatía y su don de gentes, yo me levantaría orgulloso. Diría, “sí, ese era mi padre, capaz de luchar por sus ideas y de agarrar por el cuello a un payés que daba de latigazos a un pobre caballo que no podía con la excesiva carga; soy hijo de un hombre que nunca ambicionó nada ni envidió a nadie, al que en un barrio obrero donde todo el mundo se tuteaba no había nadie que no antepusiera el señor a su nombre; un hombre que me enseñó a leer y a escribir porque decía que aquello no podía delegarse en un maestro, ya que era obligación de los padres; el mismo hombre que detuvo a sus compañeros anarquistas cuando quisieron incendiar una iglesia en su presencia, el que decía que la revolución no se hace asesinando a nadie, sino con libros, el que también enseñó a leer y a escribir a mi madre, el que, sin decirlo ni proclamarlo, era infinitamente más revolucionario que todos esos que ahora dicen serlo. Porque su revolución se fundamentaba en el amor, en la bondad, en la comprensión”.

A su entierro, el 27 de noviembre de 1975, al que asistí con mis dieciséis años, acudieron viejos compañeros libertarios, falangistas, banqueros, eminentes doctores, prostitutas, camareros, empresarios importantes, autoridades, limpiabotas, familiares, vecinos, raterillos, marinos (mi padre sirvió en la Armada y estuvo en Alhucemas), porteras, abogados de fuste, policías, incluso alguno que salió de la clandestinidad por no querer dejar de estar ahí. Todos se reclamaban amigos suyos, y, realmente, lo eran.

A mí no me indignaría que nombrasen a mi padre en una sesión, porque, ¿saben?, el mío fue un revolucionario, pero de los de verdad. Yo no soy nada, pero si algo fuese se lo debería a aquel murcianico elegante, caballeroso, atildado, humanista y bondadoso. No sé si Iglesias puede decir lo mismo. Es cosa que dejo a su conciencia.

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