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Luis Algorri

Opinión

Hasta aquí he llegado

Ahora sí que está en peligro la Corona. Y la culpa no es de los secesionistas del 3% ni de los republicanos sinceros. La culpa es de usted y de nadie más

El rey emérito Juan Carlos de Borbón, en el Congreso de los Diputados, en una imagen de archivo.
El rey emérito Juan Carlos de Borbón, en el Congreso de los Diputados, en una imagen de archivo. EP

En su memorable libro Don Juan, Luis María Anson relata con mucho detalle las dificultades económicas que pasaron el abuelo del actual Rey y su familia durante su larguísimo exilio de Estoril. Dependían, para vivir con cierta dignidad, de la generosidad de los monárquicos españoles. Alfonso XIII fue, entre otras cosas, un golfo apandador de notables proporciones, pero la herencia no duró hasta 1975, ni mucho menos.

En ese mismo libro, y también en otros (Powell, Preston, Vilallonga, Casals, incluso el fantasioso y poco fiable De la Cierva, entre varios más) se cuentan, también con muchos datos y testimonios, las penurias que usted, don Juan Carlos, pasó en España durante su infancia y juventud. Muchas veces no tenía un duro encima, literalmente, y cultivó con esmero el difícil arte de dejarse invitar.

Quiero creer que ahí empezó todo. Nunca es fácil saber dónde nacen los vicios humanos, en este caso la avaricia o la codicia; y la socorrida explicación, tan española, de “es que le viene de familia” no deja de ser una estupidez. Pero es posible que tenga algo que ver. A lo mejor también usted gritó de chaval, como Scarlett O’Hara, aquello de “a Dios pongo por testigo de que nunca más volveré a pasar hambre”.

Usted fue quien agarró de las solapas (dice Manuel Soriano) al atrabiliario y mediocre presidente Arias Navarro para obligarlo a dimitir, y dejar que por fin entrasen la luz y el aire limpio por las ventanas

Ha sido usted, durante décadas, un símbolo y un referente para millones de españoles de mi generación y de las siguientes. También para mí, sin duda. Me impresionó mucho ver con qué nervios, con qué ojeras y, sin embargo, con qué aplomo leyó usted su trascendental discurso de la Corona ante las lúgubres Cortes franquistas, aquella mañana del 22 de noviembre de 1975, después de una noche entera sin dormir. Llegaba un tiempo nuevo, un tiempo de “emoción y de esperanza”, como usted mismo dijo, después de la rancia y halitósica dictadura franquista. Usted fue quien, junto a un escaso grupo de temerarios, impulsó la Transición a la democracia. Usted fue quien agarró de las solapas (dice Manuel Soriano) al atrabiliario y mediocre presidente Arias Navarro para obligarlo a dimitir, y dejar que por fin entrasen la luz y el aire limpio por las ventanas. Fue usted quien impuso a Adolfo Suárez, para estupefacción del país entero. Fue usted quien paró el golpe de Estado del 23-F, y quien siga empeñado en decir que no, que se lea el libro de Javier Cercas, o cualquiera de los de Pepe Oneto, y que deje de tocar las narices a la historia de una repajolera vez.

No era usted perfecto, como no lo somos ninguno. Era muy echao p’alante y poco leído, como su padre y su abuelo. Le gustaban desmedidamente las señoras (también como a su padre y a su abuelo), lo cual hizo sufrir muchísimo a la suya. A mí todo eso me importó siempre más bien poco, porque pertenece a la vida privada de cada cual y lo importante era que usted hiciese bien su difícil trabajo. Y lo hacía bien, muy bien.

Como muchos ciudadanos más, yo me di cuenta de que el debate entre monarquía y república era una pérdida de tiempo porque lo importante, como pasa con el huevo, no es la forma sino el contenido. Y nuestra democracia, imperfecta como todas, progresaba; y el país avanzaba, a veces a brazo partido, pero avanzaba. Eso era lo importante. Nunca fui monárquico sentimental, ni tampoco republicano sentimental, que son actitudes, en el fondo, bastante futbolísticas. Esa discusión me pareció siempre, y me parece todavía hoy, una antigualla para encandilar a los simples y una manipulación para conseguir otras cosas.

Codicia y rapacería

Pasaron los años, usted se hizo mayor, le cogió el tranquillo al asunto y empezó a hacer algunas tonterías. Lo del elefante, por ejemplo, me pareció otra bobada mayúscula, pero fue muy bien utilizado por quienes querían –y quieren– destruir este país en provecho propio, y se dan cuenta de que la Corona, durante décadas enteras la institución más prestigiosa y respetada del país, era su principal obstáculo. Atizaron, y muy bien –con aquella anécdota y con otras–, el sentimiento republicano que mucha gente tiene porque, como vuelve a decir Anson, el republicanismo lo entiende cualquiera, pero el monarquismo no.

Se decían muchas cosas, desde luego. Siempre se habló y se escribió sobre su codicia, su afición al dinero, su rapacería. El impresionante artículo que escribió en este periódico Jesús Cacho hace unos días no deja lugar a dudas. Muchos, muchísimos, no lo creyeron. Otros no lo quisimos creer, porque contradecía todo lo que usted había encarnado siempre. Y cuando usted mismo puso a los pies de los caballos al robaperas de Urdangarín, su yerno, que había andado atropando duros ajenos durante años con absoluta impunidad, por ser vos quien sois, sonreímos y nos quedamos tranquilos.

Y se moría de amor, sí, pero por su fortuna, amasada a golpe de comisión gracias a personajes como Manolo Prado, que había perdido la mano izquierda pero que manejaba la derecha como nadie

Muy bien, ¿y qué coño estaba haciendo usted entonces, y había hecho antes, y ha seguido haciendo luego? Pues lo mismo, caballero. Lo mismo. Su hijo, su propio hijo, el actual Rey, probablemente la persona que más le quiere en este mundo, ha tenido que romper con usted porque ya no era posible ocultar lo evidente: usted estaba robando a manos llenas. Usted y ese pendón desorejado del que se enamoró, convencido, como todos los viejos de la literatura del Siglo de Oro, de que ella también se moría por sus huesitos. Y se moría de amor, sí, pero por su fortuna, amasada a golpe de comisión gracias a personajes como Manolo Prado, que había perdido la mano izquierda pero que manejaba la derecha como nadie. También eso lo ha escrito Cacho. El lunes pasado y hace muchos años ya. Y ahora queda dolorosamente claro que era verdad, que siempre fue verdad. Aunque no lo quisiésemos creer.

“Majestad: por España, todo por España”. Eso le dijo a usted su padre, don Juan, en aquella rápida y casi clandestina ceremonia del 14 de mayo de 1977, cuando le cedió a usted los derechos dinásticos. Y eso es lo que ha llevado y lleva a cabo, impecablemente, el actual rey Felipe VI. No sé si será monárquico, me imagino que no del todo, pero ha entendido perfectamente que el valor arbitral y unificador de la institución reside en su prestigio; es decir, en su intachabilidad. No tiene otra cosa. En una monarquía parlamentaria, el Rey no puede ser un líder político ni partidista (esa fue la perdición de Alfonso XIII), pero tiene la obligación inexcusable de ser un referente moral para todos los ciudadanos: si está por encima de las elecciones es para representar y simbolizar a todos por igual. Tiene la obligación de ser un ejemplo de imparcialidad, trabajo y sobre todo honestidad. Y ya está meridianamente claro que usted no lo ha sido.

El daño que ha causado usted a la Corona, con su codicia, ha sido brutal. La institución que usted contribuyó ejemplarmente a consolidar, a hacer querida y respetada por la inmensa mayoría de los ciudadanos, se enfrenta ahora a la peor crisis que ha vivido desde 1975. Ahora sí está en peligro la Corona. Y la culpa no es de los secesionistas del 3% ni de los republicanos sinceros. La culpa es de usted y de nadie más. Ya no hay forma de negarlo ni de ignorarlo. Como también decía hace poco en este periódico Agustín Valladolid,los secesionistas y los populistas (es decir, los seguidores del archiladrón Pujol y los soñadores de la felicidad política, que es una enfermedad de larga tradición en España) no irán ahora a por usted, que ya está fuera de juego, sino a por su hijo. Ese hijo a quien anoche mismo vi en televisión tratando de darnos ánimos a todos. Pero para oírle tuve que cerrar la ventana, porque el estrépito de las cacerolas era tremendo. ¿Se merecía Felipe esas cacerolas? Desde luego que no. Se las merecía, esas y muchas más, usted, que empezó siendo el rey de la esperanza y la unidad, y que ha terminado siendo el rey comisionista, el rey egipcio, el rey corrupto.

Hasta aquí he llegado en mi lealtad a su persona, que la he tenido, y mucha, durante décadas. Pienso ahora que quizá la diferencia esencial entre monarquía y república, al menos en los países avanzados como el nuestro, es que a un presidente, en cuatro u ocho años de mandato, apenas le da tiempo a meter la mano en el cajón del pan, aunque quiera. Pero usted es la prueba de lo que decía Lord Acton: que el poder corrompe. Cuanto más largo, más peligroso es. ¿Cómo ha podido usted, Juan Carlos, acabar así, siendo lo que ha sido para tres generaciones de españoles? ¿Cómo ha podido?

Me siento traicionado, estafado, asqueado. Indignado. Y es evidente que no soy el único ni muchísimo menos. Pobre Felipe, la que se le viene encima.

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