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Fernando Díaz Villanueva

Opinión

La guerra que perderemos todos

El ‘arancelazo’ que Washington ha impuesto a Pekín, y Pekín a Washington, solo va a ocasionar destrozos en el comercio internacional

Skyline de Shanghai.
Skyline de Shanghai. Li Yang

Uno de los caballos de batalla del trumpismo es el comercio, el libre comercio, se entiende. Chocante cuando menos porque Trump antes de presidente fue empresario... o quizá precisamente por eso. Desde siempre los grandes amigos del arancel fueron los empresarios poco proclives a competir. El presidente considera como, por cierto, millones de estadounidenses, que el país importa demasiado, exporta demasiado poco y que el culpable de ese déficit comercial crónico han sido las sucesivas administraciones americanas, que no han protegido convenientemente a los fabricantes nacionales.

Con todo, el último y comentadísimo arancelazo a China no sólo viene motivado por el déficit, sino también por el robo de propiedad intelectual del que, según la Casa Blanca, se vienen valiendo los chinos desde hace muchos años. La propiedad intelectual está expresamente prohibida en los acuerdos de la OMC, organización a la que China pertenece desde 2001. Esto no es óbice para que las empresas occidentales lleven años quejándose amargamente de que en China se aprovechan sistemáticamente de sus invenciones.

Lo cierto es que la apropiación de tecnología y conocimiento ajenos en China existe. Se lleva a cabo por dos vías. Una legal cuando empresas de Occidente forman compañías conjuntas con corporaciones chinas. A veces, incluso, es una condición sine qua non para constituir esas "joint ventures". La otra es ilegal mediante espionaje industrial, ingeniería inversa o directamente por las bravas.

Antes que presidente, Trump fue empresario. Desde siempre, los grandes amigos del arancel fueron los empresarios poco proclives a competir

Para comprobar esto no hay más que visitar Shangai y ver sobre el terreno la cantidad de falsificaciones que se venden. La ciudad está llena de "fake markets" (mercados de falsificaciones) en los que puede comprarse casi cualquier producto de marcas prestigiosas a precio de ganga. No hablo de puestos clandestinos al estilo de nuestros manteros, sino de centros comerciales de grandes dimensiones con sus tiendas y boutiques que hacen las delicias de los turistas. Algo parecido sucede con los bienes industriales, a menudo fusilados tornillo a tornillo de sus originales de procedencia occidental.

El coste de esta práctica tan extendida en China y en otros países de extremo oriente es milmillonario, pero para acabar con él los aranceles no sirven de nada. Esos productos no se venden en Macy's o en El Corte Inglés, sino en China, aunque algo se filtra a través de canales ilegales y acaba sobre las aceras de nuestras calles. El problema es real, pero es la OMC la que tiene que intervenir advirtiendo al Gobierno chino y, si fuese necesario, expulsándole de la organización.

El otro problema es el del déficit comercial. Actualmente ronda los 315.000 millones entre Estados Unidos y China, una asombrosa cantidad de dinero equivalente al PIB de Portugal. El déficit no ha hecho más que crecer en los últimos veinte años. Desde el año 2000 se ha multiplicado por cuatro. La razón la conocemos todos porque está a la vista. En las dos últimas décadas Estados Unidos -y el mundo entero- ha sufrido una inundación de productos chinos baratos aunque de no muy buena calidad, al menos al principio, ya que poco a poco la industria del gigante va refinándose.

Estamos rodeados de productos "made in China". Es algo relativamente novedoso. Hace tan sólo un cuarto de siglo el país no exportaba casi nada hoy, en cambio, no hay artículo que los chinos no produzcan a un precio muy competitivo. Pero buena parte de ellos no están fabricados por empresas chinas, sino occidentales que se han asentado allí. Y no sólo de electrónica como a veces se piensa. En China se hacen nuestros teléfonos móviles sí, pero también aeronaves Airbus, automóviles Volkswagen o neumáticos Michelin.

En China se fabrican las aeronaves Airbus y los automóviles Volkswagen. Es decir, que las primeras en beneficiarse del bajo coste chino son las empresas occidentales

Es decir, que los primeros en beneficiarse del bajo coste de la fabricación en China son las empresas occidentales, por lo que los primeros en notar los aranceles también serán ellas. El plan de Trump es obligar a Apple o a Sony a llevarse la fábrica de vuelta a Estados Unidos, pero eso repercutirá en el precio final de sus productos. El arancel, en definitiva, terminará pagándolo el consumidor occidental.

El comercio libre nos hace la vida más barata y nos permite, por tanto, ser más productivos. Los bajos o nulos aranceles benefician especialmente a los trabajadores y los autónomos. Muchos pequeños emprendimientos en Occidente han podido arrancar gracias a que los bienes de equipo indispensables para realizar el trabajo estaban a su alcance, cosa que no sucedía hace tan sólo unos años.

Es curiosa la relación entre China y Occidente en este aspecto. De China importamos productos para consumo del pueblo, pero a ellos les exportamos artículos de lujo sólo al alcance de su clase acomodada, como berlinas Mercedes Benz, ropa de modistos internacionales o vino de Rioja. En una guerra comercial tendríamos más que perder nosotros que ellos.

Eso por un lado. Por otro, infinidad de componentes de bienes ensamblados en Europa y en Estados Unidos se hacen en China. Muchos de nuestros fabricantes para poder exportar primero tienen que importar. El comercio internacional es una estructura muy compleja. Las cosas se fabrican donde tienen que fabricarse. No hay un ente central que lo haya planificado.

Evidentemente, no va a ser siempre así. Conforme China se vaya desarrollando y su industria escale en la cadena de valor fabricará menos productos pero más caros, es decir, más sofisticados y no sólo se dedicará a la fabricación, sino que también entrará en el diseño y la ingeniería, que es lo más valioso de cualquier producto. Lo que vale de un iPhone no es el aluminio, la circuitería o el cristal, sino el diseño industrial del producto y el software que lo gobierna.

Se puede, como va a hacer Trump, interferir en este orden espontáneo, pero no sin ocasionar destrozos que es lo que me temo sucederá con este arancelazo que Washington a Pekín y Pekín a Washington acaban de atizarse.



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