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Miquel Giménez

Opinión

¿Nos hacemos un selfi con Otegi?

Arnaldo Otegui
Arnaldo Otegui EFE

Las estrellas de esta Diada han sido personajes nada recomendables. Lo preocupante es que a los separatistas les encante hacerse fotos con ellos. Algo falla cuando posar junto a los apologistas del crimen se considera normal.

Otegi, Borghezio y otros fascistas no del montón

La Lega italiana, el Vlaams Belang belga y el Ireland Identity, los tres partidos de ultra derecha que han asistido a la pasada Diada, he ahí el apoyo internacional del procés. El mundo nazi nos mira, deberían decir los propagandistas del proceso. Entre los distinguidos nazis extranjeros que acudieron a solidarizarse con el movimiento separatista – oiga, Torra, ¿quién dice usted que es fascista? – estaba Mario Borghezio, eurodiputado de la Lega. El pájaro en cuestión tiene en su haber político haber dado una paliza a un niño marroquí de doce años, demostrar su admiración por el genocida serbio Ralcom Mladic o el asesino que causó la muerte de decenas de jóvenes socialistas en Noruega, amén de insultos y amenazas a una ministra italiana por el simple hecho de ser negra o intentar quemar viva a una familia de gitanos. Fue uno de los primeros en acudir raudo a visitar a Puigdemont en Bélgica. No es nada nuevo, en Alemania la primera visita que recibió fue la de un destacado líder de la nazi Alternativa por Alemania. Pura democracia.

Borghezio es agradecido y debe recordar como acudió el pasado 1-O como observador – cobrando de todos los catalanes – a invitación del por entonces conseller de exteriores Raül Romeva. Qué cosas.

No fueron los únicos que acapararon sonrisas, palmaditas en el hombro y parabienes de los líderes separatistas - por cierto, Torra, ¿quién dice usted que es violento? – que no cabían en sí de gozo ante la presencia de individuos de tal calaña. Ahí estaban también el, según TV3, “gran reserva del independentismo y ex preso político” Carles Sastre, el ex Terra LliureFredy Bentanachs y, oh milagro, una nutrida representación de Bildu con Arnaldo Otegi a la cabeza. Recuerden, a Otegui se le ha calificado como “hombre de paz” en la radio y televisión catalanas, líderes separatistas como Luis Llach o Joan Tardà han acudido a mítines suyos, ensalzando su grandeza y, en fin, goza de las más abiertas simpatías de las bases separatistas. Llach se enfadó mucho con Felipe González cuando lo de la OTAN y montó la de Dios es Cristo, acabando por pasarse al separatismo más rural y caciquil, pero apoyar a un hombre vinculado con ETA no le debe parecer tan importante. De hecho, si nos atenemos a las tesis etarras, la matanza de Hipercor fue culpa de la policía que no avisó a tiempo a la empresa.

Y ahí radica el misterio de todo esto, porque puede llegar a entenderse que los que pretenden seguir viviendo del momio separatista se alegren de cualquier apoyo, aunque provenga del ejército del crimen. Ahora bien ¿qué mecanismo se ha roto en la sociedad catalana para que gente en teoría normal se den codazos para fotografiarse junto a Otegi? ¿Qué fibra de la humanidad, qué parte del cerebro, que juntura del alma se ha fracturado irreparablemente para que un padre coja a sus hijos y les diga “Vamos a hacernos una foto con Arnaldo”?

Es una pregunta que solo ofrece como respuesta un abismo negro y profundo al que pretendemos asomarnos, aunque no nos guste lo que vayamos a encontrarnos. Ya lo dijo Nietzsche, ese abismo siempre ha de devolvernos la mirada.

Los vascos sí que tienen cojones

Es una expresión que se escucha desde hace décadas entre los nacionalistas. No es de ahora, como tampoco es de ahora el problema que tenemos encima de la mesa. Pujol mantuvo a la fiera domesticada con su dictadura democrática, como definió acertadamente Tarradellas, pero, una vez abierta la jaula, la fiera se ha mostrado tal y como es: excluyente, supremacista, agresiva, antidemocrática y feroz. No habrá que recordar cuando en Cataluña la candidatura a las europeas de HB obtuvo miles de votos para entender que en el separatismo siempre ha existido una afinidad profunda con los etarras. Padres y madres pujolistas hasta la médula se mostraban orgullosos al decir que su hijo había votado HB, igual que ahora comentan con ilusión que son de un CDR. Lo mismo debieron pensar los padres alemanes que se sentían profundamente contentos cuando sus hijos venían a casa con el negro uniforme de las Allgemeine SS.

Y como los vascos tienen más cojones que nosotros, a ellos les dan el cupo y tienen de todo, mientras que nosotros, nacionalistas catalanes, somos unos puros mercaderes. Y como los vascos si que tienen cojones, sin la presión de la ETA no habría ni autonomías. Y como los vascos tienen más cojones, Euskadi tiene blindadas competencias que nadie discute. Eso por no hablar de lo malo que fue el GAL, el teniente general Rodríguez Galindo, los cipayos,txacurras y todo empresario que no abonaba el impuesto revolucionario para continuar sembrando de cadáveres la geografía española, empezando por su propia tierra y acabando por Cataluña, ya que en ello estamos.

No hay ningún mérito para los Solé Tura, los Fraga, los Rodríguez deMiñón, los Suárez o, sí, los González y Carrillo Lo único que hay de bueno se lo debemos a los del pasamontañas y el tiro en la nuca, el PP es facha, el rey un franquista y España un estado totalitario y no se hable más, porque Arnaldo es un hombre de paz. Ahí vive instalada esa masa que salió como cada año a decir en la Diada que ellos quieren la independencia, piensen lo que piensen los demás. Totalitarios como sus ídolos, como aquellos a quienes admiran porque, que nadie se engañe, no quieren un referéndum de autodeterminación, quieren uno en el que ellos ganen y hasta que lo consigan no van a decir basta.

Claro que se mueren por hacerse un selfi con Otegi o con el primer totalitario que se ponga delante suyo, porque en ese espejo se ven reflejados, ahí es donde perciben su imagen espiritual de enanos deformes cual Mime wagneriano engrandecerse hasta ese límite de cojones que tanto les gustaría tener. Todo se reduce a eso, a tener cojones, a la cosa testicular, a las gónadas, sin la menor apelación a la razón, al sentido común, a la ética, al humanismo a la piedad o a la comprensión. Son héroes, claro que lo son, para esta manada de adoctrinados en el supremacismo, porque ellos sí que han tenido cojones. No es eso lo que se requiere para dispararle a alguien a sangre fría o quemar a una familia mientras duerme, separatistas. Lo que se requiere es lo mismo que tenían los nazis que enviaban a millones de seres humanos a la cámara de gas para después irse a cenar con su mujer y sus hijos como un ejemplar padre de familia alemán. Se llama inhumanidad, carencia de empatía, amputamiento de la ética. Esa falta de empatía es la que admiran, la que les da ese placer interno, casi obsceno, cuando ven que hay gente dispuesta a cometer cualquier atrocidad en nombre de una pretendida utopía.

Esa es la imagen real que nos devuelve el abismo del separatismo. No son demócratas ni les interesa, porque lo único que desean es ganar, ganar al precio que sea, y como aún no han llegado al nivel del crimen real se embelesan con aquellos que ya han traspasado ese miserable umbral. Nadie en su sano juicio se haría una foto al lado de gente así, pero para ellos es lo más normal del mundo. Estamos ante un movimiento apoyado por gentes que no son criminales efectivos, pero sí latentes. Porque admirar a gente nazi o miembros de bandas terroristas no puede llevarlos más que a un único lugar, y ya sabemos todos cual es.

Esto no lo admitirán jamás - ¿le parece bien, Torra, que esta jauría apoye su movimiento? – porque su estrategia es el engaño y el disimulo, pero detrás de tanta bandera no existe más que eso: un terrible vacío espiritual sin más conciencia que la de un guardia de Auschwitz. De no ser así, que salgan hoy mejor que mañana y digan que abominan de esos partidos, esas gentes, esas organizaciones criminales.

Pero no lo harán, ojalá lo hiciesen. Nadie tira piedras sobre su propio tejado.



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