En el excelente musical histórico “Hamilton” –compuesto y protagonizado por Lin-Manuel Miranda– el personaje principal, Alexander Hamilton, se pasa el tiempo insistiendo en que “no va a desperdiciar su bala”, es decir, que no va a desaprovechar su oportunidad de convertirse en uno de los padres fundadores de los Estados Unidos. Y lo consigue: como primer secretario del Tesoro estadounidense, logra convertir la confederación americana en una verdadera república federal al asumir la deuda de los Estados. Pero años después, en 1804, con la República ya consolidada y tras una serie de desgracias personales, se ve obligado a batirse en duelo con el vicepresidente Aaron Burr. Burr era la antítesis de Hamilton: un político envidioso que, por miedo a cometer errores, jamás hizo nada relevante. En el duelo, Hamilton decide disparar al aire y desperdiciar su bala (esta vez, literalmente), lo que le cuesta la vida.

La Unión Europea se enfrenta ahora mismo a un problema similar al de los padres fundadores al otro lado del Atlántico: cómo garantizar la recuperación conjunta evitando tensiones financieras en los Estados miembros. En la crisis de la covid, Estados Unidos ha decidido gastar lo que haga falta, sin miedo a endeudarse en un contexto de tipos bajos y plenamente consciente de que es necesario transformar la economía. La Unión Europea, por su parte, también se ha dotado de una bala que no debería desperdiciar: un plan de impulso denominado Next Generation EU, con un fuerte elemento de transferencias para proyectos de transformación digital y medioambiental. ¿Es una bala efectiva o es simplemente de fogueo?

Se trata de evitar que la recuperación dependa de la situación de endeudamiento relativo de los países, porque, si todo gasto tuviera que financiarse con deuda nacional, los más endeudados jamás saldrían de la crisis

Se ha usado (y abusado) mucho del concepto de “momento Hamiltoniano” al resaltar el hecho de que Next Generation EU supone la creación masiva de deuda europea –por valor de 750.000 millones de euros– para financiar gasto común con recursos comunes. Está todavía muy lejos de la decisión de Alexander Hamilton de asumir toda la deuda de los Estados, pero sí supone un importante precedente fiscal en la sustitución de deuda nacional por deuda europea. De hecho, esa es la idea: evitar que la recuperación dependa de la situación de endeudamiento relativo de los países, porque, si todo gasto tuviera que financiarse con deuda nacional, los más endeudados jamás saldrían de la crisis.

Lo que se olvida a menudo es que, para hablar de “deuda europea” no sólo hay que mirar al emisor, sino también al responsable de repagar esa deuda. Y es aquí donde nos estamos olvidando de la importancia de la decisión de recursos propios que los Estados miembros de la UE están ratificando en estos días (con el suspense añadido, cómo no, por el inefable Tribunal Constitucional alemán).

Conviene recordar que los tratados europeos establecen que, en el presupuesto de la Unión, financiado en su práctica totalidad mediante recursos propios, los ingresos anuales deben cubrir por completo los gastos anuales. La decisión sobre el sistema de recursos propios para cada período presupuestario corresponde al Consejo, por unanimidad y previo dictamen del Parlamento Europeo, y debe ser ratificada por los Estados miembros.

Acuerdo político europeo

Como emitir nueva deuda supone pagar intereses anualmente y devolver el principal a su vencimiento, eso obliga a prever recursos propios para ambos menesteres. El pasado 10 de noviembre de 2020, el Parlamento, el Consejo y la Comisión alcanzaron un acuerdo político sobre el presupuesto y los recursos propios, incluyendo una hoja de ruta para la introducción de nuevos recursos propios durante el período 2021-2027 que permitan cubrir presupuestariamente el reembolso de la deuda Next Generation EU (y, si sobran, financiar políticas generales).

¿Qué nuevos recursos? Además de los habituales basados en el IVA y las contribuciones nacionales basadas en renta, la decisión propone la creación de un nuevo recurso propio basado en los residuos de envases de plástico no reciclados y la opción de crear otros basados en el régimen de comercio de derechos de emisión, un arancel al carbono importado, un impuesto sobre operaciones de grandes empresas o un impuesto digital.

La creación de estos nuevos recursos conjuntos requiere dos cosas: la ratificación de su marco jurídico (la decisión de recursos propios) y una serie de acuerdos políticos posteriores para desarrollarlos. Y he aquí la madre del cordero en lo que supone definir o no este momento de la construcción europea como pseudo-Hamiltoniano.

En ese caso el repago, por ser presupuestario, se haría en clave de Renta Nacional Bruta (lo cual implica un cierto elemento de transferencias cruzadas)

En primer lugar, sin decisión de recursos propios no habrá deuda Next Generation EU (pues si no se pueden crear ingresos para devolver la deuda, no se puede crear deuda conjunta). Se podrá emitir deuda, sí, pero como la del MEDE, repagada íntegramente por el deudor, no por recursos comunes.

Y, en segundo lugar, incluso aunque se apruebe y se pueda emitir deuda, si luego las peleas internas en el seno de los Estados miembros terminan bloqueando la creación de nuevos ingresos suficientes, entonces, llegado el momento de repagar el principal de la deuda Next Generation EU, tendrá que exigirse su importe a los Estados miembros. En ese caso el repago, por ser presupuestario, se haría en clave de Renta Nacional Bruta (lo cual implica un cierto elemento de transferencias cruzadas: no pagarían más los que más fondos hubieran recibido, sino los más ricos), pero en cualquier caso nadie podrá decir que hemos vivido un momento Hamiltoniano. Las supuestas subvenciones del Next Generation EU habrán terminado siendo, después de muchos años, un préstamo a tipo cero con un pequeño elemento de concesionalidad. Quizás útil, pero irrelevante en términos de integración europea.

Ratificación de recursos propios

El momento actual es crucial. Qué ironía que sea precisamente desde Alemania –gran impulsor del Next Generation EU– de donde vengan dos torpedos a su funcionamiento práctico. Por un lado, algunas voces que insisten en que, como de la deuda responden en última instancia (si no hay nuevos recursos propios suficientes) los Estados miembros, deben incorporarla a sus cuentas, adulterando la idea esencial del mecanismo y menospreciando la opinión legal de la Comisión; y, por otro, la reciente decisión del Tribunal Constitucional Federal alemán, que reincide al considerar que la primacía del derecho comunitario establecida en 1964 no va con él y acaba de obligar a su Parlamento a posponer la ratificación de la decisión de recursos propios mientras decide si la emisión conjunta de deuda excede o no las competencias europeas.

Esperemos que la sangre no llegue al río y que no sólo se concluya la ratificación, sino que los nuevos recursos se desarrollen de forma ambiciosa y práctica. Porque, si después de todo este esfuerzo, al final la deuda Next Generation EU termina siendo no deuda europea, sino deuda de los Estados miembros, podremos concluir que, para este viaje, no hacían falta alforjas. La UE habrá vivido una arrancada Hamiltoniana y una parada de Burr (los jugadores de mus saben a qué me refiero): un fracaso en toda regla por falta de coraje y ambición. Incluso si se consigue evitar una crisis financiera, la UE saldría de la crisis mucho más tarde, mucho más pobre y con muchas más divergencias reales que Estados Unidos.

Si en algo se parecerá entonces la UE a Alexander Hamilton será porque, en su duelo final, habrá disparado al aire y desperdiciado su última bala. Y, como entonces, habrá sido una decisión suicida.

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